La
competencia en los mercados trae muchas ventajas para un buen funcionamiento de
las actividades económicas. Esto ha constituido uno de los motivos por los que
un mercado perfectamente competitivo ha sido el marco para el desarrollo de la
teoría económica ortodoxa, cuyo núcleo está constituido por la microeconomía
neoclásica. Las precisas características o supuestos de este análisis permiten
concluir la existencia de un equilibrio general en el que se alcanza una
situación eficiente, un óptimo. Nadie puede mejorar su situación sin empeorar
la de otro y no se puede aumentar la
producción de ningún bien sin disminuir la de otro. En algunas oportunidades,
la elegancia de las conclusiones matemáticas ha impulsado a muchos a afirmar
que esos supuestos se ajustaban razonablemente a la realidad o, maravillados
por la conclusiones del modelo, proponen adaptar la realidad a los supuestos
metodológicos, lo cual muchas veces es imposible e inconveniente.
La
existencia de mercados con pocos participantes, tanto del lado de la oferta
como del de la demanda, ha llevado al desarrollo de diversos modelos de estudio
de la competencia imperfecta tales como el oligopolio, el monopolio y la
competencia monopolística. Este esfuerzo de aproximación a fenómenos reales que
escapaban al modelo básico ha sido elaborado como instrumento complementario al
núcleo teórico, de algún modo como excepciones.
Con
frecuencia, las características técnicas o estructurales de los países dan
lugar a mercados donde hay un solo productor, e incluso se considera
ineficiente o contraproducente el fomento de la competencia. Es el caso de los
monopolios naturales, cuyo análisis da lugar a una frondosa literatura sobre
regulaciones como forma de escapar a una propiedad estatal de esas empresas.
Esto último, con su corte de ineficiencias, burocracia, posibilidades próximas
de corrupción y pereza para las innovaciones.
Mayor
desafío para la teoría económica constituyen los bienes públicos, como es el
que ofrecen las calles de una ciudad, una plaza o una ruta. En este caso, no se
puede excluir a nadie de su disfrute y es al menos inconveniente cobrar por ese
uso, de modo que no se concibe que alguien las construya con ánimo de recuperar
la inversión mediante el cobro de un peaje. En todos estos ejemplos, es el
Estado quien se encarga de la provisión de esos bienes. Y su financiamiento ha
de hacerse por vía indirecta, a través de la percepción de impuestos. Esto
plantea serios problemas a los ciudadanos considerados como consumidores que
paguen libremente por los servicios y bienes que desean. Es difícil determinar
cuáles son los bienes públicos que cada ciudadano realmente prefiere y cuánto
está dispuesto a pagar. La dimensión de los países y de las ciudades, y la
misma complejidad creciente de la vida social, plantea en esos casos, serias
dificultades para juzgar sobre lo más conveniente o lo efectivamente demandado
por los ciudadanos con los criterios del análisis microeconómico tradicional[1].
Una
de las peculiaridades del modelo de competencia perfecta es el supuesto de que
todos cargan con el costo de sus acciones – la empresa paga por todos los
recursos y molestias que ocasiona –, y captura todos los beneficios que se
derivan de su actividad. Esto no ocurre en situaciones contemporáneamente
relevantes, como es la de la contaminación, donde muchas empresas ocasionan
daños y molestias que se constituyen en costos sociales por los que éstas no
pagan ni indemnizan. De igual modo, las empresas innovadoras, ya sea en el
desarrollo de nuevos mercados o con innovaciones tecnológicas, traen beneficios
a otras empresas y a toda la sociedad, que no se reflejan necesariamente en los
precios de venta de sus productos. Estas realidades son consideradas en la
teoría económica como externalidades positivas y negativas.
El
análisis del consumidor considera que la satisfacción que produce cada bien
consumido es intransferible y que ese mismo consumidor puede excluir a los
demás de su uso, lo que no es aplicable a bienes que no son estrictamente
materiales, como la música y la paz en la convivencia cívica. Esta dificultad
puede ser obviada desde el punto de vista metodológico en el estudio de buena
parte de los bienes finales que se incluyen en el producto bruto de un país.
No
ocurre lo mismo en el estudio de la empresa productora, lo que los libros de
microeconomía denominan el equilibrio de la firma. Se puede asegurar que un
eficaz desempeño de las empresas, su permanencia y su progreso, exigen la atención de una serie de circunstancias y
vínculos con el entorno, que hemos denominado bienes comunes[2].
