lunes, 28 de enero de 2013

Necesidad de un nuevo paradigma en economía

Publicado en la Revista de Antiguos del IEEM. Universidad de Montevideo No. 18/2004

La competencia en los mercados trae muchas ventajas para un buen funcionamiento de las actividades económicas. Esto ha constituido uno de los motivos por los que un mercado perfectamente competitivo ha sido el marco para el desarrollo de la teoría económica ortodoxa, cuyo núcleo está constituido por la microeconomía neoclásica. Las precisas características o supuestos de este análisis permiten concluir la existencia de un equilibrio general en el que se alcanza una situación eficiente, un óptimo. Nadie puede mejorar su situación sin empeorar la de otro y no se puede aumentar la  producción de ningún bien sin disminuir la de otro. En algunas oportunidades, la elegancia de las conclusiones matemáticas ha impulsado a muchos a afirmar que esos supuestos se ajustaban razonablemente a la realidad o, maravillados por la conclusiones del modelo, proponen adaptar la realidad a los supuestos metodológicos, lo cual muchas veces es imposible e inconveniente.
La existencia de mercados con pocos participantes, tanto del lado de la oferta como del de la demanda, ha llevado al desarrollo de diversos modelos de estudio de la competencia imperfecta tales como el oligopolio, el monopolio y la competencia monopolística. Este esfuerzo de aproximación a fenómenos reales que escapaban al modelo básico ha sido elaborado como instrumento complementario al núcleo teórico, de algún modo como excepciones.
Con frecuencia, las características técnicas o estructurales de los países dan lugar a mercados donde hay un solo productor, e incluso se considera ineficiente o contraproducente el fomento de la competencia. Es el caso de los monopolios naturales, cuyo análisis da lugar a una frondosa literatura sobre regulaciones como forma de escapar a una propiedad estatal de esas empresas. Esto último, con su corte de ineficiencias, burocracia, posibilidades próximas de corrupción y pereza para las innovaciones.
Mayor desafío para la teoría económica constituyen los bienes públicos, como es el que ofrecen las calles de una ciudad, una plaza o una ruta. En este caso, no se puede excluir a nadie de su disfrute y es al menos inconveniente cobrar por ese uso, de modo que no se concibe que alguien las construya con ánimo de recuperar la inversión mediante el cobro de un peaje. En todos estos ejemplos, es el Estado quien se encarga de la provisión de esos bienes. Y su financiamiento ha de hacerse por vía indirecta, a través de la percepción de impuestos. Esto plantea serios problemas a los ciudadanos considerados como consumidores que paguen libremente por los servicios y bienes que desean. Es difícil determinar cuáles son los bienes públicos que cada ciudadano realmente prefiere y cuánto está dispuesto a pagar. La dimensión de los países y de las ciudades, y la misma complejidad creciente de la vida social, plantea en esos casos, serias dificultades para juzgar sobre lo más conveniente o lo efectivamente demandado por los ciudadanos con los criterios del análisis microeconómico tradicional[1].
