lunes, 28 de enero de 2013

El capital social, clave olvidada por la economía pura


Publicado en la Revista de Antiguos del IEEM. Montevideo, II/2005 y III/2005

En la última década se ha mencionado reiteradamente la importancia del capital social como fuente de crecimiento económico. La capacidad de una sociedad o de un grupo humano para acometer acciones colectivas que beneficien a todos sus miembros es destacada como un importante factor de  progreso, más allá de las disponibilidades de recursos materiales y de los avances  técnicos con que se cuente.
La tarea empresarial como aglutinadora del trabajo de muchas personas y fuente de permanentes relaciones interempresariales surge así como una de las claves de la eficacia de los emprendimientos colectivos. El liderazgo de quienes promueven e impulsan las actividades económicas cumple asimismo un rol insustituible en la formación del capital humano[1], que desde los años sesenta es destacado como determinante de los niveles de vida de los que goza una sociedad.
Un reciente trabajo lo expresa muy adecuadamente: (el capital social es) “la capacidad que tiene un grupo humano de emprender acciones colectivas que redunden en beneficio de todos sus miembros ... El capital social cobra valor en la medida que se integra a un portafolio de activos donde cumple un rol sinérgico importante en la potenciación de los demás capitales, especialmente el capital humano”[2].
La capacidad humana de darse una organización eficaz, con fuerza innovadora, y una gestión eficiente, abarca los tres principales campos en que puede dividirse la vida social. La buena vida política, como actividad en torno a los roles del Estado, participa eminentemente de esa capacidad social de llevar adelante emprendimientos colectivos eficaces. No menos importante es el rol de las empresas de negocios, que proveen a la sociedad de una  proporción significativa de los bienes y servicios de los que disfruta una colectividad. Asimismo, las organizaciones sociales o no gubernamentales, conocidas también con el nombre de “sector social”, cumplen un rol creciente en la provisión de servicios sociales imprescindibles para una vida digna. Precisamente, muchos autores han intentado una medición de la importancia del capital social en una sociedad a través del vigor de los emprendimientos sin fines de lucro, como frutos de un clima de confianza y capacidad de cooperación[3].
La aspiración al progreso social y a mejores condiciones  materiales de vida para todos los ciudadanos, nutre este interés por la búsqueda de las razones que explican el dispar progreso económico de las distintas sociedades. Más apremiante aun, es dar solución a la existencia de pésimas condiciones de vida en los países subdesarrollados, cuando advertimos que las posibilidades tecnológicas podrían dar cuenta de esas graves insuficiencias.
Es impostergable hacerse cargo de que el conocimiento de la vida social progresa, que es necesario permanecer mentalmente abiertos a nuevas y fructíferas perspectivas para comprender mejor el funcionamiento de las actividades económicas, sin anquilosamientos, que son a veces mera inercia, o en otros casos apegamiento a modelos analíticos ya perimidos  o mera defensa de intereses creados.
Poco a poco, el empeño en considerar la economía como ciencia pura que no debe contaminarse con reflexiones de orden social, político o antropológico, va perdiendo fuerza. Más aun, parece necesario un avance de la sociología que sirva de marco para la reflexión económica. Se abre camino un retorno a un modo de ver la actividad económica en estrecho diálogo con la política. Se malentiende a veces esta afirmación, por interpretarla como un reclamo de un más amplio papel del Estado, que vuelve burocrática la vida social y agosta el dinamismo empresarial y la creatividad y rapidez para emprender nuevos negocios. En realidad, se trata de volver en parte al enfoque que tuvieron las reflexiones económicas en los siglos XVII y XVIII, cuando aparece la expresión economía política, atribuida a Montchretien (1615)[4].
En los siglos de la formación y consolidación de los estados nacionales, la prosperidad económica era considerada muy importante para fortalecer los nacientes estados y se consideraba esa prosperidad un objeto de preocupación pública. De modo similar, el desarrollo económico es visto hoy como imprescindible para dar respuesta a las aspiraciones y derechos de las sociedades modernas. La complejidad actual y los niveles de educación y formación humana alcanzados hacen posible conseguirlo, y la tarea es una tarea social, colectiva. En los nacientes estados de siglos atrás, las responsabilidades colectivas fueron asumidas en buena medida por el Estado. Más allá de los vaivenes históricos en torno a la mayor o menor importancia que se otorgue al papel del Estado, es claro que en el mundo contemporáneo los problemas del desarrollo, que tiene dimensiones económicas así como políticas y culturales, exigen respuestas de todos los actores sociales.
Siguiendo la secuencia histórica de las principales fuentes de progreso económico, será más fácil comprender los acentos del análisis económico en sus diferentes etapas.

Capital comercial

El fuerte progreso económico de los últimos dos siglos, XIX y XX,  se inicia con la expansión precedente del comercio mundial. El desarrollo de las ferias durante la Baja Edad Media y la expansión del comercio fluvial europeo, así como el que sigue las vías marítimas que enlazaban el Mediterráneo con el Mar del Norte, el Cantábrico y el Canal de la Mancha, fueron el sostén o entramado material del esplendor europeo de los siglos XIV y XV. Ese comercio se expandía con la introducción de especias desde el Sudeste asiático  y los artículos transportados a través de las duras jornadas terrestres de la “Ruta de la Seda” hasta China, confluyendo ambos caminos en el Cercano Oriente. Precisamente, el decisivo avance otomano del siglo XV que culmina en la emblemática caída de Constantinopla en 1453, ha sido señalado como factor importante para explicar los viajes y descubrimientos transoceánicos de fines del siglo XV.
La expansión comercial europea experimenta una alteración revolucionaria con el descubrimiento de América y los viajes al Lejano Oriente a través del Cabo de Buena Esperanza. Se ha denominado época del capitalismo comercial a los tres siglos subsiguientes. El aumento del comercio, la cantidad y diversidad de bienes ahora disponibles, exige en cada una de las regiones un aumento de los excedentes que permita el intercambio. Aumenta así en cada lugar el volumen de la producción más característica de cada región. Y sobre todo aumenta la acumulación de riqueza fácilmente transferible con el uso de los metales preciosos. Condición imprescindible para el aumento del comercio es la disponibilidad de un medio de pago de aceptación universal y fácil de transportar. Ese instrumento lo proporcionó el incremento del stock de metales preciosos. Con anterioridad al  descubrimiento de América, la razón del comercio europeo con Africa era la obtención del oro sudanés, una forma eficaz de acumular riquezas y de facilitar el comercio.
Puede afirmarse que el nacimiento de la ciencia económica con Adam Smith, en 1776, corresponde a la era del  capitalismo comercial. La raíz del progreso económico, según este autor, está dada por la división del trabajo, por el aumento de la productividad que trae consigo la especialización y la mayor dimensión de los mercados. Su Investigación acerca de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones corresponde a un período de progreso, sobre todo en Inglaterra, donde la principal fuente de crecimiento es el comercio, la especialización y el acceso a nuevos productos de lugares lejanos. La era de la máquina recién comenzaba. Precisamente en ese mismo año, 1776, se asiste al descubrimiento de la máquina de vapor por James Watt. El progreso de la fuerza motriz daría lugar propiamente a la fábrica y la potenciación del trabajo humano.

Capital industrial

Los finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, que corresponden al  período denominado Primera Revolución Industrial, fueron  vistos por sus contemporáneos como la era del maquinismo. Su desarrollo fue percibido como una creciente sustitución de la mano de obra por artefactos mecánicos. Los reclamos obreros de la época apuntaban contra el uso de las máquinas y su acción contestataria consistió muchas veces en intentar su destrucción.
El análisis de Karl Marx en El Capital pone el acento en el crecimiento del capital industrial como expansión del uso y poder de las máquinas que sustituyen la utilización de la mano de obra, con el consiguiente  crecimiento del ejército industrial de reserva y el  progresivo empobrecimiento del proletariado. Las ecuaciones marxistas de reproducción simple y reproducción ampliada no dan cabida al progreso técnico, que permite con los mismos recursos obtener mejores resultados. Ha de tenerse en cuenta, que,  el período de progreso tecnológico no había despegado cuando Marx escribe,  y que las condiciones de vida obrera en las primeras décadas del siglo XIX fueron especialmente duras. El Manifiesto Comunista data precisamente de 1848 y refleja esa percepción apasionada de las malas condiciones de la vida obrera de los comienzos del XIX.
De todos modos, la importancia de la acumulación de capital físico como fuente de crecimiento y desarrollo ha sido mencionada desde entonces como factor ineludible de progreso, como cauce insustituible del avance técnico  y como determinante de racionalización de la vida económica al exigir un ahorro, una abstención del consumo presente, como forma de aspirar a mejores niveles de vida en el futuro.

Progreso técnico

El progreso de la química, el descubrimiento de nuevas formas de energía y la aplicación más sistemática de los descubrimientos científicos a la producción de bienes, esto es, el desarrollo de la tecnología a partir de las últimas décadas del siglo XIX, sientan las bases de los revolucionarios cambios en las formas de vida que caracterizan el siglo XX. El enorme cambio en las formas del transporte y de la comunicación comienza a unificar el mundo de un modo no conocido previamente.
Cuando a fines del siglo XIX se produce una mejora en los niveles de vida obrera de los países más avanzados, la tesis sobre el imperialismo –como prolongación del pensamiento marxista -, explica tal mejora como el traslado de las contradicciones de los países capitalistas hacia las colonias. La mejora de las condiciones de la vida obrera se explica, según esa tesis, por la succión de recursos desde las colonias hacia los países industriales imperialistas. De este modo se intenta explicar el no cumplimiento de las predicciones de Marx sobre el creciente empobrecimiento del proletariado.
Esta interpretación de la fase imperialista del capitalismo surge en momentos en que la exacerbación de los nacionalismos lleva a las grandes potencias europeas a un reparto geográfico de Africa y Asia, que muestra una nueva dimensión mundial del poder político. Y de ahí resulta el atractivo de las tesis imperialistas. Sin embargo, las últimas décadas del siglo XIX muestran un despertar económico en muchas regiones hasta entonces atrasadas. Una muestra elocuente es el espectacular progreso del área rioplatense al impulso del comercio de carnes,  lanas y granos, de la mano de la prodigiosa expansión de las líneas de ferrocarriles por todo el mundo y de las mejoras en el transporte marítimo. Sin duda el progreso técnico comenzaba a incidir fuertemente en la evolución económica mundial y constituyó una fase beneficiosa de un proceso de globalización que, como ya mencionamos, toma fuerza a partir del siglo XVI.

