El 25 de octubre de 1858 el
cónsul francés en Montevideo, Mr. Maillefer, en un informe a su ministro, conde Walewski, afirmaba que la política comercial uruguaya
parece tener por “ideal (…) formar un Zollverein (Unión aduanera, literalmente) americano (Brasil, Argentina,
Paraguay y Bolivia) del que sólo Brasil se beneficiaría”(1).
La conocida tutela que el Imperio
del Brasil ejerció sobre Uruguay en las décadas del cincuenta y del sesenta del siglo XIX,
luego del Tratado de límites, con estacionamiento de tropas para “preservar el
orden”, y el despliegue empresarial y crediticio del Vizconde de Mauá, tuvo
manifestaciones muy concretas en los
convenios que regularon el comercio exterior del país con el vecino Imperio.
En los primeros años de vida
independiente, todos los convenios con países europeos incluían la cláusula de
nación más favorecida. Eso significaba que toda rebaja arancelaria que Uruguay
concediera posteriormente a otro país, regiría también para el país europeo que
había firmado un convenio con anterioridad.
“La primera vez que Uruguay
pretende tratar bajo condiciones diferentes es en ocasión del convenio con el Zollverein, firmado en 1857” , donde luego de afirmar
el principio de nación más favorecida, se establece que “este artículo no
comprende los casos en que sean acordados favores, privilegios o exenciones en
asuntos de comercio y navegación a los países limítrofes y vecinos o a los
ciudadanos y súbditos de esos países” (1).
Podían rebajarse los aranceles a
Brasil y a (la Confederación) Argentina, sin hacerla extensiva a los estados
alemanes agrupados económicamente desde 1839 en la unión aduanera, en alemán, Zollverein. Tardaría algunas décadas la
unificación política alemana en 1870.
No era menos lúcido el encargado
de Negocios y Cónsul General español,
Jacinto Albístur, quien escribe a su Primer Secretario el 24 de mayo de 1857
que “el comercio y la navegación de España, el comercio y la navegación de
Europa en esta República están expuestos a encontrarse en condiciones menos
ventajosas que las del vecino Imperio del Brasil”(1).
“Es evidente, afirma la Dra. Díaz , por la
cercanía en las firmas de ambos convenios (con el Zollverein y con Brasil), que
la cláusula de excepción para los países limítrofes se incluyó pensando en
Brasil, con el que poco después se firmaba un importante tratado comercial”(1).
“Si el tratado con los Estados
alemanes había desagradado al representante español y a otros colegas europeos,
el convenio con Brasil causó verdadera alarma en los círculos diplomáticos
montevideanos. Brasil ejercía, desde 1851, una influencia poderosísima sobre el
Uruguay. En 1851, ambos países firman varios tratados: uno de ellos, el de
comercio, es renovado en 1857, con modificaciones muy favorables al Brasil. Se
establecen derechos diferenciales progresivos para todos los productos
similares a los de Brasil, que sean importados por Uruguay; por su parte,
Brasil sólo concede franquicias al tasajo uruguayo”(1).
Nuevamente Albístur, el 23 de
julio de 1858 escribe al Primer Secretario, “este Tratado abre una puerta
comercial entre el Brasil y la
República. El fin de esta política, según el mismo Tratado,
es el establecimiento del libre cambio entre los dos países. Dejo a la
consideración de V.E. si este libre cambio entre dos países de tan distinta
magnitud, de poder tan desigual (…) no colocan al más débil e insignificante en
estrecha dependencia del más importante y poderoso; y si esta política
comercial que hoy se inicia no es el camino más seguro para venir a parar a la
absorción que con tradicional perseverancia codicia el Brasil”.
Una de las razones, entre varias
otras, que explica la consolidación de la incipiente nacionalidad oriental
fueron las inversiones inglesas de las últimas décadas del siglo XIX. La Liebig
en Fray Bentos, los ferrocarriles en toda su geografía, las aguas corrientes,
el gas, el telégrafo y un banco, generaron un increíble progreso económico y
contribuyeron a acrecentar una inmigración, con los cuales puede decirse que se
forma el país. Pero también fueron un factor de independencia respecto de los
vecinos de la región.
Incluso el acceso del Estado uruguayo al crédito en Londres
lo liberó de las presiones que el Imperio del Brasil ejerció a través de Mauá
durante los años cincuenta, sesenta y primeros años de la década del setenta
del siglo XIX.
Bienvenidos los frigoríficos
norteños, las petroleras y los bancos así como las compañías arroceras. Pero estas
inversiones agregan nuevas razones para
reforzar acuerdos de libre comercio e inversión con países desarrollados y en
fuerte crecimiento, que aportan además de capital, tecnología, innovación y
mercados, una imprescindible diversificación. Esta permite conservar la
autonomía y renueva a la vez una
prosperidad que, luego de un siglo de estancamiento –casi todo el siglo XX- ,
Uruguay está iniciando de la mano de buenas empresas extranjeras de variados orígenes.
(1) Bárbara Díaz, La Diplomacia Española
en Uruguay en el Siglo XIX. Génesis del tratado de Paz de 1870. Universidad
de la República, 2008, páginas 269 y 270
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