Una de las peculiaridades del modelo de competencia perfecta es el supuesto de que todos cargan con el costo de sus acciones – la empresa paga por todos los recursos y molestias que ocasiona –, y captura todos los beneficios que se derivan de su actividad. Esto no ocurre en situaciones contemporáneamente relevantes, como es la de la contaminación, donde muchas empresas ocasionan daños y molestias que se constituyen en costos sociales por los que éstas no pagan ni indemnizan. De igual modo, las empresas innovadoras, ya sea en el desarrollo de nuevos mercados o con innovaciones tecnológicas, traen beneficios a otras empresas y a toda la sociedad, que no se reflejan necesariamente en los precios de venta de sus productos. Estas realidades son consideradas en la teoría económica como externalidades positivas y negativas.
El análisis del consumidor considera que la satisfacción que produce cada bien consumido es intransferible y que ese mismo consumidor puede excluir a los demás de su uso, lo que no es aplicable a bienes que no son estrictamente materiales, como la música y la paz en la convivencia cívica. Esta dificultad puede ser obviada desde el punto de vista metodológico en el estudio de buena parte de los bienes finales que se incluyen en el producto bruto de un país.
No ocurre lo mismo en el estudio de la empresa productora, lo que los libros de microeconomía denominan el equilibrio de la firma. Se puede asegurar que un eficaz desempeño de las empresas, su permanencia y su progreso, exigen la  atención de una serie de circunstancias y vínculos con el entorno, que hemos denominado bienes comunes[2]. El desarrollo de los mercados y la formación del capital humano son ejemplos diáfanos de la necesidad de la cooperación. En esos casos el equilibrio de las empresas que buscan maximizar su beneficio, atendiendo a los precios del mercado para la venta de los bienes y a los precios de los factores de producción,  es una forma de análisis miope y de muy corto plazo.
Queremos poner el acento en la mayor adecuación del modelo de competencia perfecta para el análisis de muchos mercados de bienes finales y de algunos mercados de productos agrícolas y, al mismo tiempo, afirmar su inadecuación para el estudio de los procesos de producción, distribución, inversión e innovación. Por cada venta que se realiza en el mercado de productos finales hay varias ventas a lo largo de la cadena de producción y distribución. Cuando el pan llega cada día al domicilio familiar, es porque el trigo fue vendido antes al molino, quien transfirió la harina a un distribuidor, el que oportunamente y en la cantidad adecuada la llevó a la panadería.
Las características supuestas del modelo de competencia perfecta suelen encontrarse en algunos mercados de bienes finales. En esos  mercados competitivos de los productos finales hay una básica independencia entre cada transacción –cada compra de pan que realiza la familia -, lo que no es de aplicación para las transacciones a lo largo de la cadena productiva.
Es necesario a su vez considerar que lo que cada empresa agrega de valor con su trabajo y esfuerzo, es fruto de la concertación con propietarios de diversos recursos, que se realiza básicamente a través de la contratación de trabajo –mano de obra- y de otros variados servicios como es el capital. En esta cara  de la actividad económica es muy de destacar asimismo que la transacción –la contratación – se realiza y se cumple a lo largo del tiempo. Las transacciones de cada jornada, sin duda,  no  son independientes.