Los estudios de Solow sobre el crecimiento

Un intento importante de explicación estadística de las fuentes del crecimiento se debe al Premio Nobel Robert Solow[5].  Este autor desarrolló un marco de referencia contable para medir la importancia relativa de los principales factores del crecimiento económico. Sus estudios iniciales se refirieron a la realidad norteamericana durante el período 1909-1949. La función de producción, que sometió a verificación estadística,  intenta explicar la evolución de la producción total norteamericana a partir de dos factores productivos, trabajo y capital, y del estado de la tecnología. Los tres primeros datos – producción, capital y trabajadores- podían ser obtenidos a partir de estadísticas disponibles. El estado de la tecnología no es observable directamente y su importancia la da el residuo de Solow, es decir, el crecimiento del producto que no es explicado ni por el crecimiento del número de trabajadores ni por el crecimiento del volumen de capital.
Su punto de partida fue obtener las series del PBI por hora hombre, del capital por hora hombre y los datos acerca de la participación de la inversión  en el ingreso. Las conclusiones fueron sorprendentes: sólo el 12% de crecimiento era explicado por el aumento de la dotación de capital por trabajador, el resto (88%) era lo que denominó el residuo tecnológico. El trabajo humano, para igual volumen de inversión o capital, era cada vez más eficaz, más productivo.
Se ha seguido avanzando en esa investigación, ya que obviamente, el trabajador de principios del siglo XX no era el mismo que el de 1950.  Denison demuestra que la educación juega un papel cuantitativo importante como explicación del aumento del producto por trabajador. Eso apunta a la importancia de la inversión en capital humano como fuente de crecimiento[6]. Surge así la evidencia acerca de la importancia de la capacitación de la mano de obra para explicar el progreso económico.

Capital humano

Se suele considerar que el capital humano incluye las condiciones de salud y fortaleza física de las personas, así como las “cualificaciones y los conocimientos encerrados en la mente y las manos de la población”[7]. Si bien los estudios sobre la importancia de la formación profesional y la educación formal para el desempeño económico de las sociedades se inician tardíamente, es evidente que la importancia práctica del conocimiento como fuente de crecimiento fue reconocida con anterioridad.
La definición mencionada de capital humano es correcta pero insuficiente. Se limita a los aspectos de la educación que incluyen las  habilidades operativas  y los conocimientos técnicos. No presta atención a hábitos como la laboriosidad y las aptitudes para el trabajo en equipo que juegan un papel importante en el rendimiento del trabajo humano. En la explicación del fuerte crecimiento de China en las últimas décadas juega un rol preponderante la laboriosidad y la disciplina social de su población. La extraordinaria perfomance de la economía de ese país contrasta con la parsimonia latinoamericana y las diferencias entre ambas se explican en buena medida por la idiosincracia de las respectivas poblaciones[8].
El profesor Gary Becker, premio Nobel de Economía 1992, fue pionero en las investigaciones sobre capital humano. En la conferencia que pronunció en la Universidad de Montevideo el 16 de noviembre de 2002[9], puso el acento en el papel de la familia sobre la formación del capital humano. Afirmó en esa ocasión:  “La familia juega un rol importante en la enseñanza de los niños, en la inversión en capital humano de los niños, los cuales son cruciales para un óptimo desarrollo. Cuando hablo de inversiones, me refiero al capital humano.... La familia contribuye mayoritariamente a la inversión en el capital humano de los niños. No es la única fuente –ya hablaré enseguida de las escuelas que son claramente muy importantes también- pero la familia es crucial ... Nosotros sabemos que la familia es  muy cuidadosa y dedicada, la  madre en particular y los padres en general. Son ellos los que invierten en la adaptación de los hijos a la sociedad, les enseñan el lenguaje, las habilidades, les trasmiten los valores, la diferencia entre el bien y el mal, los valores éticos del pueblo”.
El acento puesto por el Profesor Becker en este aspecto del capital humano nos introduce con facilidad en la noción de capital social. El capital humano es aquí más bien una preparación para la vida en sociedad, redunda en un mejor funcionamiento de toda la vida social y favorece e impulsa los emprendimientos colectivos; todo esto, más allá de los beneficios individuales que le reporte a cada persona una mejor  cualificación profesional y una mayor habilidad para sacar provecho individual de la vida social.

El olvido del capital empresarial

El capital social y el capital empresarial como fuentes de crecimiento han recibido atención tardíamente. El descubrimiento de la importancia del management para el crecimiento económico, de cara a propuestas de política económica, data de la última posguerra. Si bien la Escuela de Administración de Negocios de Harvard inicia sus actividades en 1908,  se ha de destacar que en 1950, cuando el Banco Mundial comienza a prestar dinero para impulsar el desarrollo económico, la palabra management no figuraba en su vocabulario[10]. El acento de las enseñanzas de la pionera Escuela de Negocios estaba puesto en desarrollar las técnicas para mejorar el rendimiento de las empresas de negocios y aumentar las ganancias. La relevancia social de la actividad empresaria, cara al progreso económico y social, no era aun suficientemente percibida[11].
La importancia de la innovación como explicación básica del desenvolvimiento económico remite a Joseph Schumpeter y la noción de ‘creación destructiva’[12]. Los cambios que introduce el empresario innovador abarcan la búsqueda de nuevos mercados, el desarrollo de nuevos productos, la introducción de nuevos procesos productivos, la aplicación de cambios tecnológicos derivados de descubrimientos científicos, así como nuevos métodos de gestión y organización. Sin duda, tal innovación plantea un panorama amplio y profundo de la importancia del empresario en el desarrollo económico. Resulta claro que, a igualdad de mano de obra técnicamente preparada y de similar disponibilidad de recursos naturales y  capacidad de inversión en capital industrial, la evolución de las sociedades puede ser muy dispar según la dotación de un empresariado innovador. Este enfoque permite afirmar que, además de los recursos tradicionalmente reconocidos de la tierra, el trabajo y el capital puede hablarse del management o espíritu emprendedor como factor de producción, como fuente de crecimiento. Su existencia en una sociedad, su ‘stock’, puede ser calificado de capital empresarial, un activo que significa riqueza y capacidad de producir abundantes frutos.
Es indudable que la medición estadística del stock de capital empresarial es difícil. Y que las consiguientes conclusiones econométricas sobre su importancia, que permiten arribar a las conclusiones de la economía científica, son esquivas. Pero esta dificultad no puede justificar que se cierre los ojos a su gravitación en el crecimiento económico. Hasta hoy, su importancia ha sido resaltada en los planteos de la política económica pero no encuentra suficiente lugar en los estudios de la economía pura.