El desarrollo de los mercados y la formación del capital humano son ejemplos
diáfanos de la necesidad de la cooperación. En esos casos el equilibrio de las
empresas que buscan maximizar su beneficio, atendiendo a los precios del
mercado para la venta de los bienes y a los precios de los factores de
producción, es una forma de análisis
miope y de muy corto plazo.
Queremos
poner el acento en la mayor adecuación del modelo de competencia perfecta para
el análisis de muchos mercados de bienes finales y de algunos mercados de
productos agrícolas y, al mismo tiempo, afirmar su inadecuación para el estudio
de los procesos de producción, distribución, inversión e innovación. Por cada
venta que se realiza en el mercado de productos finales hay varias ventas a lo
largo de la cadena de producción y distribución. Cuando el pan llega cada día
al domicilio familiar, es porque el trigo fue vendido antes al molino, quien
transfirió la harina a un distribuidor, el que oportunamente y en la cantidad
adecuada la llevó a la panadería.
Las
características supuestas del modelo de competencia perfecta suelen encontrarse
en algunos mercados de bienes finales. En esos
mercados competitivos de los productos finales hay una básica
independencia entre cada transacción –cada compra de pan que realiza la familia
-, lo que no es de aplicación para las transacciones a lo largo de la cadena
productiva.
Es
necesario a su vez considerar que lo que cada empresa agrega de valor con su
trabajo y esfuerzo, es fruto de la concertación con propietarios de diversos
recursos, que se realiza básicamente a través de la contratación de trabajo
–mano de obra- y de otros variados servicios como es el capital. En esta
cara de la actividad económica es muy de
destacar asimismo que la transacción –la contratación – se realiza y se cumple
a lo largo del tiempo. Las transacciones de cada jornada, sin duda, no son
independientes.
La
suma de todas las ventas que se realizan en un país, incluyendo todos los
bienes intermedios y los bienes finales se denomina valor bruto de producción.
El monto de las ventas los bienes finales producidos, destinados directamente
al consumo, la inversión y la exportación conforma el producto bruto interno.
Éste puede ser a la vez analizado como la agregación de valor que fue
incorporado por cada una de las empresas que intervinieron a lo largo de la
cadena de producción y distribución.
Se
puede afirmar que el valor bruto de producción es próximo al doble del producto
bruto interno, para el caso de Uruguay en el año 2003, según datos del Banco
Central. Por cada venta que se produce en el mercado de los bienes finales, hay
transacciones por montos al menos equivalentes en todas las etapas intermedias.
Una de las diferencias importantes entre los mercados de muchos bienes finales,
donde existen razonables condiciones de competencia y la mayoría de los
mercados de bienes intermedios, es la independencia que tienen entre sí las
transacciones en esos mercados competitivos. Esto último ocurre en las
transacciones asociadas a los bienes intermedios.
La
noción de demanda desarrollada por el modelo competitivo se deduce del
equilibrio del consumidor, cuyo protagonista es la familia, que compra bienes
finales para el consumo. Esto muestra el ámbito en el que es apropiado el
modelo de competencia perfecta como método de estudio de la realidad económica.
Resulta
ilustrativo para comprender las características de un mercado competitivo de
bienes finales imaginar un supermercado en un barrio populoso de una ciudad,
donde existen otros supermercados, algunas cadenas de “hard discount” y
numerosos almacenes minoristas. Hay en cada lugar sustitutos próximos para todos
los bienes, razonable información de la calidad de los productos a través de
las marcas, y precios a la vista. Por su parte, cada compra es totalmente
independiente de las compras que se harán al día siguiente. No implica casi
ningún costo para el ama de casa concurrir a uno u otro comercio, y tampoco el
proveedor anterior percibirá que algún comprador ha dejado de concurrir.