Producto bruto y valor bruto de producción


La suma de todas las ventas que se realizan en un país, incluyendo todos los bienes intermedios y los bienes finales se denomina valor bruto de producción. El monto de las ventas los bienes finales producidos, destinados directamente al consumo, la inversión y la exportación conforma el producto bruto interno. Éste puede ser a la vez analizado como la agregación de valor que fue incorporado por cada una de las empresas que intervinieron a lo largo de la cadena de producción y distribución.
Se puede afirmar que el valor bruto de producción es próximo al doble del producto bruto interno, para el caso de Uruguay en el año 2003, según datos del Banco Central. Por cada venta que se produce en el mercado de los bienes finales, hay transacciones por montos al menos equivalentes en todas las etapas intermedias. Una de las diferencias importantes entre los mercados de muchos bienes finales, donde existen razonables condiciones de competencia y la mayoría de los mercados de bienes intermedios, es la independencia que tienen entre sí las transacciones en esos mercados competitivos. Esto último ocurre en las transacciones asociadas a los bienes intermedios.
La noción de demanda desarrollada por el modelo competitivo se deduce del equilibrio del consumidor, cuyo protagonista es la familia, que compra bienes finales para el consumo. Esto muestra el ámbito en el que es apropiado el modelo de competencia perfecta como método de estudio de la realidad económica.
Resulta ilustrativo para comprender las características de un mercado competitivo de bienes finales imaginar un supermercado en un barrio populoso de una ciudad, donde existen otros supermercados, algunas cadenas de “hard discount” y numerosos almacenes minoristas. Hay en cada lugar sustitutos próximos para todos los bienes, razonable información de la calidad de los productos a través de las marcas, y precios a la vista. Por su parte, cada compra es totalmente independiente de las compras que se harán al día siguiente. No implica casi ningún costo para el ama de casa concurrir a uno u otro comercio, y tampoco el proveedor anterior percibirá que algún comprador ha dejado de concurrir.
Para imaginar los mercados de los productos intermedios, basta pensar en una industria que contrata materias primas y materiales específicos, mano de obra que realiza su trabajo en la empresa durante años, un sistema de transporte contratado, y una red de distribución. Es claro que las transacciones o contratos que se realizan cada día son parte de un continuo intercambio de servicios, lo que implica que las partes han hecho inversiones específicas, adaptadas a esas relaciones comerciales o productivas. Sin duda, las transacciones no son independientes entre sí. Una ruptura en la relación económica daña probablemente a ambas partes. Cuando una persona lleva diez años en una empresa, puede afirmarse que está contribuyendo con su pericia y su manera de ser a una específica forma de hacer las cosas en la empresa, a la vez que desarrolla su habilidad para mejorar la forma de trabajar. Si esa persona se desvincula de la empresa es muy probable que la remuneración que en principio obtenga en otra unidad de producción sea menor, y podríamos decir que su productividad bajará en relación a la empresa original. Asimismo, al no contar esta  empresa con un empleado experimentado, sufre  una pérdida mayor que la remuneración que ha dejado de pagar. Este ejemplo permite ver, que analizar los precios como pagos a las productividades marginales abstractas de los recursos es un procedimiento algo tosco. Hay situaciones de “cuasi rentas”, donde el precio no equivale al costo marginal, definido como uso alternativo del que se prescinde.  Igual ocurre en el caso de la industria que adquiere unas materiales con determinado grado de elaboración. El abastecimiento debe ser regular, las condiciones previsibles y se recurre a un contrato, no solo para asegurar el abastecimiento desde el punto de vista del comprador, sino para que el proveedor se asegure la colocación. No podemos olvidar que éste debe hacer inversiones y modificaciones para adecuarse a las necesidades específicas de la industria a la que abastece.
La radical diferencia entre este tipo de transacción o contrato y la que tiene lugar en el supermercado, ha generado en los últimos cuarenta años una fructífera literatura sobre economía de la organización, donde la unidad de análisis es la transacción y el centro del estudio los costos de transacción[3]. Se trata de sacar consecuencias de que es un contrato de realización diferida en el tiempo, el que ocurre entre una industria y sus proveedores, o entre la industria y su red de distribución, o entre la industria y el personal operativo, técnico y directivo contratado. En estos casos es claro que no se puede cambiar los empleados cada día, o cambiar de proveedor o de distribuidor cada día como ocurre en el supermercado. La organización del trabajo en una empresa no puede entenderse, ya que no sería eficaz, como una bolsa de trabajo donde cada jornada se contratara al personal operativo, técnico e incluso directivo, según quien estuviera dispuesto a trabajar al menor precio. Se generan relaciones idiosincráticas, específicas de esa situación concreta y de esas personas.
La relación entre el valor bruto de producción y el producto bruto ofrece una medida de la importancia de mercados o ámbitos de transacciones económicas donde no existe ni puede existir independencia entre las sucesivas transacciones. Tal es el caso de las compras que hace una ama de casa diariamente en un supermercado o las compras y ventas de títulos en la bolsa de valores. Las condiciones necesarias para una eficaz competencia son más bien propias de los bienes finales y son en cambio poco habituales en los bienes intermedios. Por ese motivo, si el producto bruto remite a las ventas de bienes finales y en cambio el valor bruto de producción se refiere a los bienes finales y también a los intermedios, y a su vez el valor bruto de producción duplica el producto bruto interno, podemos concluir que los mercados competitivos pueden ser una aproximación a una parte o aspecto de la realidad económica.
Por otra parte, las relaciones de trabajo y el uso del capital por parte de la empresa,  cuya actividad  da lugar al producto bruto constituyen un ámbito de transacciones económicas donde los mercados puros de competencia perfecta no tienen lugar posible como metodología de análisis.
Grosso modo, las transacciones en la economía son de tres tipos: de bienes finales, de bienes intermedios y de factores productivos. La importancia en valor de cada uno es similar. Afirmamos que las condiciones de una eficaz competencia se cumplen en algunos mercados de bienes finales, lo que no ocurre en los bienes intermedios y tampoco en el entramado de trabajo y capital que es la vida de las empresas.