Las razones del olvido

Se pueden mencionar dos razones para ese olvido. La dificultad de medición cuantitativa[13] de esa capacidad humana y la dificultad mental para superar la noción de homo oeconomicus. Comencemos por la segunda.
El hombre económico es  un ser racional,  maximizador de beneficios y satisfacciones, atributos que le son connaturales y que están siempre presentes en todo espacio y tiempo. Negar estas características a los agentes económicos destruye el fundamento formal de lo que se denomina economía pura o científica. Reconocer que las aptitudes empresariales pueden estar más o menos presentes en diferentes culturas y que pueden ser educadas, cierra el camino a una economía verdaderamente científica, tal como ha sido concebida en buena parte de la tradición académica. Este problema remite a la insuficiencia de una sociología que sirva de marco a los estudios económicos, la que se debe a la juventud relativa de esta disciplina y a su insuficiente diálogo con la antropología filosófica.
La dificultad para medir el capital empresarial  y su consiguiente inclusión en las teorías económicas, hunde sus raíces en la concepción de ciencia económica tal como se inicia a fines del siglo del siglo XVIII, con Adam Smith[14]. Los éxitos prodigiosos de la ciencia física, desde la segunda mitad del siglo XVII,  a partir sobre todo de los descubrimiento y métodos aplicados por Newton (1642-1727),  favorecieron el intento de trasladar integralmente sus métodos al estudio de la vida social, así como considerar con rango científico lo cuantificable. Así como la fuerza de la gravedad fue el núcleo central del mundo físico y sus equilibrios,  la permanente búsqueda  del bien propio, en forma egoísta e implícitamente excluyente del bien de otros, fue considerada la fuente del dinamismo social. De la misma manera que la fuerza de gravedad de cada cuerpo celeste confluye en los maravillosos equilibrios cósmicos, así también la naturaleza ha dispuesto que la expansión del interés individual como única guía de conducta confluya en dinámica armonía social, como si fuera guiada por una ‘mano invisible’.
No puede entenderse este rasgo de la economía naciente sin referirse a las características de la filosofía política de los dos siglos precedentes. El individualismo filosófico, que desatendió la importancia constitutiva de la dimensión social del hombre, toma cuerpo en la era moderna y tiene consecuencias éticas, políticas y económicas.  Sus fuentes doctrinarias pueden  buscarse en definitiva en el nominalismo de Ockham[15], el ‘egoísmo universal’ de Maquiavelo[16] y el  pesimismo antropológico de Lutero[17].
Este egoísmo individual como móvil preponderante de la conducta es  aplicado a la filosofía política, inicialmente por  Hobbes (1588-1679)  y por Locke (1632-1704) , quienes explican el surgimiento de la vida social y política a través del contrato social. El estado natural de hombre es el del individuo sin nexos ni compromisos, movido ya sea por su afán de poder y las consiguientes guerras en el caso de Hobbes, como movido por su pacífico egoísmo lleno de miedos e incertidumbre, en el caso de Locke. Ambos arriban a la conclusión de que por necesidad o conveniencia, los individuos necesitan de un contrato para vivir en sociedad, equilibrando intereses y ambiciones en el caso de Hobbes, o asegurando el disfrute de la propiedad en el caso de Locke. Los móviles predominantes son la búsqueda de la seguridad o comodidad por parte de cada individuo. Estas bases filosóficas cuajan luego en las formas del liberalismo político.
Jeremy Bentham (1748-1832), y su discípulo James Mill (1773-1836), ambos representantes del liberalismo clásico, empapado ya del utilitarismo  iniciado con David Hume (1711-1776), derivan sus propuestas liberales,  partiendo del presupuesto de que los gobernantes buscan su propio provecho.
 “Siendo necesario el gobierno para regular y moderar el ilimitado deseo de propiedad de los individuos, que sin él tendería al conflicto, (la existencia del gobierno) presenta, a su vez, el peligro de que los gobernantes, por su propio deseo de propiedad, y con un mayor poder, abusen de éste, en beneficio propio, produciendo dolor o privación de placer en los gobernados. La solución que James Mill da a este problema es la de hacer que el interés de los gobernantes coincida con el de los gobernados, lo cual sólo podría conseguirse plenamente en un régimen de democracia directa en el que el gobierno estuviera constituido por todos los ciudadanos. Siendo esto una imposibilidad práctica, habrá que contentarse con una democracia representativa en la que sean electores todos los varones adultos, y en la que,  mediante elecciones frecuentes, los que gobiernan durante un período puedan dejar de hacerlo en el próximo, convirtiéndose en ciudadanos normales. De esta forma quedará asegurada la adecuada disposición del gobierno para tener satisfechos a los ciudadanos y conservar así sus cargos públicos”[18].
Lejanos quedan los tiempos de la polis griega, en los que el bien era  guía de la conducta política y se consideraba la anteposición del interés individual sobre el bien ciudadano como una patología ética. La necesaria sensatez de tomar en cuenta, en todo diseño institucional de la vida política, la posibilidad de que los individuos busquen el bien individual sin consideración alguna hacia el bien social, se eleva a rango constitutivo de la naturaleza humana. No cabe entonces un juicio ético sobre esas conductas, ya que se considera que la búsqueda del interés del gobernante es su móvil natural. Los problemas derivados de corrupción política son considerados un error de diseño institucional o debidos a una insuficiente transparencia. Los políticos serían peones cuyos movimientos obedecen a impulsos telúricos e incontrolables de maximizar su placer y minimizar el dolor, según el lenguaje propio de los utilitaristas. Ya no es relevante el juicio sobre la conducta si ha sido buena o mala, éticamente correcta o incorrecta.
El individualismo da origen al contrato social como fuente de la convivencia entre los hombres y los estudios de la política se centran en el diseño institucional de las estructuras del Estado  y en el ordenamiento jurídico positivo.
A su vez, el individualismo de la concepción moderna origina el liberalismo económico, que transforma al mercado en un mecanismo impersonal de relaciones sociales. Los precios son la objetivación social de las preferencias individuales. Ningún precio podrá ser llamado abusivo, ya que es un dato social, no es asignable a decisión personal alguna. Y se completa el análisis con la representación matemática de un mercado con un número infinito de concurrentes, sin trabas estatales innecesarias, que por si mismo armoniza las conductas e intereses individuales, como “si fueran guiados por una mano invisible”. Este modelo matemático da origen a una situación social que se denomina óptimo paretiano[19], según el cual, nada se puede hacer para mejorar la situación de una persona sin empeorar la de otra, cuando se dan los postulados de la competencia perfecta. Más allá de consideraciones sobre justicia social, este enfoque adolece de graves insuficiencias en el estudio de la realidad de la vida económica, donde los fenómenos de cooperación social constituyen la clave que permite explicar  el progreso económico[20].

El redescubrimiento del bien común

Desde muy pronto los excesos doctrinales y prácticos del liberalismo engendraron respuestas que, por la propia lógica de los procesos pendulares en la historia, pusieron el acento en la importancia de la vida social, en las sociedades y las clases sociales, en las naciones, al alto precio, en el caso del llamado socialismo científico, de prescindir de la dignidad de cada persona, de cada familia, fuente y destino de toda la vida social.
La respuesta por excelencia en el orden intelectual  fue asumida por Karl Marx. La versión práctica estuvo dada por los totalitarismos de cuño marxista, a partir del Revolución bolchevique de 1917, y por el nazismo. Recién en 1989 se cierra ese doloroso período de la humanidad, curiosamente 200 años después del estallido de la Revolución Francesa, cuna de los esfuerzos utópicos  por hacer vida de las concepciones abstractas, propias de laboratorio. Como ocurre tantas veces en la historia, los excesos de 1789 marcan a su vez una ruptura con el Antiguo Régimen y el inicio de la modernidad y del reclamo eficaz de los derechos individuales, así como la primera fase de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, de la que hoy disfrutamos.
La primera guerra mundial dio una primera gran lección y mostró el fracaso del liberalismo doctrinario. El optimismo del siglo XIX, con la ilimitada confianza en el progreso de las ciencias y de la riqueza, con el avance de un mundo internacional de respeto y equilibrios entre naciones y  una creciente división internacional del trabajo, sufrió un brusco quiebre en 1914.
En las últimas décadas del siglo XIX se asistió a una exacerbación de los nacionalismos que dio lugar a crecientes tensiones entre las grandes potencias para un efectivo reparto territorial de Asia y Africa, y culminó en una inesperada y sangrienta guerra. Esta no tenía precedentes en cuanto a su larga duración sin interrupciones, su encarnizamiento y el número de víctimas civiles y militares. Muchas formas literarias de la primera posguerra reflejan esa desazón  y ese período fue la cuna de los movimientos fascistas y neofascistas posteriores.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, se asiste a un redescubrimiento más profundo de los derechos humanos, a una mayor conciencia de los compromisos que engendran para todos los ciudadanos del mundo su defensa, así como a la necesidad de una promoción del desarrollo como requisito de la justicia y la paz mundial.
Además de la creación de la Organización de las Naciones Unidas y del Fondo Monetario Internacional, se crean diversos organismos multilaterales cuya finalidad es la promoción del desarrollo, mediante ayudas financieras y la aspiración a mejores posibilidades de comercio. No siempre han sido suficientemente eficaces, pero esas limitaciones ponen de manifiesto que hacer el bien a otros no es sólo un problema de opción intelectual sino que importa siempre un esfuerzo, el sacrificio de intereses individuales o nacionales, al menos de corto plazo. Sin duda es más sencillo para las naciones desarrolladas enviar remesas de dinero que facilitar el ingreso en sus mercados de los productos de los países subdesarrollados. Pero existe una creciente conciencia de estas hipocresías.
El progresivo desarrollo de los enunciados de la tercera generación de derechos humanos muestra claramente el redescubrimiento de la noción de bien común, superando así la noción inicial de los derechos humanos, que ilusoriamente pasaba por alto los deberes consiguientes.
En una primera etapa, los derechos humanos tales como fueron planteados en la Declaración de 1791 durante la Revolución Francesa, atienden a la protección de las libertades civiles. Superar el Antiguo Régimen significaba excluir la arbitrariedad del soberano y asegurar que cada ciudadano podía circular, opinar y asociarse libremente.
Un segunda generación de derechos humanos que se va gestando durante el siglo XIX y se afianza a comienzos del siglo XX,  refiere a los derechos políticos. Los ciudadanos por su condición de tales han de tener derecho efectivo a elegir autoridades, a ser electos y a intervenir activamente en la gestión de la cosa pública.
Finalmente, a partir de la culminación de la Segunda Guerra Mundial aparece diversas profundizaciones en la concepción y enunciado de los derechos humanos. Queremos referirnos a los derechos de la denominada tercera generación, que se refiere a los aspectos económicos y sociales, tales como educación, trabajo, protección de la vejez, acceso a la cultura, posibilidades materiales de formar una familia digna, y otra larga serie de fundadas aspiraciones que se  corresponden con la dignidad humana.
Esta profundización en las exigencias de la dignidad humana nos lleva a plantear la importancia capital de una configuración y desarrollo de la vida social que permita que cada uno, a través del esfuerzo que le permitan sus  cualidades y circunstancias, vaya madurando humanamente y realizándose más plenamente como persona. Estas exigencias nos remiten a la noción de bien común.
Nadie puede sensatamente considerar que un enunciado tan vasto de aspiraciones pueda ser exigido formalmente al Estado. Es un reclamo moral o programático, que resalta la conciencia de la dependencia de cada uno de los miembros de la sociedad respecto de las demás personas e instituciones. Estos derechos comportan las correspondientes obligaciones por parte de los demás ciudadanos, según sus circunstancias y cualidades, y la respuesta que se da a esas exigencias de los conciudadanos muestra su propia estatura moral. No puede hablarse de un mundo mejor para cada hombre a partir de una vida en solitario, y no puede hablarse de una vida social armoniosa, pacífica y plenificadora a partir de la capacidad de exigir ante los tribunales estatales la satisfacción de las legítimas aspiraciones mencionadas. El bien común, ese conjunto de condiciones y situaciones que permite que los hombres puedan realizarse como tales, exige respuestas cívicas libres, tanto a nivel personal como de todas las instituciones sociales.
Hay conciencia de que el Estado del Bienestar se ha agotado. Se percibe con claridad creciente que los derechos humanos sociales y económicos no puedan ser exigidos a los Estados, si se observa el deterioro social fruto de la burocratización y la presencia de crecientes problemas presupuestales en todo el mundo. Más importante aun, es la percepción moderna de que la dignidad humana se despliega sobre todo en la capacidad personal de contribuir al bien común, de asumir el compromiso de vivir en sociedad, de responder personalmente a las necesidades de otros individuos, de profundizar libremente en el diálogo personal y social.
Un cambio cultural significativo de los últimos treinta años es la  creciente preocupación por la ecología, que implica una gama muy amplia de problemas. Estos  se extienden desde el interés por la contaminación acústica de las ciudades, la contaminación de ríos y arroyos, el recalentamiento de la tierra, hasta la preservación de los recursos materiales hoy imprescindibles para la vida, recursos de los que quizá las generaciones futuras no dispongan en  cantidades suficientes.
De este modo, la responsabilidad de la generaciones actuales por las futuras ha crecido, y se intenta tomar las medidas correspondientes a esta mayor conciencia pública. Somos capaces hoy, de advertir que estamos frente a un deber, a una obligación de solidaridad con los que aun no han llegado a la existencia,  y que enfrentarán unos problemas que no son motivo de preocupación para quienes habitan la tierra en el presente. Esta responsabilidad intergeneracional alcanza una dimensión internacional y desborda la tradicional preocupación en el ámbito de la familia por los hijos y los nietos.