Para
imaginar los mercados de los productos intermedios, basta pensar en una
industria que contrata materias primas y materiales específicos, mano de obra
que realiza su trabajo en la empresa durante años, un sistema de transporte
contratado, y una red de distribución. Es claro que las transacciones o
contratos que se realizan cada día son parte de un continuo intercambio de servicios,
lo que implica que las partes han hecho inversiones específicas, adaptadas a
esas relaciones comerciales o productivas. Sin duda, las transacciones no son
independientes entre sí. Una ruptura en la relación económica daña
probablemente a ambas partes. Cuando una persona lleva diez años en una
empresa, puede afirmarse que está contribuyendo con su pericia y su manera de
ser a una específica forma de hacer las cosas en la empresa, a la vez que
desarrolla su habilidad para mejorar la forma de trabajar. Si esa persona se
desvincula de la empresa es muy probable que la remuneración que en principio
obtenga en otra unidad de producción sea menor, y podríamos decir que su
productividad bajará en relación a la empresa original. Asimismo, al no contar
esta empresa con un empleado
experimentado, sufre una pérdida mayor
que la remuneración que ha dejado de pagar. Este ejemplo permite ver, que
analizar los precios como pagos a las productividades marginales abstractas de
los recursos es un procedimiento algo tosco. Hay situaciones de “cuasi rentas”,
donde el precio no equivale al costo marginal, definido como uso alternativo
del que se prescinde. Igual ocurre en el
caso de la industria que adquiere unas materiales con determinado grado de
elaboración. El abastecimiento debe ser regular, las condiciones previsibles y
se recurre a un contrato, no solo para asegurar el abastecimiento desde el
punto de vista del comprador, sino para que el proveedor se asegure la
colocación. No podemos olvidar que éste debe hacer inversiones y modificaciones
para adecuarse a las necesidades específicas de la industria a la que abastece.
La
radical diferencia entre este tipo de transacción o contrato y la que tiene
lugar en el supermercado, ha generado en los últimos cuarenta años una fructífera
literatura sobre economía de la organización, donde la unidad de análisis es la
transacción y el centro del estudio los costos de transacción[3].
Se trata de sacar consecuencias de que es un contrato de realización diferida
en el tiempo, el que ocurre entre una industria y sus proveedores, o entre la
industria y su red de distribución, o entre la industria y el personal
operativo, técnico y directivo contratado. En estos casos es claro que no se
puede cambiar los empleados cada día, o cambiar de proveedor o de distribuidor
cada día como ocurre en el supermercado. La organización del trabajo en una
empresa no puede entenderse, ya que no sería eficaz, como una bolsa de trabajo
donde cada jornada se contratara al personal operativo, técnico e incluso directivo,
según quien estuviera dispuesto a trabajar al menor precio. Se generan
relaciones idiosincráticas, específicas de esa situación concreta y de esas
personas.
La
relación entre el valor bruto de producción y el producto bruto ofrece una
medida de la importancia de mercados o ámbitos de transacciones económicas
donde no existe ni puede existir independencia entre las sucesivas
transacciones. Tal es el caso de las compras que hace una ama de casa
diariamente en un supermercado o las compras y ventas de títulos en la bolsa de
valores. Las condiciones necesarias para una eficaz competencia son más bien
propias de los bienes finales y son en cambio poco habituales en los bienes
intermedios. Por ese motivo, si el producto bruto remite a las ventas de bienes
finales y en cambio el valor bruto de producción se refiere a los bienes
finales y también a los intermedios, y a su vez el valor bruto de producción
duplica el producto bruto interno, podemos concluir que los mercados
competitivos pueden ser una aproximación a una parte o aspecto de la realidad
económica.
Por
otra parte, las relaciones de trabajo y el uso del capital por parte de la
empresa, cuya actividad da lugar al producto bruto constituyen un
ámbito de transacciones económicas donde los mercados puros de competencia
perfecta no tienen lugar posible como metodología de análisis.
Grosso
modo, las transacciones en la economía son de tres tipos: de bienes finales, de
bienes intermedios y de factores productivos. La importancia en valor de cada
uno es similar. Afirmamos que las condiciones de una eficaz competencia se
cumplen en algunos mercados de bienes finales, lo que no ocurre en los bienes
intermedios y tampoco en el entramado de trabajo y capital que es la vida de
las empresas.
El
aporte mencionado de Oliver Williamson sobre la economía de la organización,
donde el centro del análisis es el ahorro de costos de transacción, es
ilustrativo. Éste surge, en buena medida, a partir del planteo del profesor
Herbert Simon, quien habla de la necesidad de incluir en el estudio de la
empresa y de la economía en general, la noción de racionalidad limitada[4].