Elección y contrato


El aporte mencionado de Oliver Williamson sobre la economía de la organización, donde el centro del análisis es el ahorro de costos de transacción, es ilustrativo. Éste surge, en buena medida, a partir del planteo del profesor Herbert Simon, quien habla de la necesidad de incluir en el estudio de la empresa y de la economía en general, la noción de racionalidad limitada[4]. Se puede afirmar que hasta 1970, el oportunismo solo era tomado en cuenta en el estudio de los bienes públicos, de los seguros, y del oligopolio. Se analizaba, en estos casos, las conductas orientadas a conseguir beneficios sin aportar esfuerzos, a las conductas estratégicas basadas en las pérdidas posibles a sufrir e infringir  según las decisiones que se tome[5].
En la economía neoclásica se insiste en la soberanía del consumidor. La  racionalidad final del sistema es proporcionada por la racionalidad del consumidor para decidir sus consumos de acuerdo a sus preferencias y según los precios y calidades de los bienes que le ofrece el  mercado. Es así una economía de la elección, de una libertad entendida como autonomía, donde cada decisión no genera vínculos con las decisiones del día siguiente.
La parcialidad de esta forma de enfoque es planteada con especial lucidez en un reciente trabajo del profesor Williamson que reproducimos a continuación. “A lo largo del siglo XX la economía ha sido desarrollada predominantemente como una ciencia de la elección. Tal como lo afirmó Lionel Robbins en su libro ’La naturaleza y el significado de la ciencia económica´, 1932, ´la economía es la ciencia que estudia el comportamiento humano como una relación entre fines y medios escasos con usos alternativos ´. Esta elección ha sido desarrollada en dos construcciones paralelas: la teoría del comportamiento del consumidor, en la cual los consumidores maximizan la utilidad, y la teoría de la firma como una función de producción, en la cual las firmas maximizan el beneficio. Los economistas que trabajaron a partir de esos supuestos enfatizaron como las cantidades son influidas por los cambios en los precios relativos y los recursos disponibles, un proyecto que se tornó paradigma dominante para los economistas durante el siglo veinte. Pero la ciencia de la elección no es el único lente para estudiar los complejos fenómenos económicos, ni es siempre el más útil. La otra aproximación importante es lo que James  Buchanan, 1964, denomina la ciencia del contrato”[6].

Más allá del contrato

La consideración de la economía como un contrato es un paso importante para entenderla como un aspecto de la vida social, que es construida por las decisiones de quienes integran la sociedad. La consideración unilateral de la economía como elección independiza a cada actor de los demás. El mercado de competencia perfecta idealiza una relación en la que las decisiones de cada uno, no ejercen influjo alguno sobre los demás. A su vez, toda la interacción social y las múltiples relaciones interpersonales que conforman la vida social, queda objetivada y despersonalizada en los precios, que son datos inapelables, veraces, y justos.
El enfoque de la economía como contrato, sin embargo, no pone suficientemente de manifiesto todo el conjunto de relaciones que subyacen a los contratos y que generan en buena medida el progreso y el crecimiento. Es creciente la referencia a la confianza como una fuente de crecimiento y de eficiencia.
Es evidente que todos los riesgos que se deben enfrentar, como consecuencia de la racionalidad limitada y el oportunismo, a través de las diversas formas de organización, tienen diferentes respuestas según sean los hábitos de una sociedad. Así importa saber, cómo es el respeto de  la palabra empeñada, la búsqueda de  soluciones negociadas, la capacidad de concertar soluciones de provecho común y el rechazo de la obtención del provecho personal en desmedro del bien de otros. La estatura moral de un pueblo condiciona las soluciones institucionales, - de organización -, que un pueblo genera a través de la historia. Esa mayor estatura moral – menor presencia del  oportunismo y mayor espíritu cooperativo -,  permite ahorrar en términos de costos de transacción[7]
En la última década, hay abundante literatura sobre los factores del crecimiento y el desarrollo, donde el denominado capital social aparece como una de las fuentes clave de crecimiento en el mundo moderno. Suele interpretarse ese capital social como la confianza que existe en una sociedad. Uno de los intentos de efectuar mediciones estadísticas de la confianza es analizar la importancia en una sociedad de organizaciones no gubernamentales sin fines de lucro. Esa capacidad de solucionar problemas comunes sin un beneficio económico directo sería una medida de la confianza que caracteriza una sociedad [8]-[9] -[10].
Hay contribuciones a la filosofía política y a la sociología, que analizan la confianza como una realidad y valor social que  cumple un papel vital, de fundamento, que muchas veces no es explícitamente considerado. En los siglos XVII y XVIII, la teoría del contrato social como fundamento único de la vida social y política, se apropió indebidamente de todas las bases de la vida social[11].

