Días atrás técnicos del Fondo
Monetario Internacional afirmaron, refiriéndose a nuestro país, que si bien la
inflación es un problema importante no se puede seguir jugando a bajar el dólar
para contenerla. Los técnicos mencionados del FMI reiteraban que era necesario
hacer hincapié en los recortes de los gastos del estado y en una moderación de
los aumentos de salarios.
En
los últimos dos meses el BCU ha aumentado la tasa de interés con ánimo de conseguir
que la gente se pase a pesos, de modo que esa venta de dólares traiga la caída
de su cotización. Lo ha conseguido aunque también consiguió que el país
perdiera competitividad.
Aunque
el Director de Macroeconomía del Ministerio de Economía y Finanzas lo haya
relativizado el pasado 19 de noviembre en las Jornadas de Economía del Banco
Central, sus argumentos fueron sesgados. Ese día afirmó que la pérdida de
competitividad de nuestro país respecto
de Brasil, es similar a la que sufrida por países como Chile, Perú, Colombia,
México y Nueva Zelanda también respecto a Brasil. No es legítimo dar poca
importancia a la pérdida de competitividad con nuestro gigante vecino porque un
país a 20.000 kilómetros de distancia ofrezca similares números aunque no situaciones.
A
nadie escapa que es una medida de plazo muy corto apelar a la caída del dólar
para bajar la inflación. Está en la misma línea que los “acuerdos” para bajar
precios al consumidor o retrasar
aumentos de tarifas o incluso rebajarlas para conseguir el “objetivo”. Todo nos
recuerda algunos aspectos de la política económica de Argentina en los últimos
años.
El
país ha crecido mucho en los últimos años y el gasto público ha crecido mucho
también, con la anomalía de que es muy pobre la inversión en infraestructura
tan vital para continuar el proceso de crecimiento. No hemos aprovechado el
clima mundial favorable a nuestro país para invertir, por ejemplo, en evitar el
“apagón logístico”, ya sea con fondos públicos o dejando participar a los
privados.
Y
en los aumentos del gasto público ha jugado un papel importante las presiones
de las corporaciones y sus apoyos en el partido de gobierno, que han subido sus
apuestas con reclamos y desplantes, que han sido tolerados en los últimos años.
Y este es un desorden político. Podríamos llamar desorden económico a bajar el
dólar, bajar las tarifas o intentar acordar precios con los supermercados, con
la finalidad de llegar al dígito que se entiende clave. Más aun, llama la
atención que el objetivo más importante del Poder Ejecutivo haya sido el de
contener la inflación.
El
otro aspecto mencionado por los técnicos del FMI es la moderación de los
aumentos de salarios. Y aquí sí entramos de lleno en los desórdenes políticos,
en los desbalances de poder o, mejor, en la pérdida de autoridad del Poder
Ejecutivo ante reclamos, huelgas y piquetes de sindicatos, más o menos duros.
Si el Presidente de la República afirma, para contener algunos reclamos, que no
todos los sindicatos tienen un dirigente como quien rige los destinos del
gremio de la bebida, afirma que la forma natural de negociación es la fuerza,
el choque, la confrontación. No hay espacio para la racionalidad, para pensar a
mediano plazo, para construir. De la mera violencia no puede surgir la armonía,
aunque la ausencia de autoridad es la anarquía.
Quizá sea el momento de preguntarse si las
claras dificultades del Gobierno para manejar los mecanismos indexatorios, que
tanto preocupan ahora para el 2013, no
están en buena medida explicadas por la permisión o fomento de las ocupaciones
de fábricas de estos últimos años. Esos ataques a la seguridad jurídica de los
negocios, unidos al creciente poder de
las corporaciones y los consiguientes desafíos a los poderes institucionalmente
establecidos, hacen perder capacidad de negociación a los empresarios. Pero el
fututo puede ser entrevisto cualquiera sea la capacidad de predicción: los
salarios suben rápido y el dólar bajó significativamente desde el 2003: cae la
competitividad.
Desde
1913 hasta 1974 las exportaciones uruguayas no crecieron en buena medida porque
se le daba al “productor” la mitad del valor. Las lanas, carnes y cueros tenían
un dólar bajo para financiar otras actividades. Fue necesario el largo
estancamiento desde 1956 a 1974, para revertir una lógica absurda. Y fue también
a fines de la década del 50 que los frigoríficos Swift y Armour trasladaron sus
plantas a Brasil. Con un poco de esfuerzo conseguiremos que la segunda planta
de UPM no se concrete.
Estos
sucesos –tarifas, dólar, salarios, piquetes- muestran sobre todo el
desequilibrio de un país con fuertes reclamos, clientes políticos y sindicatos
especialmente concentrados y dirigidos desde Montevideo, y el país de la
agroindustria exportadora.
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