Se puede afirmar que hasta 1970, el oportunismo solo era tomado en cuenta en el
estudio de los bienes públicos, de los seguros, y del oligopolio. Se analizaba,
en estos casos, las conductas orientadas a conseguir beneficios sin aportar
esfuerzos, a las conductas estratégicas basadas en las pérdidas posibles a
sufrir e infringir según las decisiones
que se tome[5].
En
la economía neoclásica se insiste en la soberanía del consumidor. La racionalidad final del sistema es
proporcionada por la racionalidad del consumidor para decidir sus consumos de
acuerdo a sus preferencias y según los precios y calidades de los bienes que le
ofrece el mercado. Es así una economía
de la elección, de una libertad entendida como autonomía, donde cada decisión no
genera vínculos con las decisiones del día siguiente.
La
parcialidad de esta forma de enfoque es planteada con especial lucidez en un
reciente trabajo del profesor Williamson que reproducimos a continuación. “A lo largo del siglo XX la economía ha sido
desarrollada predominantemente como una ciencia de la elección. Tal como lo
afirmó Lionel Robbins en su libro ’La naturaleza y el significado de la ciencia
económica´, 1932, ´la economía es la ciencia que estudia el comportamiento
humano como una relación entre fines y medios escasos con usos alternativos ´.
Esta elección ha sido desarrollada en dos construcciones paralelas: la teoría
del comportamiento del consumidor, en la cual los consumidores maximizan la
utilidad, y la teoría de la firma como una función de producción, en la cual
las firmas maximizan el beneficio. Los economistas que trabajaron a partir de
esos supuestos enfatizaron como las cantidades son influidas por los cambios en
los precios relativos y los recursos disponibles, un proyecto que se tornó
paradigma dominante para los economistas durante el siglo veinte. Pero la
ciencia de la elección no es el único lente para estudiar los complejos
fenómenos económicos, ni es siempre el más útil. La otra aproximación
importante es lo que James Buchanan,
1964, denomina la ciencia del contrato”[6].
Más allá del contrato
La
consideración de la economía como un contrato es un paso importante para
entenderla como un aspecto de la vida social, que es construida por las
decisiones de quienes integran la sociedad. La consideración unilateral de la economía
como elección independiza a cada actor de los demás. El mercado de competencia
perfecta idealiza una relación en la que las decisiones de cada uno, no ejercen
influjo alguno sobre los demás. A su vez, toda la interacción social y las
múltiples relaciones interpersonales que conforman la vida social, queda
objetivada y despersonalizada en los precios, que son datos inapelables,
veraces, y justos.
El
enfoque de la economía como contrato, sin embargo, no pone suficientemente de
manifiesto todo el conjunto de relaciones que subyacen a los contratos y que
generan en buena medida el progreso y el crecimiento. Es creciente la
referencia a la confianza como una fuente de crecimiento y de eficiencia.
Es
evidente que todos los riesgos que se deben enfrentar, como consecuencia de la
racionalidad limitada y el oportunismo, a través de las diversas formas de
organización, tienen diferentes respuestas según sean los hábitos de una
sociedad. Así importa saber, cómo es el respeto de la palabra empeñada, la búsqueda de soluciones negociadas, la capacidad de
concertar soluciones de provecho común y el rechazo de la obtención del
provecho personal en desmedro del bien de otros. La estatura moral de un pueblo
condiciona las soluciones institucionales, - de organización -, que un pueblo
genera a través de la historia. Esa mayor estatura moral – menor presencia
del oportunismo y mayor espíritu
cooperativo -, permite ahorrar en
términos de costos de transacción[7].
En
la última década, hay abundante literatura sobre los factores del crecimiento y
el desarrollo, donde el denominado capital
social aparece como una de las fuentes clave de crecimiento en el mundo
moderno. Suele interpretarse ese capital social como la confianza que existe en
una sociedad. Uno de los intentos de efectuar mediciones estadísticas de la
confianza es analizar la importancia en una sociedad de organizaciones no
gubernamentales sin fines de lucro. Esa capacidad de solucionar problemas
comunes sin un beneficio económico directo sería una medida de la confianza que
caracteriza una sociedad [8]-[9]
-[10].
Hay
contribuciones a la filosofía política y a la sociología, que analizan la
confianza como una realidad y valor social que
cumple un papel vital, de fundamento, que muchas veces no es
explícitamente considerado. En los siglos XVII y XVIII, la teoría del contrato
social como fundamento único de la vida social y política, se apropió
indebidamente de todas las bases de la vida social[11].
