Desde siempre Uruguay ha dado facilidades para las compras
de tierras y empresas a inversores de los países vecinos. La libre circulación
de las personas y el respeto de sus propiedades es una constante histórica. En
los últimos lustros, la mitad de nuestras importaciones provienen de Argentina
y Brasil. El país ha cumplido sobradamente su compromiso histórico de
solidaridad regional. Sería injusto que por desbordes políticos de los
“grandes” del Mercosur, Uruguay no intentara alcanzar un Tratado de Libre Comercio
con Estados Unidos.
Han recomenzado con fuerza las
construcciones en Punta del Este, en buena medida financiada por argentinos, y
así como la tendencia histórica del flujo de turistas desde ese país se muestra
creciente, las inversiones sojeras de agricultores argentinos no han sido
desdeñables.
Las
compras y explotación de campos arroceros por brasileños y sus inversiones forestales, muestran un constante ingreso
de inversiones directas. Como ha ocurrido siempre, las ciudades limítrofes
encauzan un fluido comercio fronterizo, cuyo signo prioritario está pautado por
los precios relativos entre ambos países.
Los
puertos uruguayos mejoran su capacidad y calidad; es fuertemente creciente el volumen de mercaderías que manejas
y sostenido el aumento de servicios portuarios a la región.
Esta
red de nexos con los vecinos no es ninguna novedad. Los comienzos de la banda
oriental se deben a su carácter de marca o frontera entre los territorios de la
corona española y la corona portuguesa. La Colonia del Sacramento, fundada en
1680, y Montevideo, fundada en 1726, fueron el eje privilegiado del tráfico
comercial entre España e Inglaterra y las poblaciones situadas en las márgenes
de los ríos que forman el Río de la Plata.
En
la última década, casi la mitad de las importaciones registradas en las aduanas
uruguayas provienen de Brasil y de Argentina, en tanto es claramente inferior la
importancia de nuestras ventas hacia esos países.
Podemos
afirmar que Uruguay ha cumplido siempre con el imperativo de solidaridad y diálogo con sus vecinos
regionales. La libre circulación de capitales y personas, la libertad para
comprar tierras y empresas por parte de empresarios de los países vecinos constituyen
una demostración elocuente del espíritu
integracionista uruguayo.
En
enero pasado, como demostración del deseo de avanzar en la integración
regional, se mostró como progreso la posibilidad conseguida por Argentina de
frenar las importaciones desde Brasil, para impedir que crezca su déficit
comercial con ese país. Un irónico
avance hacia una zona de libre comercio que aspira a la libre circulación de
los bienes y servicios entre los países miembros.
Mientras
se deterioran así las bases de la zona de libre comercio, se insiste en la
necesidad de profundizar el Mercosur como unión aduanera. Se plantea la
posibilidad de encarecer las importaciones que haga Uruguay desde Europa y
Estados Unidos, para dar facilidades a Brasil y Argentina. Uruguay ya compra el
cincuenta por ciento de sus importaciones en esos dos países y no debe ni puede
pagar más dólares por las máquinas y bienes que necesita para su crecimiento.
Sobre
todo, no puede aceptar una mala zona aduanera, porque necesita como el agua que sus
exportaciones sigan aumentando independientemente de los vaivenes regionales.
Necesita mercados suficientemente diversificados para acotar los inevitables
riesgos de toda actividad económica. Debe salir a los mercados mundiales,
porque sus ventas hacia Argentina y Brasil pueden enfrentar, en cualquier
momento, trabas que resulten muy dañinas. La conocida decisión de un juez local
en Río Grande del Sur impidiendo la entrada del arroz uruguayo, muestra la
dificultad para acometer un proceso de crecimiento sostenido de la inversión y
de las exportaciones, apoyado en esas bases inestables.
Son
las perspectivas de los grandes mercados, por su estabilidad y pujanza, los que
atraerán hacia Uruguay las inversiones
extranjeras directas y el sector forestal es una prueba elocuente.
Uruguay
juega su vocación integracionista en la infraestructura regional, como es el caso
del uso de las fuentes de energía, en el
flujo e intercambio de servicios y bienes que la proximidad geográfica y los
lazos históricos pautan, y en la libre circulación de personas y capitales. Pero no es aceptable que nos
condenemos al estancamiento por forzarnos a importar más caro o por no obtener
facilidades para ingresar en mercados dinámicos. Intentar firmar un tratado de
libre comercio con Estados Unidos y otro con
China es impostergable si se persigue el crecimiento sostenido del país.
Transitar ese camino no atenta contra la solidaridad regional que Uruguay ha
cultivado desde siempre y lo debe seguir haciendo.
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