 Cooperación y consistencia social

El análisis neoclásico es un análisis de corto plazo, de elección, que considera  la realidad económica como  un dato del que hay que obtener el máximo provecho, mientras tanto pasa por alto que ese entorno ha sido construido, que debe ser permanentemente reconstruido. Más aun, si no se procura deliberadamente  construir esa realidad se llega a su disolución.
Basta analizar los mercados y el capital humano para comprender la profundidad de la responsabilidad de los actores individuales en la construcción de la vida económica. Los mercados no nacen espontáneos sino que se hacen. Son fruto de una historia de hechos y decisiones, de hábitos y reglas de conducta, de confianza y de información acumulada. Y el progreso exige el desarrollo y la profundización de los mercados en los que hay mucha inversión y esfuerzo privado. Quizá, lo menos importante de ese proceso sean las normas con que el Estado lo regula. Asimismo, la tecnología y los recursos humanos disponibles, son fruto de una historia a la que contribuye la misma empresa con la difusión por emulación de sus avances técnicos y de procedimientos, y por la natural migración del personal operativo, técnico y directivo, al resto del entramado empresarial[12].
Tal como mencionábamos en párrafos anteriores, la misma tarea de cada compañía consiste sobre todo en el diseño y cumplimiento de los acuerdos implícitos y explícitos con sus proveedores, con sus clientes y distribuidores, así como con las personas que forman esa unidad de trabajo y convivencia diaria que es una empresa. La actividad de una empresa implica construir deliberadamente unos nexos permanentes entre personas y grupos.
Los límites del mercado neoclásico están dados por el reducido campo de visión del propio enfoque. El postulado racionalidad habitualmente admitido implica una eficacia, una eficiencia de corto plazo, que no presta atención suficiente a la inteligencia y a la dignidad humana.
Uno de esos límites está dado por la radicalidad con que los bienes privados ocupan el centro del planteo en forma excluyente, lo que ocurre cuando cada empresa captura todos los beneficios de su actividad y carga con todos los costos. La consideración de las externalidades da entrada a las interrelaciones y trasvases de costos y beneficios propios de la vida social.
Un planteo antropológico más serio exige admitir que los hombres comprenden, que su provecho, su beneficio, sus satisfacciones, - cualquiera sea el nivel de dignidad que se considere de esas satisfacciones -, son inseparables de la vida social. Es indudable que el ladrón habitual, que gana sólo perjudicando a los demás, obtiene un beneficio de su actividad pero se envilece. Pero también sabe que es probable que esa forma de vida acabe abruptamente, y que no pueda seguir obteniendo las satisfacciones mínimas que anteriormente obtenía. Aunque el ejemplo solo tenga el valor de metáfora, puede decirse que algo parecido le ocurre a las sociedades donde no hay preocupación por los bienes comunes. Dicho en términos de la filosofía social, el bien propio es la participación del bien común. Más aún, el bien propio como persona es, en buena medida, la contribución a ese bien común. Un análisis que no considere estos aspectos es parcial y de corto plazo. En el mundo de los negocios, la percepción de esta realidad ha dado lugar a la literatura que asigna a la empresa la tarea de contribuir a un entorno digno, como exigencia de la cohesión social y de la misma permanencia en el largo plazo de la empresa.