Negligencia de los economistas

Es imprescindible buscar las razones por las que la mayoría de los economistas parecen permanecer intelectualmente ciegos a las preocupaciones de la humanidad actual. Los planteos más habituales centran exclusivamente su interés en las necesidades de la inversión y el consiguiente  cuidado por las inversiones de las grandes compañías. Se pone el acento en el respeto de las leyes que se han dado las empresas a si mismas a través de contratos libremente firmados y a la libre circulación de capitales por todo el mundo, sin restricciones ni impuestos para no alterar la eficiente asignación de recursos a nivel mundial. En estas propuestas, late la convicción de que, si el diseño inicial de las instituciones es el adecuado, el bienestar social y económico es una consecuencia necesaria. Todo intento de acelerar o perfilar la evolución desemboca en una interferencia perjudicial[21].
Nadie es capaz de negar la importancia de la libre movilidad de los capitales y del respeto de los derechos de la inversión extranjera, de la necesidad de la continuidad de las reglas de juego de toda economía y de los equilibrios fiscal y monetario, como imprescindibles  para contribuir al crecimiento económico mundial. Pero sorprende el sesgo de los análisis. Es pobre la insistencia académica en la absurda asimetría en la circulación mundial de los bienes en el comercio internacional, por la que se frena el acceso a los mercados de países desarrollados por parte de los países más pobres. A pocos escandaliza, que centenares de miles de millones de dólares sean dedicados en Estados Unidos de Norteamérica y Europa a los subsidios agrícolas, cercenando así las posibilidades de una globalización comercial a la que los países del tercer mundo podrían incorporarse más eficazmente. Por el contrario, buena parte de los países subdesarrollados han perdido sistemáticamente en las últimas décadas posiciones relativas.
Tampoco ha de dejar de mencionarse, si deseamos continuar razonando en términos exclusivamente económicos, las limitaciones existentes a la libre circulación de personas, que permitirían en forma más rápida una mejoría en la condiciones de vida del tercer mundo. Y no solo para los emigrantes que se  incorporan a los mercados de trabajo en los países desarrollados, sino para sus familias en los países de origen, ya que las estadísticas mundiales muestran la importancia de la solidaridad de los emigrantes. El Banco Mundial ha estimado que las remesas enviadas a sus países por quienes han tenido que emigrar por razones económicas,  superan ya los  100 mil millones de dólares.
Si por un instante volvieran a la existencia Adam Smith y David Ricardo tildarían seguramente como parcial la libertad económica que hoy se defiende. Porque sin duda se defienden libertades parciales. No podemos olvidar que, las enormes migraciones del siglo XIX y la libertad del comercio agrícola sentaron las bases, no solo del progreso de los países periféricos sino que constituyeron la tabla de salvación de muchos países de Europa depauperados por las guerras civiles, los conflictos políticos y religiosos y los desequilibrios sociales de la Revolución Industrial en la Europa del Sur.
Sería muy sencillo, pero falso, asignar intenciones perversas a esas negligencias de una parte significativa de la academia económica, si bien pueden amparar en muchos casos cierta comodidad y la justificación de conductas que prescinden de las necesidades perentorias y urgentes de otros ciudadanos del mundo. Es comprensible que, una postura intelectual que justifique la ausencia de responsabilidades personales o la de los países más desarrollados, atribuyendo además a las intervenciones consecuencias malsanas, dé pie a una pacífica comodidad[22].
Entiendo que, en muchos casos, la razón de esa negligencia se funda en una preferencia excesiva en los análisis económicos por los métodos matemáticos. Estas construcciones lógicas tienen el enorme atractivo de su coherencia interna, al punto de que pierde importancia su correspondencia  con los fenómenos reales. Toda construcción lógica es un desarrollo intelectual que se elabora a partir de ciertos postulados básicos. Hay casos en que el encanto por el modelo elaborado, al chocar con la ausencia de vínculos de sus postulados con la vida real, lleva a pensar que se ha de modificar la realidad. De ese modo, los postulados de la construcción llegarían a ser  reales y los modelos representarían perfectamente la realidad.
Parece imprescindible la pluralidad metodológica para el progreso de la ciencia económica, de modo de conjugar sus dimensiones teórica y práctica[23]. Unas palabras de Lionel Robbins, catedrático de la London School of Economics durante más de treinta años, ilustran claramente esta necesidad: “Debemos estar preparados para estudiar no solo los principios económicos y la economía aplicada; debemos estar preparados para estudiar también muchas otras disciplinas. Debemos estudiar filosofía política. Debemos estudiar administración pública. Debemos estudiar derecho. Debemos estudiar historia, la cual, aunque no da reglas para la acción, dilata nuestro espectro de posibilidades. Debería afirmar, además, que también debemos estudiar las obras clásicas de literatura, preciosa herencia en la que se expresan las mejores experiencias y aspiraciones de la raza; un hombre puede aprender más cosas relevantes al estudio de la sociedad de los grandes dramaturgos y novelistas que de cien libros de psicología, por más valiosos que ellos sean a veces”[24].
 Al analizar más adelante el núcleo de la economía hoy ortodoxa - el modelo neoclásico del equilibrio general -, veremos que la multiplicidad infinita de los actores en todos los mercados y la naturaleza estocástica de los contactos entre los actores, corresponden a un sector relativamente limitado de la vida económica real.
 No se puede olvidar, además, que siempre cuesta ir contra corriente. Los principales centros académicos nutren de investigadores y directivos a las principales organizaciones económicas internacionales, así como a los organismos multilaterales de crédito. A su vez, esos organismos económicos rigen la ayuda a los países menos desarrollados, aquejados ya de cuantiosas deudas. Más aun, las fuentes de empleo para muchos economistas están en las diversas oficinas de esos organismos o en las dependencias estatales de los países subdesarrollados, que deben mantener un diálogo eficaz con los organismos internacionales. La expresión “Consenso de Washington”[25] refleja esta realidad y la dificultad para un pensamiento económico más independiente. Se podría decir que ninguna de las afirmaciones del Consenso de Washington es errónea, pero son muchas las cosas que olvida más o menos conscientemente,  o que menosprecia o no toma en cuenta[26].

El contrato social según los economistas

La falta de diálogo con la sociología y la antropología social no solo ha redundado en una insuficiencia de la investigación económica, sino que ha generado algunas formas de totalitarismos culturales en algunos economistas. Paradójicamente, si bien se atribuye y con razón a Marx un intento de explicación de los fenómenos sociales, políticos, culturales y religiosos, a partir de los hechos económicos, es decir, de la evolución de las fuerzas productivas, algo similar ocurre hoy con ciertos análisis.
La estatura intelectual y moral del Premio Nobel Frederik Von Hayek, crece sin duda conforme pasa el tiempo. Su clara respuesta, casi en solitario en el ambiente académico, a los constructivismos sociales que diversos totalitarismos llevaron adelante durante buena parte del siglo XX, hace difícil criticar algunos aspectos de su pensamiento o al menos de las interpretaciones de que ha sido objeto. Pero se puede afirmar que peca de optimismo respecto de las virtualidades de la libertad, entendida como espontaneidad; una espontaneidad de algún modo regida por leyes similares a las estudiadas en la biología. De ahí, que algunos autores califiquen sus estudios sobre las instituciones, la economía y el derecho, como neoinstitucionalismo evolucionista. “Von Hayek hizo expresa referencia a la tradición filosófica escocesa del siglo XVIII, proponiéndose a sí mismo como intérprete y seguidor; el llegó así a la formulación de una especie de ‘propuesta de mano invisible generalizada’. El argumento central es que, no sólo en el campo de la acción económica, sino en el amplio espectro de la acción social, la libre interacción entre individuos desarrolla reglas de comportamiento y mecanismos institucionales que conducen a la obtención del orden político y el progreso económico de la sociedad”[27].
    De modo similar, la lectura de la brillante y clara obra de Douglass C. North, sobre las instituciones, el cambio institucional y el desempeño económico[28], sugiere al lector  la necesidad de un diálogo más profundo de los economistas con la antropología filosófica y cultural y con la historia. Quizá la insuficiencia no se deba a los economistas. El enorme desarrollo del  pensamiento económico no ha sido acompañado por la suficiente apertura de la historia de la cultura a los hechos económicos. También es reciente el renacer de la filosofía práctica, del interés filosófico por la acción humana, en muchos casos de la mano del retorno a Aristóteles[29].
Asimismo, se asiste a un enorme desarrollo de la teoría de los juegos, con profusa utilización de lenguaje matemático, para intentar explicar en muchos casos cómo es posible la cooperación social y el cumplimiento de las reglas de la vida social, en el supuesto de que todos los individuos buscan siempre su propio beneficio, sin consideración expresa del posible bien de los demás o de la sociedad como móviles de conducta[30]. Constituyen planteos muy similares, a los realizados por Hobbes y Locke, salvo en el uso de algunos términos que no corresponden a esa época.

