lunes, 28 de enero de 2013

Ya tenemos bastante Mercosur

Publicado en El Observador. Montevideo, 7/2/2006

Desde siempre Uruguay ha dado facilidades para las compras de tierras y empresas a inversores de los países vecinos. La libre circulación de las personas y el respeto de sus propiedades es una constante histórica. En los últimos lustros, la mitad de nuestras importaciones provienen de Argentina y Brasil. El país ha cumplido sobradamente su compromiso histórico de solidaridad regional. Sería injusto que por desbordes políticos de los “grandes” del Mercosur, Uruguay no intentara alcanzar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.


Han recomenzado con fuerza las construcciones en Punta del Este, en buena medida financiada por argentinos, y así como la tendencia histórica del flujo de turistas desde ese país se muestra creciente, las inversiones sojeras de agricultores argentinos no han sido desdeñables.
         Las compras y explotación de campos arroceros por brasileños y sus  inversiones forestales, muestran un constante ingreso de  inversiones directas.  Como ha ocurrido siempre, las ciudades limítrofes encauzan un fluido comercio fronterizo, cuyo signo prioritario está pautado por los precios relativos entre ambos países.
         Los puertos uruguayos mejoran su capacidad y calidad; es fuertemente  creciente el volumen de mercaderías que manejas y sostenido el  aumento  de servicios portuarios a la región.
         Esta red de nexos con los vecinos no es ninguna novedad. Los comienzos de la banda oriental se deben a su carácter de marca o frontera entre los territorios de la corona española y la corona portuguesa. La Colonia del Sacramento, fundada en 1680, y Montevideo, fundada en 1726, fueron el eje privilegiado del tráfico comercial entre España e Inglaterra y las poblaciones situadas en las márgenes de los ríos que forman el Río de la Plata.
         En la última década, casi la mitad de las importaciones registradas en las aduanas uruguayas provienen de Brasil y de Argentina, en tanto es claramente inferior la importancia de nuestras ventas hacia esos países.
         Podemos afirmar que Uruguay ha cumplido siempre con el imperativo  de solidaridad y diálogo con sus vecinos regionales. La libre circulación de capitales y personas, la libertad para comprar tierras y empresas por parte de empresarios de los países vecinos constituyen una  demostración elocuente del espíritu integracionista uruguayo.
         En enero pasado, como demostración del deseo de avanzar en la integración regional, se mostró como progreso la posibilidad conseguida por Argentina de frenar las importaciones desde Brasil, para impedir que crezca su déficit comercial con ese país. Un  irónico avance hacia una zona de libre comercio que aspira a la libre circulación de los bienes y servicios entre los países miembros.
         Mientras se deterioran así las bases de la zona de libre comercio, se insiste en la necesidad de profundizar el Mercosur como unión aduanera. Se plantea la posibilidad de encarecer las importaciones que haga Uruguay desde Europa y Estados Unidos, para dar facilidades a Brasil y Argentina. Uruguay ya compra el cincuenta por ciento de sus importaciones en esos dos países y no debe ni puede pagar más dólares por las máquinas y bienes que necesita para su crecimiento.
         Sobre todo, no puede aceptar una mala zona aduanera,  porque necesita como el agua que sus exportaciones sigan aumentando independientemente de los vaivenes regionales. Necesita mercados suficientemente diversificados para acotar los inevitables riesgos de toda actividad económica. Debe salir a los mercados mundiales, porque sus ventas hacia Argentina y Brasil pueden enfrentar, en cualquier momento, trabas que resulten muy dañinas. La conocida decisión de un juez local en Río Grande del Sur impidiendo la entrada del arroz uruguayo, muestra la dificultad para acometer un proceso de crecimiento sostenido de la inversión y de las exportaciones, apoyado en esas bases inestables.
         Son las perspectivas de los grandes mercados, por su estabilidad y pujanza, los que atraerán  hacia Uruguay las inversiones extranjeras directas y el sector forestal es una prueba elocuente.
         Uruguay juega su vocación integracionista en la infraestructura regional, como es el caso del uso de las fuentes de energía, en  el flujo e intercambio de servicios y bienes que la proximidad geográfica y los lazos históricos pautan, y en la libre circulación de personas  y capitales. Pero no es aceptable que nos condenemos al estancamiento por forzarnos a importar más caro o por no obtener facilidades para ingresar en mercados dinámicos. Intentar firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos y otro con  China es impostergable si se persigue el crecimiento sostenido del país. Transitar ese camino no atenta contra la solidaridad regional que Uruguay ha cultivado desde siempre y lo debe seguir haciendo.

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