La racionalidad según los economistas


Es natural que los economistas planteen que una conducta individual que destruya una sociedad en la que vive y de la que se aprovecha, no es racional y que por lo tanto no puede darse. Una forma de aproximarse al tema es considerar que la preocupación por el bien común, como un anticipo del bien propio, es un enfoque de largo plazo que la conducta humana muchas veces no hace suyo. Es habitual encontrarse en la vida comercial con engaños en los bienes y servicios que se prestan, aunque los problemas de reputación y mala fama acabarán por minar la presencia de la empresa en el mercado. Sin embargo, como esas dificultades se presentarán en el largo plazo y no son de ocurrencia cierta, esas conductas oportunistas se dan siempre.
La genial teoría del Profesor Pérez López[13] permite analizar sobradamente todos estos problemas. Solo mencionaremos liminarmente algunos conceptos. Las satisfacciones percepcionales pueden ser consideradas como la utilidad de los economistas: la satisfacción que produce un bien que se consume, el aumento de las utilidades contables a fin de año. o la mejora en el trimestre de las cotizaciones en la Bolsa. Los fines de la actividad de la que hablan los economistas podrían asimilarse a la motivación espontánea. La preocupación por el futuro, por el entorno, por el entramado social, por un clima de negocios favorable, por el desarrollo de los mercados, parten de la consideración racionalmente inobjetable de que, fuera de la sociedad no hay futuro posible para una empresa. Esa  preocupación racional, de más largo alcance, y la motivación consiguiente, conforman la consistencia de las acciones de la empresa y de las personas. La consistencia viene reclamada por la búsqueda de un estado óptimo de la organización, por un entorno social armónico, por una economía en crecimiento, por un desarrollo personal y familiar de quienes conforman la empresa y la sociedad. Esta búsqueda de la consistencia da lugar a la motivación trascendente. Pero, afirma Pérez López, que la motivación trascendente es una conquista, que exige muchas veces claros sacrificios de motivación espontánea. Para no hacer tan áridas estas líneas, podemos afirmar que es necesario sacrificar utilidades de corto plazo para asegurar las de largo plazo. La incorporación de motivación trascendente es un proceso, un aprendizaje, que exige el entrenamiento de dar lugar a la necesidad de colaborar y buscar el estado óptimo de la organización, de considerar que quienes actúan en todo el entorno de la empresa son libres,  que la situación actual no debe ser tomada como un dato. Es un entrenamiento que exige sacrificio de motivación espontánea, razón por la que no ha de sorprender la miopía de no ser consciente del entorno, ni de impulsar una conducta marcada por consideraciones racionales de largo plazo. Para comportarse racionalmente en el largo plazo, es necesario el entrenamiento, un proceso de educación o autoeducación.
Este enfoque parte de la consideración de que todos los agentes son agentes libres y, por tanto, una situación actualmente favorable, lo seguirá siendo en la medida en la que los demás tengan motivos para seguir actuando del mismo modo. Cuando solo se presta atención a los precios, que son un dato, se pasa por alto que todos los actores son libres. Muy tenuemente se introduce la libertad en el estudio de los oligopolios, para estudiar los comportamientos estratégicos.
La construcción de un entorno cooperativo exige siempre el riesgo de dar espacio en la propia conducta a la  motivación transcendente –querer construir una buena organización -, cuando no se está seguro del deseo de cooperación de la contraparte, de su motivación trascendente. Si no se apuesta, si no se arriesga, no se trata a los demás como personas, y no se construye la vida social. Si la respuesta a una conducta parasitaria es su imitación, se inicia un círculo vicioso, se agosta la vida social. Insiste el profesor Pérez López, que la motivación trascendente no se reduce a buscar el máximo posible de satisfacción espontánea de los demás actores de la vida social, ya que sería una instrumentalización de las personas. Se trata de apostar al crecimiento de la motivación trascendente en los demás actores, en desarrollar un auténtico espíritu cooperativo. En términos cotidianos, no puede ser el dinero la única forma de movilizar los esfuerzos de los demás.
Para entender la consistencia con un sentido más profundo que la preparación esforzada del propio futuro individual, es bueno considerar que la armonía de las organizaciones refleja en este caso la armonía de las personas, que encuentran su realización más profunda en lo que el Profesor Pérez López denomina satisfacciones estructurales, es decir, la plenitud de participar en la comunión de personas que se da emblemáticamente en la amistad y la familia[14].