Los olvidos de los economistas

El núcleo fuerte del pensamiento económico académico ortodoxo está constituido por la síntesis neoclásica, centrada en la racionalidad instrumental de los agentes, la competencia perfecta , el equilibrio general y el óptimo  paretiano[31].
La formulación matemática de una serie de ecuaciones que reproducen simplificadamente todo el sistema económico, tiene una brillantez que sin duda produce embelesamiento, y alcanza su clímax en los años cincuenta  cuando Debreu demuestra las condiciones matemáticas básicas que se exigen para que tenga lugar el equilibrio de todo el sistema[32].
  Pareto demostró que, en condiciones de competencia perfecta, tenía lugar un óptimo. Esto significaba que ningún consumidor podía obtener una mejoría de sus satisfacciones sin perjudicar a otro miembro de la sociedad. De igual forma, ninguna empresa podía mejorar sus beneficios, sin dañar el beneficio de otra. Todas estas afirmaciones suponen una asignación inicial dada de recursos a todos los agentes económicos. Toda injerencia en el funcionamiento del mercado significaba alterar su eficiencia. No se negaba que las asignaciones iniciales pudieran ser muy dispares o injustas. Pero era seguramente inconveniente toda alteración de la libertad de funcionamiento de los mercados. Técnicamente, la alternativa era redistribuir la riqueza inicial entre todos los agentes , riqueza consistente en dotes naturales, recursos económicos, formativos y en educación. Sin duda una revolución, cuya sola  posibilidad aterra por utópica.
  Mencionaremos algunas de las características del modelo económico que nos interesa para las consideraciones que siguen. Por una parte, un infinito número de actores que se relacionan estocásticamente en el mercado, con nula probabilidad de reencuentro. Este tipo de mercado se da en el intercambio de productos finales de consumo, propiamente los que se encuentran en un supermercado. No es una aproximación a la realidad de las relaciones entre las empresas, ni tampoco a las empresas mismas. El grueso del valor económico se genera en las empresas donde confluyen durante muchas horas las mismas personas, individuos que conviven durante años. De modo similar, un factor clave del buen funcionamiento económico de una sociedad está dado por los eslabonamientos empresariales, es decir, las relaciones de cada empresa con sus proveedores y abastecedores, así como con los canales de distribución. El creciente desarrollo de la “Economía de la Organización” comienza a dar cuenta de este campo de la actividad económica.
Más importante para nuestro propósito, es destacar que el modelo neoclásico parte de un absoluto individualismo entre las consecuencias económicas de las acciones de cada actor económico. Se supone que toda acción implica un costo o una disminución de satisfacción, que recae exclusivamente sobre el propio agente. Del mismo modo, cada agente económico es quien recoge todos los beneficios derivados de su actividad económica. Este supuesto permite concluir que la suma de los beneficios individuales constituye el grado del bienestar social. Si cada individuo maximiza su bienestar individual, maximizamos el bienestar colectivo. Sin embargo, el fenómeno denominado externalidades, sobre el que abundaremos, es de una importancia capital. Es decir, cuando se lleva adelante una actividad se afecta favorable o desfavorablemente a otros, ocasionando daños por los que no se paga y beneficios por los que no se cobra: externalidades negativas y externalidades positivas.
Es información reiterada en la prensa la referencia a la contaminación ambiental. Si una empresa contamina el agua de un río con sus residuos produce un daño a sus vecinos por el que no paga. Genera un costo por el que no paga. En otras palabras, no todos los costos en que incurre la empresa son privados. Puede producir un daño a los vecinos que no se toma en cuenta a la hora de evaluar sus costos y decidir su actividad. En estos casos, la suma de las racionalidades individuales y sus ajustados cálculos no da lugar a una armonía social, en términos de racionalidad u óptimo social.
Quienes se apegan al mercado como única fuente de asignación de recursos afirman que, en los casos de externalidades negativas, si los derechos de propiedad están bien definidos y no hay costos de transacción, se alcanzan soluciones óptimas[33]. Sería posible que los vecinos se pusieran de acuerdo con la empresa y llegaran a un acuerdo que beneficiara a ambos. El supuesto más fuerte es la ausencia de costos de transacción o negociación. La complejidad creciente de la vida social y el creciente número de actores en cada instancia social, no permiten construir sobre ese supuesto. Si a las peculiaridades temperamentales, se agrega una exacerbación de los derechos individuales, con escasa atención a los deberes personales, los costos de transacción llegan a ser muy altos.
La clave para que los modelos de competencia perfecta funcionen eficazmente, es que cada agente tome en cuenta todos los costos y beneficios de su decisión. En esas situaciones, la suma de los beneficios individuales da lugar al total del beneficio social.  Suele considerarse que todos los costos y beneficios son privados. La tendencia de la literatura económica es a reconocer la existencia de externalidades negativas, como es el caso de la contaminación. Su solución suele ser o la prohibición de la actividad si la contaminación es muy grave, o el pago de un impuesto de modo que el Estado con el importe del mismo reembolse a los vecinos por el daño sufrido.
Sin embargo, lo más grave es olvidar la importancia de las externalidades positivas, fundamento económico de la cooperación y del desarrollo, lo que se alcanza a través de la apertura de nuevos mercados, de la difusión de los efectos de las mejoras tecnológicas y de la formación del capital humano. Aun hoy en los libros de texto se introduce el tema de las externalidades positivas, planteando los beneficios de la polinización que produce en una granja, la colmena del vecino. Un ejemplo trivial, aunque permite introducir el concepto.

Externalidades y crecimiento económico

Dice muy claramente Enrique Gagliardi refiriéndose a estos temas: “Los estudios más modernos del crecimiento económico sugieren que la acumulación de capital y la capacitación de la mano de obra tienen un alcance muy superior al que mide el modelo de Solow. La idea central que maneja estos estudios es que tanto la inversión en capital físico como la inversión en capital humano generan externalidades positivas. Eso significa que las inversiones no solamente incrementan la capacidad productiva del agente que las realiza, sino que también afectan de manera positiva la capacidad de generar producción y conocimientos por parte de otras empresas y otros trabajadores. Cuando una empresa asume un emprendimiento, otras empresas de la misma rama aprovechan el nuevo conocimiento, y se produce una difusión de las tecnologías y conocimientos a la largo y ancho de toda la sociedad, que va más allá de la esfera de la propia empresa que originalmente invierte”.
“Durante la década de los años 1980, los trabajos de los economistas como Robert Lucas, Paul Romer, Robert Barro y Xavier i Sala , han contribuido a revitalizar la teoría de crecimiento, cuyo desarrollo se había estancado durante la década anterior. Robert Lucas ha enfatizado la importancia de las inversiones en capital humano para explicar el crecimiento, en tanto Paul Romer ha sostenido que la verdadera contribución del capital físico al crecimiento del producto es mucho mayor de los que sugieren las mediciones tradicionales, si se toman en cuenta las externalidades positivas”[34].
La misma inversión física que incorpora nuevas tecnologías genera un aprendizaje en la empresa que la realiza, learning by doing, que tiende luego a propagarse por el resto de la economía como desbordamiento del conocimiento, knowledge spillovers[35]. Esta mejora en los rendimientos de otras empresas que no han pagado por ese progreso tecnológico es una manifestación de externalidades positivas, característico de un proceso de crecimiento dinámico.
Este desbordamiento se produce de muchas maneras. En muchos casos por imitación y copia, y en otros por natural circulación de personal operativo y directivo entre las empresas. Esta característica del capital humano hace que la falta de un espíritu cooperativo por parte de los empresarios perjudique al conjunto. Más aun, una mejora en la capacitación de las personas - que significa siempre un crecimiento personal y el aumento de sus ingresos - debe ser enfrentada en parte por las empresas como su contribución a la formación de un capital colectivo que es necesario desarrollar. Al actuar todos o una mayoría en el mismo sentido, se genera una sinergia provechosa. Este capital beneficiará a todos y se facilitará una actitud cooperativa. Las empresas así orientadas contribuirán a la formación del personal, evitando las nocivas consecuencias de una actitud de prevención excesiva de comportamientos oportunistas o parasitarios.
El liderazgo implica la capacidad de dar un primer paso, de iniciar un proceso de confianza derivada de la interacción positiva. Quien da el primer paso arriesga. Por eso, quien tiene prestigio tiene más posibilidades, y las consiguientes responsabilidades de iniciar los procesos que encaminen hacia  la unidad de la organización, tal como lo denominaba el profesor Pérez López [36].
“La beneficiosa dispersión del progreso tecnológico por toda la economía obedece al carácter no rival de la tecnología. Ésta, por su propia naturaleza,  puede ser usada por muchos a la vez sin mengua de su eficacia. Más aún, si la  experiencia es mayor se enriquece la virtualidad de la nueva tecnología. Buena parte del progreso tecnológico no es excluible (en el sentido que tiene la propiedad y uso de un objeto, como un lápiz, cuyo uso solo corresponde a una única persona en un mismo instante). Muchos aspectos del progreso tecnológico no se pueden asimilar a procesos mecánicos o químicos patentables, sino que implican formas de organización del trabajo, nuevos hábitos y conocimientos del personal directivo y del operativo. A veces, la empresa innovadora genera nuevas formas de distribución o de relacionamiento con clientes o proveedores, que pueden ser fácilmente imitables”[37].
Uno factor de progreso es, sin duda, el desarrollo y profundización de los mercados. Y es un aspecto importante de la generación de externalidades positivas de la actividad empresarial. Los mercados no surgen espontáneamente cuando hay oferentes y demandantes, ya que estos pueden  solo potencialmente. El desarrollo de un mercado lleva tiempo e implica un cúmulo de normas escritas y no escritas, formas de comportamiento y  conocimiento de los demás actores. Desarrollar un mercado tiene un costo para todos los actores iniciales, y una vez consolidado favorece a todos los actores que se incorporan. Una de las limitaciones de los países de menor desarrollo relativo es, precisamente, la inexistencia o el insuficiente desarrollo de los mercados, tanto en el comercio de bienes y servicios como en la movilización del capital. Los empresarios llegarían más lejos en su contribución al desarrollo si tomaran en cuenta esa tarea de inversión – para sí y para la economía en su conjunto -, que implica el desarrollo de los mercados. Es conveniente para el conjunto de empresarios del sector cooperar en el desarrollo de los mercados, porque se consiguen mejores resultados con un entorno favorable a los negocios y mercados más fluidos.
El esfuerzo y el tiempo que implica desarrollar un mercado puede advertirse en los mercados de crédito. Estos exigen por parte de los prestamistas no solo el estudio de proyectos, sino abundante información sobre la trayectoria personal de muchas personas, trayectoria que revela el carácter de las mismas y la cultura de sus empresas, su confiabilidad, su  respuesta comprobada ante las dificultades y su tenacidad. Un mercado maduro es un capital social y económico muy valioso, cuyo desarrollo exige tiempo e implica un conocimiento de las personas que no puede sustituirse con un estudio “técnico” de los proyectos. Este tipo de mercado  muestra  que, su existencia no es mero fruto de la presencia de agentes que quieran comprar un bien o servicio y de otros que los provean, sino que ha de ser desarrollado inteligentemente por estos agentes.
Merece una consideración especial la importancia del comercio exterior  para los países de menor desarrollo relativo. Estos se caracterizan por vender al exterior unos pocos productos, en general “commodities” con escaso valor agregado[38]. Los innovadores que dan a conocer no solo los productos del país sino al mismo país, asumen unos costos que beneficiarán a los imitadores. Este ejemplo pone de manifiesto un campo muy claro en el que la cooperación entre empresarios competidores implica no solo un beneficio o provecho directo para ellos, sino un beneficio colectivo que no puede incluir completamente en sus cálculos económicos.