Cooperación y consistencia social
El
análisis neoclásico es un análisis de corto plazo, de elección, que
considera la realidad económica
como un dato del que hay que obtener el
máximo provecho, mientras tanto pasa por alto que ese entorno ha sido construido,
que debe ser permanentemente reconstruido. Más aun, si no se procura deliberadamente construir esa realidad se llega a su
disolución.
Basta
analizar los mercados y el capital humano para comprender la profundidad de la
responsabilidad de los actores individuales en la construcción de la vida
económica. Los mercados no nacen espontáneos sino que se hacen. Son fruto de
una historia de hechos y decisiones, de hábitos y reglas de conducta, de
confianza y de información acumulada. Y el progreso exige el desarrollo y la
profundización de los mercados en los que hay mucha inversión y esfuerzo
privado. Quizá, lo menos importante de ese proceso sean las normas con que el
Estado lo regula. Asimismo, la tecnología y los recursos humanos disponibles,
son fruto de una historia a la que contribuye la misma empresa con la difusión
por emulación de sus avances técnicos y de procedimientos, y por la natural
migración del personal operativo, técnico y directivo, al resto del entramado
empresarial[12].
Tal
como mencionábamos en párrafos anteriores, la misma tarea de cada compañía
consiste sobre todo en el diseño y cumplimiento de los acuerdos implícitos y
explícitos con sus proveedores, con sus clientes y distribuidores, así como con
las personas que forman esa unidad de trabajo y convivencia diaria que es una
empresa. La actividad de una empresa implica construir deliberadamente unos
nexos permanentes entre personas y grupos.
Los
límites del mercado neoclásico están dados por el reducido campo de visión del
propio enfoque. El postulado racionalidad habitualmente admitido implica una
eficacia, una eficiencia de corto plazo, que no presta atención suficiente a la
inteligencia y a la dignidad humana.
Uno
de esos límites está dado por la radicalidad con que los bienes privados ocupan
el centro del planteo en forma excluyente, lo que ocurre cuando cada empresa
captura todos los beneficios de su actividad y carga con todos los costos. La
consideración de las externalidades da entrada a las interrelaciones y
trasvases de costos y beneficios propios de la vida social.
Un
planteo antropológico más serio exige admitir que los hombres comprenden, que
su provecho, su beneficio, sus satisfacciones, - cualquiera sea el nivel de
dignidad que se considere de esas satisfacciones -, son inseparables de la vida
social. Es indudable que el ladrón habitual, que gana sólo perjudicando a los
demás, obtiene un beneficio de su actividad pero se envilece. Pero también sabe
que es probable que esa forma de vida acabe abruptamente, y que no pueda seguir
obteniendo las satisfacciones mínimas que anteriormente obtenía. Aunque el ejemplo
solo tenga el valor de metáfora, puede decirse que algo parecido le ocurre a
las sociedades donde no hay preocupación por los bienes comunes. Dicho en
términos de la filosofía social, el bien propio es la participación del bien
común. Más aún, el bien propio como persona es, en buena medida, la
contribución a ese bien común. Un análisis que no considere estos aspectos es
parcial y de corto plazo. En el mundo de los negocios, la percepción de esta
realidad ha dado lugar a la literatura que asigna a la empresa la tarea de
contribuir a un entorno digno, como exigencia de la cohesión social y de la
misma permanencia en el largo plazo de la empresa.
Es
natural que los economistas planteen que una conducta individual que destruya
una sociedad en la que vive y de la que se aprovecha, no es racional y que por
lo tanto no puede darse. Una forma de aproximarse al tema es considerar que la
preocupación por el bien común, como un anticipo del bien propio, es un enfoque
de largo plazo que la conducta humana muchas veces no hace suyo. Es habitual
encontrarse en la vida comercial con engaños en los bienes y servicios que se
prestan, aunque los problemas de reputación y mala fama acabarán por minar la
presencia de la empresa en el mercado. Sin embargo, como esas dificultades se
presentarán en el largo plazo y no son de ocurrencia cierta, esas conductas
oportunistas se dan siempre.