La competencia como objetivo


Las ventajas de la competencia para el buen funcionamiento de la vida económica son innegables, y es natural que se busque su juego cuando es posible. La competencia en la vida económica desempeña un papel similar al de la emulación en la vida humana y social. Es una buena herramienta pero no puede servir de marco a toda la actividad. El marco de la vida social y de la vida económica lo da la cooperación, que incluye la competencia como un arma o instrumento.
La competencia - y su dureza - es un eficaz remedio contra la pereza, el inmovilismo y la rutina. La empresa que sufre la competencia del mercado debe estar cambiando, innovando, para poder subsistir. Quien no rinde en un trabajo es despedido. Pero las posibilidades de un comportamiento parasitario están siempre presentes. En todo grupo de trabajo los hay, y es tarea de los capataces su control. No ha de pensarse que las conductas parasitarias son exclusivas de las burocracias estatales. Toda gran organización las favorece de alguna manera.
Pero la competencia no soluciona todos los problemas y puede además agravar otros. La competencia puede contribuir a un mayor egoísmo, un oportunismo entendido como la posibilidad de obtener un provecho que es el equivalente del daño de otro. La exclusividad en la atención a la competencia tiende a introducir una visión de la economía como un juego de suma cero, más apropiado para el comercio que para la actividad económica. Quizá no sea una mera peculiaridad del lenguaje, que Adam Smith llamara sociedad comercial a la que hoy llamaríamos sociedad capitalista.
El daño mayor es hacer perder de vista que la vida económica es sobre todo un juego de suma positiva, que es la única forma de entender el progreso, la armonía social y la misma supervivencia de las sociedades. La competencia perfecta hace de la vida un juego en que cada actor juega contra su contrincante una sola vez en la vida. Además, se genera una ausencia de sensibilidad hacia los abusos del poder de hecho, que pasan a ser un dato y que no admiten rebeldía.
El rechazo de la competencia como único marco de construcción de la vida económica no afecta la necesaria unidad de la ciencia económica. La unidad que otorga al pensamiento económico la elaboración neoclásica es una solidez matemática, donde cada ladrillo es sostenido por el anterior y a su vez sirve de soporte al siguiente. En los fenómenos humanos, la complejidad exige la diversidad de enfoques y una cierta circularidad en el método de aproximación. Por otro lado, como toda acción práctica, su verdad hoy y ahora exige que la prudencia aúne la diversidad de requerimientos de los diferentes puntos de vista.
Los éxitos que alcanzó la física con Newton al utilizar el método matemático impulsaron a muchos filósofos sociales a aplicar similar metodología científica. El espíritu ilustrado, propenso a la utilización desmedida de la razón abstracta, facilitó el desarrollo del pensamiento al modo de la geometría, donde cada conjunto de supuestos da lugar a elaboraciones diferentes. Ese desprecio por la historia y esa sobrevaloración del pensamiento abstracto, - donde el criterio científico es ante todo la coherencia lógica -, constituyen una limitación en el estudio de las realidades humanas, aunque hayan traído un inmenso progreso en las ciencias físicas.

Economía política y ética


Quitar a la competencia perfecta de su sitial como modelador de la actividad no es introducir una ruptura en la organización de la vida económica, y mucho menos atentar contra la unidad de la ciencia económica. Es un camino hacia una mayor veracidad del análisis y una contribución al desarrollo de una actividad económica más acorde con las realidades humanas. No debe sorprender que sean varios los principios rectores de la actividad. Desde Aristóteles se entiende que la vida práctica, la conducta humana, para ser acorde con lo bueno y oportuno, en las circunstancias de tiempo y lugar, exige que la prudencia armonice los reclamos de las distintas virtudes. En lenguaje más actual, la prudencia ha de armonizar las distintas racionalidades que se hacen presentes cuando se enfrenta un problema aquí y ahora: corto plazo y largo plazo, bien propio y común, supervivencia hoy y progreso, consolidación y expansión, formas de premiar y formas de castigar.
No es apropiada a la realidad la presunción de que la ciencia económica es una ciencia de los hechos, que ha de dejar de lado los valores, que serían una competencia de la política.
Toda ciencia física, que acompasa la experimentación y el desarrollo matemático y progresa en el conocimiento de la materia, culmina en recomendaciones para un mejor aprovechamiento para el hombre de esa misma materia. No es otro el papel que corresponde a la tecnología. De la misma manera, el progreso de la anatomía, la fisiología, la genética y la patología humana culminan inexorablemente – son la razón de su impulso – en recomendaciones para la salud de la persona y de las poblaciones.
De igual modo, los estudios de la vida económica concluyen en recomendaciones prácticas. Y con mayor fuerza y profundidad que en la física y la biología, porque se trata de una actividad libre, y las modificaciones de las conductas alteran la misma realidad objeto de estudio.
Es claro que los reclamos de la racionalidad económica constituyen un punto de vista y que a la política corresponde la armonización de otras exigencias o racionalidades, y que ésta actúa como la prudencia a un nivel más elevado. Ha de armonizar razones internacionales con la necesidad de la cohesión regional, con las exigencias de la salud y la educación, y con las diversas costumbres y creencias.
No es difícil comprender que las recomendaciones de la economía y la política quedan asumidas por la ciencia que estudia las consecuencias últimas de las conductas humanas, es decir, la ética.