Externalidades y capital social

La conciencia de que las buenas acciones individuales significan bienes para otros, de la misma manera que las acciones de los demás nos reportan beneficios, es la fuente material de la cooperación social. A nadie escapa que los maravillosos progresos de la Humanidad en todos los campos obedecen a una acumulación, desbordamiento y participación de avances y descubrimientos humanos en otras épocas o latitudes. Transformar esa conciencia en una vida social organizada es lo que constituye la civilización.
Pocos niegan la afirmación de los pensadores griegos de que el hombre es un ser social por naturaleza, un animal político. No es concebible el hombre fuera de su entorno social. Y es indudable que, dado que ningún hombre se puede desarrollar en solitario tanto desde el punto de vista  intelectual como en términos físicos y psíquicos, es también indudable la consecuencia: que existen obligaciones y deberes de los hombres entre sí, así como de la sociedad en su conjunto hacia los individuos. Siempre ha sido ejemplo paradigmático de esos deberes los que poseen los padres hacia los hijos y los que se tienen hacia los enfermos y los ancianos.
Las llamadas virtudes sociales, como el respeto mutuo, el cumplimiento de la palabra dada, la solidaridad, el sentido del trabajo profesional como un deber en el ámbito de la sociedad, tienen inexorablemente consecuencias económicas.
En todas estas elucubraciones sobre la importancia de los valores y las actitudes personales, subyace una experiencia muy común en la vida diaria y concretamente en la estudiantil. Me refiero al fenómeno del parásito o “free rider”. En todo grupo de estudio o constituido para un trabajo o una investigación –en la vida real todas las empresas son como  grupos de estudio- hay algunos que trabajan más y otros menos. Tener un buen grupo de estudio significa que todos trabajan fuerte y se complementan con sus capacidades y aptitudes. Cuando hay buenos grupos de estudio se rinde más. Algo similar ocurre en la vida económica.
Antropológicamente, el problema se plantea en los siguientes términos:  ¿cuáles son las fuentes de la cohesión o armonía social?. Sin duda, las leyes jurídicas que establece en una sociedad la autoridad legítima constituyen un marco básico; éste  tiene por finalidad  facilitar la vida social y castigar los más  graves incumplimientos. Siendo necesario el derecho, no es en modo alguno suficiente. Se suele afirmar que las virtudes de los ciudadanos, su facilidad  para comportarse bien y hacer el bien de modo habitual son la fuente o clave de la armonía social. El profesor Leonardo Polo afirma que la ética es el “conectivo”  social[39].
Del mismo modo, la economía de mercado constituye una lógica por la que  cada uno es respetado en función de su capacidad de llevar adelante actividades por las que obtiene de los demás un ingreso voluntario o por la riqueza que posea. En forma simplificada diríamos que el que no tiene dinero no tiene derechos. Es un lógica útil para impulsar a todos hacia el esfuerzo, evitando holgazanes y parásitos. Seguramente, también,  de ella se derive un  empeño y una actitud innovadora de los ciudadanos que redunda en progreso económico. Pero, es indudable que no es suficiente, y que son necesarias redes de seguridad. Más aun, el mismo funcionamiento eficaz del mercado, y los intercambios eficientes, se ven potenciados por las virtudes sociales de una sociedad. El resorte último de la armonía eficaz de la economía es también la ética, y, justamente, la constatación de esta realidad es lo que ha dado lugar a la noción de capital social.
Dicho en términos antropológicos, más que en el miedo al castigo y al hambre, se debe buscar  la raíz de la pacífica y fructífera vida social en el sentido de responsabilidad, en la conciencia de que se tienen compromisos, haciendo de su cumplimiento la fuente del desarrollo personal.
La fuente material de la existencia del capital social como factor de crecimiento económico radica en la existencia de las externalidades positivas. Es muy claro en este punto el profesor Dasgupta[40].
 Por estos motivos, la resistencia a comprender las responsabilidades sociales de la empresa implica cierto anacronismo. Un reciente editorial de “The Economist” es muy ilustrativo: “Hoy, a todas las compañías, especialmente las grandes, se les exige desde todos lados a preocuparse menos de los beneficios y ser en cambio socialmente responsables ... (Los abogados de la responsabilidad social corporativa argumentan) que la búsqueda del beneficio puede ser una lamentable necesidad en el mundo moderno, pero el problema es que los beneficios de la empresa privada van exclusivamente a los accionistas. ¿Quién se preocupa del bien común? ... (y responde el editorialista) Eso es equivocado. ...La búsqueda egoísta del propio beneficio sirve a los propósitos sociales. .... Hay mucho para decir sobre la responsabilidad de los gobiernos y su política social y económica. Ellos, en definitiva, deben responder ante sus electores. Los gerentes no tienen tiempo para tales emprendimientos[41]”.
Hay en las precedentes afirmaciones medias verdades y gruesas confusiones. Los hombres libres son responsables de sus actos. Los comportamientos de las empresas influyen en los niveles de vida, en el progreso tecnológico y social, en la vida diaria de los millones de personas que trabajan en ellas, condicionan fuertemente sus vidas y las de sus familias. Las empresas en un mundo libre tienen un influjo poderoso en la sociedad y son responsables de las consecuencias de sus actos. ¿No muestra la existencia de importantes externalidades que todo agente económico tiene el deber moral de mirar más allá de las consecuencias inmediatas que se traducen en ingreso o egreso de dinero?
Además, ¿es exclusivo de las empresas de negocios buscar beneficios? ¿Hay motivos que expliquen que esa motivación sea tan absorbente que no quede tiempo para otra preocupación? El beneficio es un excedente de los ingresos sobre los egresos. Sin él, no hay pagos a los accionistas y sobre todo no hay posibilidades de inversión, de crecimiento, de innovación tecnológica, en definitiva, de supervivencia de la empresa. Lo mismo ocurre con el creciente campo de las actividades del llamado sector social, o de las organizaciones sociales. Si los ingresos no exceden los egresos, las instituciones desaparecen. Si no se genera un excedente que permita invertir en capital físico y humano, en investigación, todas las actividades sin fines de lucro tienden a desaparecer.
Otro tanto ocurre con el Estado. Uno de los males contemporáneos es considerar que el Estado puede tener egresos superiores a sus ingresos. No es así, el Estado debe invertir y debe tener excedentes que den seguridad, como es el caso de la tenencia de reservas internacionales y la capacidad de desarrollar políticas anticíclicas.
¿Acaso sólo las empresas de negocios sufren la presión de la competencia, al punto que pierdan la energía suficiente para percibir las consecuencias de sus actos?
Todos los actores del sector social compiten sin duda por los aportes de los ciudadanos, porque proveen servicios que producen un beneficio que va más allá del usuario inmediato. Es necesario brindar un buen servicio, darlo a conocer, tener una buena imagen, conocer las técnicas del marketing. Son muchas las instituciones de este tipo y los donantes son siempre escasos. La presión de la competencia también actúa sobre este sector, y no hay motivos para que eso justifique una disminución de la calidad de su servicio, sino más bien lo contrario.
En este mismo escenario, compite el Estado por los fondos. En el mundo actual, democrático y con creciente demanda de transparencia, la potestad tributaria tiene sus límites y la pobreza de los servicios prestados pone mucha presión sobre los actores políticos, que huyen del escarnio público o simplemente de la no reelección.
La única diferencia entre estos tres sectores es que producen diferentes tipos de bienes, lo que implica además diferentes formas de financiarse. Las empresas de negocios producen bienes privados, y su venta en el mercado reporta ingresos a  la empresa . Cada cliente paga por lo que espera encontrar en el bien que compra. El consumo de los bienes privados produce externalidades que pueden menospreciarse. Pero la generación del valor por parte de la empresa implica en términos del entramado empresarial, de la formación del capital humano y social,  importantes consecuencias sobre la vida social y personal. Éstas no son suficientemente tomados en cuenta en los estrictos cálculos del mercado sobre costos y precios.
Las instituciones del sector social producen bienes sociales, comunes o semipúblicos. El pago obtenido por la venta de esos bienes, abonado por los usuarios directos, es insuficiente para financiar su producción en forma  sustentable. Así, la buena salud y un mejor nivel educativo no solo benefician a quienes disfrutan de esa situación, sino que reporta beneficios al entorno. Es difícil estar sano si hay una epidemia nacional. Más aún, una mejor formación profesional no solo proporciona mayores ingresos al que ha accedido a ese nivel, sino que trae ventajas para un mejor funcionamiento de las empresas y para el mismo crecimiento económico de la sociedad toda. Por eso se solicita ayudas y se compite por los fondos que los ciudadanos desean aportar para cubrir intereses como el progreso de la ciencia y el arte, el patrimonio artístico de un país, la educación y protección de los menos favorecidos por la naturaleza y la historia, la conservación y fortalecimiento de los valores éticos y espirituales, o el mismo desarrollo de los deportes.
El Estado produce bienes públicos, cuyo beneficio genera un impacto absolutamente colectivo, sin posibilidades de cobro individual alguno. El disfrute de la seguridad y de una buena administración de justicia, no puede ser financiado con pagos a cada beneficiario de un intervención policial o judicial. Por eso el financiamiento es compulsivo a través de impuestos. Y por eso cuando el sector social provee de servicios de una relevancia social muy marcada, el Estado aporta fondos o exonera parcialmente de impuestos a las donaciones que las empresas de negocios realizan a esos emprendimientos sociales.