La
genial teoría del Profesor Pérez López[13]
permite analizar sobradamente todos estos problemas. Solo mencionaremos
liminarmente algunos conceptos. Las satisfacciones
percepcionales pueden ser consideradas como la utilidad de los economistas:
la satisfacción que produce un bien que se consume, el aumento de las
utilidades contables a fin de año. o la mejora en el trimestre de las
cotizaciones en la Bolsa. Los fines de la actividad de la que hablan los
economistas podrían asimilarse a la motivación
espontánea. La preocupación por el futuro, por el entorno, por el entramado
social, por un clima de negocios favorable, por el desarrollo de los mercados,
parten de la consideración racionalmente inobjetable de que, fuera de la
sociedad no hay futuro posible para una empresa. Esa preocupación racional, de más largo alcance,
y la motivación consiguiente, conforman la consistencia
de las acciones de la empresa y de las personas. La consistencia viene
reclamada por la búsqueda de un estado óptimo de la organización, por un
entorno social armónico, por una economía en crecimiento, por un desarrollo
personal y familiar de quienes conforman la empresa y la sociedad. Esta
búsqueda de la consistencia da lugar a la motivación
trascendente. Pero, afirma Pérez López, que la motivación trascendente es
una conquista, que exige muchas veces claros sacrificios de motivación espontánea.
Para no hacer tan áridas estas líneas, podemos afirmar que es necesario
sacrificar utilidades de corto plazo para asegurar las de largo plazo. La
incorporación de motivación trascendente es un proceso, un aprendizaje, que
exige el entrenamiento de dar lugar a la necesidad de colaborar y buscar el
estado óptimo de la organización, de considerar que quienes actúan en todo el
entorno de la empresa son libres, que la
situación actual no debe ser tomada como un dato. Es un entrenamiento que exige
sacrificio de motivación espontánea, razón por la que no ha de sorprender la
miopía de no ser consciente del entorno, ni de impulsar una conducta marcada
por consideraciones racionales de largo plazo. Para comportarse racionalmente
en el largo plazo, es necesario el entrenamiento, un proceso de educación o
autoeducación.
Este
enfoque parte de la consideración de que todos los agentes son agentes libres
y, por tanto, una situación actualmente favorable, lo seguirá siendo en la
medida en la que los demás tengan motivos para seguir actuando del mismo modo.
Cuando solo se presta atención a los precios, que son un dato, se pasa por alto
que todos los actores son libres. Muy tenuemente se introduce la libertad en el
estudio de los oligopolios, para estudiar los comportamientos estratégicos.
La
construcción de un entorno cooperativo exige siempre el riesgo de dar espacio
en la propia conducta a la motivación
transcendente –querer construir una buena organización -, cuando no se está
seguro del deseo de cooperación de la contraparte, de su motivación
trascendente. Si no se apuesta, si no se arriesga, no se trata a los demás como
personas, y no se construye la vida social. Si la respuesta a una conducta
parasitaria es su imitación, se inicia un círculo vicioso, se agosta la vida
social. Insiste el profesor Pérez López, que la motivación trascendente no se
reduce a buscar el máximo posible de satisfacción espontánea de los demás
actores de la vida social, ya que sería una instrumentalización de las
personas. Se trata de apostar al crecimiento de la motivación trascendente en
los demás actores, en desarrollar un auténtico espíritu cooperativo. En
términos cotidianos, no puede ser el dinero la única forma de movilizar los
esfuerzos de los demás.
Para
entender la consistencia con un sentido más profundo que la preparación
esforzada del propio futuro individual, es bueno considerar que la armonía de
las organizaciones refleja en este caso la armonía de las personas, que
encuentran su realización más profunda en lo que el Profesor Pérez López
denomina satisfacciones estructurales,
es decir, la plenitud de participar en la comunión de personas que se da
emblemáticamente en la amistad y la familia[14].
Las
ventajas de la competencia para el buen funcionamiento de la vida económica son
innegables, y es natural que se busque su juego cuando es posible. La
competencia en la vida económica desempeña un papel similar al de la emulación
en la vida humana y social. Es una buena herramienta pero no puede servir de
marco a toda la actividad. El marco de la vida social y de la vida económica lo
da la cooperación, que incluye la competencia como un arma o instrumento.
La
competencia - y su dureza - es un eficaz remedio contra la pereza, el
inmovilismo y la rutina. La empresa que sufre la competencia del mercado debe
estar cambiando, innovando, para poder subsistir. Quien no rinde en un trabajo
es despedido. Pero las posibilidades de un comportamiento parasitario están
siempre presentes. En todo grupo de trabajo los hay, y es tarea de los
capataces su control. No ha de pensarse que las conductas parasitarias son
exclusivas de las burocracias estatales. Toda gran organización las favorece de
alguna manera.