Conclusiones


La ciencia económica basada en el núcleo microeconómico neoclásico solo permite analizar parcialmente los fenómenos económicos. La economía de la organización intenta estudiar desde el punto de partida de los costos de transacción, todo lo que ocurre en la vida de las empresas, tanto en su organización interna como en las relaciones interempresariales. A su  vez, la creciente atención a los bienes públicos y a las externalidades, ha permitido tomar conciencia de que el progreso económico está determinado por la atención que se preste a la dimensión cooperativa de la vida social. La confianza , más que el orden jurídico, es el bien público por excelencia. La emulación o competencia es un instrumento al servicio de la cooperación y el progreso social, y no su fundamento.
La racionalidad limitada es más adecuada para el estudio de la realidad y permite desarrollar el análisis del oportunismo. La racionalidad que permite comprender la necesidad de promover la cooperación social como única forma de supervivencia y como realización de las personas y de las organizaciones es una conquista. Es una racionalidad de largo plazo, que en los hechos es un aprendizaje; es un progreso que lleva tiempo, que tiene avances y retrocesos y que conforma la estatura ética de los pueblos y de las personas. Por ese motivo se constata la ausencia de esa racionalidad de largo plazo y sí subsiste la racionalidad de corto plazo del oportunismo.
La ciencia económica estudia un aspecto de la conducta humana, que es una conducta libre. Como todas las ciencias, concluye sus estudios con recomendaciones útiles para un mejor desempeño de los hombres y de las sociedades, un desempeño más propiamente humano. Pero sus recomendaciones son asumidas por la política, que debe compatibilizar las exigencias de otras ciencias humanas y sociales, con sus específicos puntos de vista. En definitiva, todas esas recomendaciones son asumidas por la ética, que estudia el fundamento y las exigencias últimas de la conducta humana.



[1] Cfr. MUSGRAVE R., Hacienda Pública: Teórica y aplicada, 1999, MacGraw Hill, Madrid y BUCHANAN J. y TULLOCK G., El cálculo del consenso: Fundamentos lógicos de la democracia constitucional, , Buenos Aires, 1993, E. Planeta-Agustini
[2] Cfr. RAMOS INTHAMOUSSU A., Revista del IEEM, Año VII, nº1, abril 2004, Crecimiento económico y magnanimidad empresarial.
[3] Cfr. WILLIAMSON Oliver, Markets and Hierarchies, New York, The Free Press, 1975 y The Economic Institutiones of Capitalism, New York, The Free Press, 1985
[4] Cfr. SIMON H.A.. Administrative Behavior, New York: Mcamillan, 1947
[5] cfr. WILLIAMSON O., The institutions of ... , o.cit, cap. II
[6] WILLIAMSON O., The theory of the firm as governance structure: from choice to contract, manuscrito, junio 2002.
[7] Cfr. WILLIAMSON O., The institutions of ... , o.cit, cap. II
[8] Cfr. Fukuyama Francis, Confianza: Las virtudes sociales y la capacidad de generar prosperidad, Edit. Altántida, Madrid, 1996
[9]  Cfr. Economic Journal, Volumen 112, Número 483, Noviembre de 2003
[10] Cfr. Peyrefitte, Alain, La societé de confiance: essai sur les origines et la nature du dévelopment,O.Jacob, 1995, Paris.
[11] Cfr. Rovira Reich Mercedes, La confianza como virtud social: de Locke a nuestros días, Universidad de Montevideo, junio 2004 (manuscrito).
[12] Cfr. Ramos Inthamoussu A., o.cit.
[13] Cfr. Pérez López J.A.,  Teoría de la acción humana en las organizaciones, Ediciones Rialp, Madrid, 1991
[14] Cfr. Pérez López J.A.,  o.cit., Tercera parte

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