Empresariado y capital social

Entendemos que una de las claves del capital social está constituida por las aptitudes y cualidades del empresariado. Una referencia a una concepción moderna de la empresa facilitará la comprensión de esta afirmación.
La función directiva abarca tres áreas de actividad: estratégica, ejecutiva y de liderazgo. Las actividades estratégicas que tienden “al logro de los buenos resultados en el plano de la eficacia de la organización, suponen  descubrir oportunidades en el entorno que permitan generar un alto valor agregado producido por las operaciones de la organización. Se trata de encontrar un producto vendible. Las oportunidades suelen estar ahí, no las crea el directivo. Sin embargo, el concebir una situación real, que todos estamos viendo como oportunidad, supone ver ciertos aspectos de la realidad que suelen pasar inadvertidos a la mayoría de las personas .... Vemos, pues, que un empresario estratega es aquella persona capaz de aprovechar las oportunidades que se dan en su entorno para hacer negocios. Normalmente decimos que esa persona es un buen negociante. Cualquier directivo de empresa debe poseer esa dimensión de estratega, al menos en un cierto grado.... El talante ejecutivo de un directivo implica la capacidad de descubrir los talentos y las habilidades de las personas que dirige. Para ello, es capaz de aprovechar el impulso que suponen las motivaciones internas de esas personas a través de un diseño de tareas que apele a ese plano de motivación... Llega a discernir capacidades potenciales para hacer cosas en personas que ignoran que las poseen, y es capaz de estructurar y repartir las tareas de modo tal que ese producto vendible sea también producible ...El talante ejecutivo entraña una extraordinaria habilidad para comunicar objetivos difíciles a gran número de individuos, e incluye una profunda percepción tanto de las debilidades como de los aspectos positivos de los seres humanos concretos. ... El directivo ejecutivo es capaz de conseguir logros significativos en esa dimensión de la organización que hemos llamado atractividad... El liderazgo de un directivo es lo que le impulsa a preocuparse no tan sólo de que se hagan ciertas cosas que convienen a la organización para que sea eficaz. Tampoco le basta con que esas cosas sean más o menos atractivas para las personas que han de realizarlas. Busca, sobre todo, que las personas desarrollen todo su potencial y que interioricen la misión de la organización. El líder trata de mantener y hacer crecer la unidad de la organización y, por ello, está preocupado por problemas tales como el desarrollo del sentido de responsabilidad en su gente, que sean capaces de moverse por el sentido del deber y otros similares. Intenta ,en definitiva, enseñar a quienes dirige, a valorar sus acciones en cuanto éstas afectan a otras personas. Para ello, ese producto vendible y producible tiene que ser también útil, de modo tal que satisfaga necesidades reales de los clientes .... Así como la dimensión estratégica y la ejecutiva implican ciertas capacidades naturales en el sujeto que podrán ser perfeccionadas a través de procesos educativos, la existencia y el desarrollo de la dimensión de liderazgo dependen únicamente del propio individuo. Los líderes no nacen. Llegan a serlo a través de sus esfuerzos personales en un proceso en el que van adquiriendo esa difícil capacidad de moverse por los demás trascendiendo su propio egoísmo”[42].
El progreso social exige emprendimientos que toman tiempo. A lo largo de su ejecución, las posibilidades de oportunismo son permanentes y se sostiene el empeño si la actitud es de cooperación. Esta requiere la confianza entre los actores, por eso su existencia es considerada la base del capital social. Pero la confianza se genera poco a poco. Cada uno da un paso al cooperar y la respuesta correspondiente de los demás estimula a arriesgar, a dar un paso más. Como los empresarios por la naturaleza misma de su actividad acometen emprendimientos que exigen tiempo, su capacidad de generar confianza - de fortalecer las empresas a través de una mayor unidad -,constituyen la clave necesaria para un clima de cooperación social, que es la definición misma de capital social.

Algunos liderazgos empresariales modernos gravitantes

Cobra especial importancia el capital empresarial como parte fundamental del capital social, si analizamos los problemas del desarrollo y los recientes estudios sobre la formación y fortalecimiento de las cadenas productivas
CEPAL ha llevado a cabo estudios sobre diferentes encadenamientos productivos en América Latina como el cluster chileno del salmón,  el azúcar en el valle de Cali, de la alpaca en Perú y docenas de estudios similares. Agrego algunas páginas de esos estudios:
“El trabajo seminal de Porter acuño el término “cluster” para designar concentraciones geográficas de empresas especializadas, cuya dinámica de interacción explica el aumento de la productividad y eficiencia, la reducción de los costos de transacción, la aceleración del aprendizaje y la difusión del conocimiento ....Se desarrollaron otros tantos conceptos (cadenas productivas, sistemas productivos locales, redes, filières, arranjos, sistemas locales de innovación ) muchas veces para captar mejor ciertos fenómenos inherentes en casos prácticos.
En América Latina las configuraciones productivas muchas veces exhiben un patrón  de evolución poco satisfactorio. Tienen dificultades para incorporar eslabones de mayor valor agregado y se especializan en actividades de poca productividad....
En cuanto al interrogante acerca de por qué las configuraciones en América Latina no exhiben con frecuencia un patrón de evolución satisfactoria, la respuesta debe buscarse,...., en la insuficiente calidad e intensidad de la interacción entre las firmas. La formación de un sistema de interacciones entre empresas y entre estas y su entorno económico e institucional genera ventajas competitivas que ninguna empresa podría alcanzar aisladamente.
Entre las ventajas que la colaboración económica entre empresas independientes ofrece, se pueden mencionar la reducción de costos por la compra de insumos entre grandes cantidades, el acceso a mercados con grandes volúmenes de demanda (como por ejemplo exportaciones o grandes cadenas comerciales), la incorporación de tecnologías, la aceleración del proceso de aprendizaje a través del intercambio sistemático de experiencias, de la ampliación de la red de contactos y de la especialización de los proceso productivos entre otros.
El mercado, por otra parte, no garantiza el surgimiento espontáneo de estos sistemas de relaciones entre empresas, ya que la suma de los costos de información y coordinación y la habitual desconfianza con que los empresarios miran la posibilidad de encarar proyectos conjuntos con sus pares limitan la posibilidad de valorar los potenciales beneficios derivados de los esquemas asociativos y los costos de aprendizaje que las empresas tendrían que enfrentar para ajustar sus rutinas establecidas a los requerimientos del trabajo asociativo”[43].
Resulta muy provechoso para una mejor comprensión de la responsabilidad social de los empresarios, incluir las conclusiones de esos estudios:
“El conjunto de iniciativas que buscan crear una capacidad de articulación estratégica entre agentes interesados en mejorar la productividad de determinada actividad económica en determinado lugar geográfico abarca fácilmente más de 100 experiencias en los últimos seis años en América Latina. Aun cuando, en general, han sido poco estudiadas, es posible realizar las siguientes consideraciones:
i)                   Las iniciativas funcionan mejor en la medida que se enfocan hacia un problema u oportunidad percibidas por muchos interesados y que no puede enfrentarse con la iniciativa aislada de una persona, empresa u organización. Las iniciativas tienden a estancarse cuando nacen de posición apenas normativa o esperan los resultados de un diagnóstico detallado.
ii)                La solución al problema percibido es resultado de procesos de planificación participativa; las iniciativas que nacen con una proposición preconcebida suelen quedarse en  soluciones puntuales de corto plazo.
iii)              Más importante que la calidad de la solución o de la iniciativa es la calidad del proceso. En la medida que el proceso sea abierto, no excluyente y transparente, se convierte en fuente de aprendizaje que permitirá mejorar  las proposiciones o iniciativas adoptadas.
iv)              Las iniciativas tienen que ser  “propiedad” de los interesados y desarrollarse bajo su liderazgo. Las iniciativas que son impulsadas por consultores o instituciones externas de financiamiento suelen no ser sostenibles en el tiempo.
v)                Invariablemente en los proyectos exitosos se reconoce que los actores tienen intereses y objetivos dependientes unos de otros. Los proyectos bien logrados producen una visión estratégica compartida y una identidad colectiva.
vi)               Los procesos suponen un alto nivel de gestión y los modelos no son fácilmente replicables. Conducir procesos de planificación estratégica participativa parece ser un arte no totalmente comprendido en el plano racional, que depende inclusive de cuestiones subjetivas que afectan los procesos de interacción (“química”) entre individuos, principalmente líderes de iniciativas compartidas[44].