Pero
la competencia no soluciona todos los problemas y puede además agravar otros.
La competencia puede contribuir a un mayor egoísmo, un oportunismo entendido
como la posibilidad de obtener un provecho que es el equivalente del daño de
otro. La exclusividad en la atención a la competencia tiende a introducir una
visión de la economía como un juego de suma cero, más apropiado para el
comercio que para la actividad económica. Quizá no sea una mera peculiaridad
del lenguaje, que Adam Smith llamara sociedad comercial a la que hoy
llamaríamos sociedad capitalista.
El
daño mayor es hacer perder de vista que la vida económica es sobre todo un
juego de suma positiva, que es la única forma de entender el progreso, la
armonía social y la misma supervivencia de las sociedades. La competencia
perfecta hace de la vida un juego en que cada actor juega contra su
contrincante una sola vez en la vida. Además, se genera una ausencia de
sensibilidad hacia los abusos del poder de hecho, que pasan a ser un dato y que
no admiten rebeldía.
El
rechazo de la competencia como único marco de construcción de la vida económica
no afecta la necesaria unidad de la ciencia económica. La unidad que otorga al
pensamiento económico la elaboración neoclásica es una solidez matemática,
donde cada ladrillo es sostenido por el anterior y a su vez sirve de soporte al
siguiente. En los fenómenos humanos, la complejidad exige la diversidad de
enfoques y una cierta circularidad en el método de aproximación. Por otro lado,
como toda acción práctica, su verdad hoy y ahora exige que la prudencia aúne la
diversidad de requerimientos de los diferentes puntos de vista.
Los
éxitos que alcanzó la física con Newton al utilizar el método matemático
impulsaron a muchos filósofos sociales a aplicar similar metodología
científica. El espíritu ilustrado, propenso a la utilización desmedida de la
razón abstracta, facilitó el desarrollo del pensamiento al modo de la
geometría, donde cada conjunto de supuestos da lugar a elaboraciones
diferentes. Ese desprecio por la historia y esa sobrevaloración del pensamiento
abstracto, - donde el criterio científico es ante todo la coherencia lógica -,
constituyen una limitación en el estudio de las realidades humanas, aunque
hayan traído un inmenso progreso en las ciencias físicas.
Quitar
a la competencia perfecta de su sitial como modelador de la actividad no es
introducir una ruptura en la organización de la vida económica, y mucho menos
atentar contra la unidad de la ciencia económica. Es un camino hacia una mayor
veracidad del análisis y una contribución al desarrollo de una actividad
económica más acorde con las realidades humanas. No debe sorprender que sean
varios los principios rectores de la actividad. Desde Aristóteles se entiende
que la vida práctica, la conducta humana, para ser acorde con lo bueno y
oportuno, en las circunstancias de tiempo y lugar, exige que la prudencia
armonice los reclamos de las distintas virtudes. En lenguaje más actual, la
prudencia ha de armonizar las distintas racionalidades que se hacen presentes
cuando se enfrenta un problema aquí y ahora: corto plazo y largo plazo, bien
propio y común, supervivencia hoy y progreso, consolidación y expansión, formas
de premiar y formas de castigar.
No
es apropiada a la realidad la presunción de que la ciencia económica es una
ciencia de los hechos, que ha de dejar de lado los valores, que serían una
competencia de la política.
Toda
ciencia física, que acompasa la experimentación y el desarrollo matemático y
progresa en el conocimiento de la materia, culmina en recomendaciones para un
mejor aprovechamiento para el hombre de esa misma materia. No es otro el papel
que corresponde a la tecnología. De la misma manera, el progreso de la
anatomía, la fisiología, la genética y la patología humana culminan
inexorablemente – son la razón de su impulso – en recomendaciones para la salud
de la persona y de las poblaciones.
De
igual modo, los estudios de la vida económica concluyen en recomendaciones
prácticas. Y con mayor fuerza y profundidad que en la física y la biología,
porque se trata de una actividad libre, y las modificaciones de las conductas
alteran la misma realidad objeto de estudio.
Es
claro que los reclamos de la racionalidad económica constituyen un punto de
vista y que a la política corresponde la armonización de otras exigencias o
racionalidades, y que ésta actúa como la prudencia a un nivel más elevado. Ha
de armonizar razones internacionales con la necesidad de la cohesión regional,
con las exigencias de la salud y la educación, y con las diversas costumbres y
creencias.
No
es difícil comprender que las recomendaciones de la economía y la política
quedan asumidas por la ciencia que estudia las consecuencias últimas de las
conductas humanas, es decir, la ética.
La
ciencia económica basada en el núcleo microeconómico neoclásico solo permite analizar
parcialmente los fenómenos económicos. La economía de la organización intenta
estudiar desde el punto de partida de los costos de transacción, todo lo que
ocurre en la vida de las empresas, tanto en su organización interna como en las
relaciones interempresariales. A su vez,
la creciente atención a los bienes públicos y a las externalidades, ha
permitido tomar conciencia de que el progreso económico está determinado por la
atención que se preste a la dimensión cooperativa de la vida social. La confianza
, más que el orden jurídico, es el bien público por excelencia. La emulación o
competencia es un instrumento al servicio de la cooperación y el progreso
social, y no su fundamento.
La
racionalidad limitada es más adecuada para el estudio de la realidad y permite
desarrollar el análisis del oportunismo. La racionalidad que permite comprender
la necesidad de promover la cooperación social como única forma de
supervivencia y como realización de las personas y de las organizaciones es una
conquista. Es una racionalidad de largo plazo, que en los hechos es un
aprendizaje; es un progreso que lleva tiempo, que tiene avances y retrocesos y
que conforma la estatura ética de los pueblos y de las personas. Por ese motivo
se constata la ausencia de esa racionalidad de largo plazo y sí subsiste la
racionalidad de corto plazo del oportunismo.
La
ciencia económica estudia un aspecto de la conducta humana, que es una conducta
libre. Como todas las ciencias, concluye sus estudios con recomendaciones
útiles para un mejor desempeño de los hombres y de las sociedades, un desempeño
más propiamente humano. Pero sus recomendaciones son asumidas por la política,
que debe compatibilizar las exigencias de otras ciencias humanas y sociales,
con sus específicos puntos de vista. En definitiva, todas esas recomendaciones
son asumidas por la ética, que estudia el fundamento y las exigencias últimas
de la conducta humana.
[1] Cfr. MUSGRAVE R., Hacienda Pública: Teórica y aplicada,
1999, MacGraw Hill, Madrid y BUCHANAN J. y TULLOCK G., El cálculo del consenso: Fundamentos lógicos de la democracia
constitucional, , Buenos Aires, 1993, E. Planeta-Agustini
[2] Cfr. RAMOS INTHAMOUSSU A.,
Revista del IEEM, Año VII, nº1, abril 2004, Crecimiento
económico y magnanimidad empresarial.
[3] Cfr. WILLIAMSON Oliver, Markets and Hierarchies, New York, The
Free Press, 1975 y The Economic
Institutiones of Capitalism, New York, The Free Press, 1985
[4] Cfr. SIMON H.A..
Administrative Behavior, New York: Mcamillan, 1947
[5] cfr. WILLIAMSON O., The institutions of ... , o.cit, cap. II
[6] WILLIAMSON O., The theory of the firm as governance
structure: from choice to contract, manuscrito, junio 2002.
[7] Cfr. WILLIAMSON O., The institutions of ... , o.cit, cap. II
[8] Cfr. Fukuyama Francis,
Confianza: Las virtudes sociales y la
capacidad de generar prosperidad, Edit. Altántida, Madrid, 1996
[9] Cfr. Economic Journal, Volumen 112, Número
483, Noviembre de 2003
[10] Cfr. Peyrefitte, Alain, La societé de confiance: essai sur les
origines et la nature du dévelopment,O.Jacob, 1995, Paris.
[11] Cfr. Rovira Reich
Mercedes, La confianza como virtud
social: de Locke a nuestros días, Universidad de Montevideo, junio 2004
(manuscrito).
[12] Cfr. Ramos Inthamoussu
A., o.cit.
[13] Cfr. Pérez López
J.A., Teoría de la acción humana en las organizaciones, Ediciones Rialp,
Madrid, 1991
[14] Cfr. Pérez López
J.A., o.cit., Tercera parte
No hay comentarios:
Publicar un comentario