Conclusiones

La creciente conciencia de que estamos todos “en el mismo barco”, fruto del fenómeno de la globalización, de la preocupación ecológica y de la sensibilidad social hacia los problemas de la pobreza y la miseria, abre las puertas a la necesidad de un estudio de la realidad económica en un marco social y político de mayor alcance.
La constatación de la existencia de fuertes externalidades en los procesos de crecimiento y desarrollo exige concluir que los puros  mecanismos del mercado son insuficientes para explicar esos procesos y apuntalar seriamente las políticas de desarrollo.
En la raíz misma del progreso económico late la capacidad social de cooperar, de comprender la necesidad de llevar a cabo emprendimientos que muchas veces no resistan el análisis económico de corto plazo, el que mira el balance trimestral y la cotización en bolsa.
Las empresas de negocios son un poderoso motor de transformación económica y de innovación tecnológica, y producen un impacto muy fuerte no solo en el entramado empresarial, sino en las formas de vida de las personas y sus familias.
Asumir las consecuencias de los actos es lo propio de una conducta responsable y muestra la estatura moral de las personas y las organizaciones. Una mayor globalización ha puesto de manifiesto que nuestros actos –de las personas, de las organizaciones y de las naciones – influyen fuertemente sobre los demás. Los derechos humanos, económicos y sociales, dan lugar a las consiguientes obligaciones de todos los miembros de la sociedad y de todas las organizaciones.
Asimismo, el agotamiento del estado de bienestar, la creciente burocratización, con su ineficiencia y ocasión de corrupción política, remiten a la recuperación del sentido de responsabilidad de todos los actores sociales. El Estado provee bienes públicos básicos como el orden jurídico e intenta proveer otros bienes colectivos necesarios para la vida social, que las empresas y las organizaciones no alcanzan a proveer, por la inmadurez cívica de la sociedad. Los gestores de las empresas de negocios y de las instituciones del sector social deben asumir las responsabilidades que corresponden a sus actividades, ya que ellas conforman, desarrollan e impulsan toda la vida social y la de los ciudadanos. Pero la experiencia histórica muestra que si el Estado se excede, y con su exceso agosta e impide la iniciativa social, es ocasión frecuente de despilfarro y corrupción.
Lo que se quiere significar en los últimos años con el término capital social refleja esta conciencia y tiene consecuencias en la forma de encarar el estudio de los fenómenos económicos. La reinserción de la ciencia en una sociología más amplia y la subordinación de sus conclusiones a los imperativos de la política –entendida en el sentido tradicional de los griegos – favorecerán un mayor despliegue de su contribución al progreso de las sociedades.




[1] Cfr. CARDONA, Pablo, Las claves del talento, EDICIONES URANO SA, Barcelona, 2002,

[2] LORENZELLI, Marcos, Capital social comunitario y gerencia social”, Cuadernos del CLAEH, número 88, 2004/1
[3] Cfr. Economic Journal, Volumen 112, Número 483, Noviembre de 2003
[4] Ver Gran Enciclopedia Rialp, Voz Economía y la referencia al Traicté de l’Économie Politique, de A. de Montchretien. Es aceptado que la expresión economía política aparece por primera vez en ese trabajo.
[5] Cfr. SOLOW Robert, Technical Change and the Aggregate Production Function, Review of Economics and Statistics, agosto de 1957.
[6] Cfr. DENISON Edward, Trends in American Economic Growth, 1929-1982, The Brookings Institution, Washington, D. C. 1985
[7] FISHER S., DORNBUSCH R., SCHMALENSEE R., Economía, McGraw-hill, Madrid 1989, cap.17
[8] Se ha afirmado que, en parte, las peculiaridades de estos jóvenes países se deben a la abundancia  de recursos económicos en relación a su población, desde los orígenes mismos de la colonización y el consiguiente arribo de la tecnología disponible. Estas facilidades naturales contribuyeron al desarrollo de una cultura individualista y rentista. Precisamente, en este último sentido, son significativas las consecuencias que el desarrollo económico ha traído en  Norteamérica, en contraste con la persistencia del mayor peso de las rentas en Sudamérica.  Se constata estadísticamente que la proporción del ingreso total de Norteamérica que se distribuye como sueldos y remuneraciones al trabajo sea significativamente mayor que la proporción que corresponde a América del Sur. Este mayor ingreso relativo del capital en Sudamérica merece la consideración adicional que es un capital que muchas veces se reduce a la propiedad de los recursos naturales y está menos referida que en el Norte a la tarea de gestión profesional e innovación.
[9] BECKER, Gary, Human capital, Revista de Ciencias Empresariales y Economía de la Universidad de Montevideo, Año 1 (2002), número 1 (nuestra traducción)
[10]  DRUCKER Peter F., Post-capitalist society, Butterworth-Heinemann ltd, 1993, pag. 39
[11] La misión de la Harvard Business School, tal como se lee al ingresar  a su página web reza: “To Educate Leaders that Make a Difference in the World”, muestra la profundización actual en la misión de los empresarios.
[12] Cfr. SCHUMPETER Joseph A., Capitalismo, socialismo y democracia, 1942 y La teoría del desarrollo económico, 1912.
[13] Solow rechaza la noción de capital social precisamente por la dificultad de medirlo y lo califica de una mala analogía. Ver SOLOW Robert (2000) “Notes on Social Capital and Economic Performance”, en Social Capital: A Multifaceted Perspective, Washington, DC: The World Bank.
[14] Cfr. SMITH Adam, La riqueza de las naciones, 1776
[15] POLO Leonardo, Presente y futuro del hombre, RIALP, Madrid, 1993, pag. 57
[16] SABINE George H., Historia de la teoría política, Fondo de Cultura Económica, México, 1992, pag.257
[17] POLO Leonardo, ob. cit., pag. 60
[18] OCARIZ BRAÑA José, Historia sencilla del pensamiento político, RIALP, Madrid,1988, pag. 104
[19] Por refrencia a Wilfredo Pareto (1848-1923), político, sociólogo y economista italiano.
[20] Cfr. RAMOS INTHAMOUSSU Alfonso Ma., Necesidad de un nuevo paradigma en economía, Revista de la Escuela de Negocios de la Universidad de Montevideo, Año VII- Número 2- Agosto 2004
[21] De algún modo laten en estas afirmaciones la misma filosofía que los economistas clásicos de las primeras décadas del siglo XIX plasmaban en la expresión  durae leges, sed leges, para referirse a “la ley de bronce de los salarios”, por la que el nivel de equilibrio de los salarios de los obreros había de ser el de subsistencia. Todo aumento artificial producía un aumento de la población que retornaba los salarios a los niveles de subsistencia.
[22] Sin duda que el liberalismo económico justifica intelectualmente las tendencias egoístas que el hombre ha mostrado a lo largo de la historia. Si la armonía social y el progreso se derivan espontáneamente de la exclusiva búsqueda del bien individual por cada uno, no hay justificación intelectual para la ‘preocupación social’. La evidencia universal, presente en la literatura de todos los tiempos,  es que junto a las tendencias egoístas, las pequeñeces y las miserias hay siempre actos generosos en la vida cotidiana, actitudes heroicas y gestos magnánimos. Los filósofos dirían que el hombre está abierto a amar pero puede odiar.
[23] Cfr. CRESPO Ricardo F., La Economía como Ciencia Moral, EDUCA, Buenos Aires, 1977.
[24] ROBBINS L., The Economist in the Twentieth Century, Economica, mayo de 1949 (citado por CRESPO R., en la obra ya mencionada)
[25] “El Consenso de Washington debe su nombre al economista inglés John Williamson del Institute for International Economics, quien a fines de la década de los ochenta se refirió así a los temas del ajuste estructural que formaron parte de los programas del Banco Mundial y del BID, en la época del reenfoque económico que siguió a la crisis de la deuda, .. (concurrieron ) una cincuentena de economistas ... a un seminario que se desarrolló en aquella ciudad (Washington) el 6 y 7 de noviembre de 1989”, PREVE Julio, Economía y Mercado, El país 27/01/2005.
[26] Cfr. STIGLITZ Joseph E. , Malestar en la Globalización, Taurus, 2002
[27] SCREPANTI E. y ZAMAGNI S., An Outline of the History of Economic Thougt, Clarendom Press, Oxford, 1995, pag. 385 (nuestra traducción).
[28] Cfr. NORTH Douglass C., Institutions, Institutional Change and economic performance, Cambridge Universisty Press, 1990
[29] Cfr. GARCIA MARQUEZ A. y GARCIA-HUIDOBRO J., Razón y Praxis, Ed. EDEVAL, Valparaiso, Chile, 1994
[30] Cfr.  DIXIT Avinash K., Lawlessness and economics: alternative modes of governance, Princeton University Press, 2004. Este autor plantea las vías por las que surgen los modos de gobierno que suplen las insuficiencias del Estado. Afirma este autor que los economistas suponen que el Estado obliga al cumplimiento de leyes que impiden el robo, el engaño y el oportunismo, lo que hace posible una eficiente economía basada en el intercambio. Y su pregunta es qué ocurre cuando el estado es deficiente en el cumplimiento de ese papel. Sus desarrollos –por medio del uso de la teoría de los juegos- tienden en definitiva a mostrar cómo surge la racionalidad institucional y social, como derivación de la interacción de los individuos, cuando éstos buscan básicamente sus propios intereses.
[31] CRESPO Ricardo F., La crisis de las teorías económicas liberales, Fundación Bank Boston, Buenos Aires, 1998, pags. 55 a 60.
[32] DEBREU Gerard, Theory of value, New York, Willey, 1959.
[33] Cfr.  COASE R. H., The Problem of social cost, Journal of Economics, 3, 1960.
[34] Gagliardi Enrique, Macroeconomía de economías pequeñas y abiertas, ORT, 2003, pag.234
[35] Barro, Robert J. y Sala-i-Martin Xavier, Economic Growth, The MIT Press 1999, Cambridge, pag.146
[36] Cfr. PEREZ LÓPEZ Juan Antonio, Teoría de la acción humana en las organizaciones, Rialp, Madrid, 1991
[37]  RAMOS INTHAMOUSSU A., Revista del IEEM, Año VII, nº1, abril 2004, Crecimiento económico y magnanimidad empresarial
[38] Cfr. Abó I. José, “Uruguay natural” produce transgénicos. Revista del IEEM, Universidad de Montevideo, Año VI, número 1- Abril 2003.
[39] Cfr. POLO Leonardo, ETICA. Hacia una versión moderna de los temas clásicos, AEDOS – Unión Editorial, Madrid, 1996
[40] Cfr. DASGUPTA Partha, Social Capital and Economic Perfromance: Analytics, Cambridge, Enero 2002

[41] The Economist, 22/01/2002, The good company – A sceptical look at corporate social responsability (nuestra traducción)
[42] Álvarez de Mon y otros, Paradigmas del liderazgo, McGraw-Hill Profesional, Madrid, 2001, pag. 12 y 13.

[43] CEPAL, Desarrollo productivo en economías abiertas, San Juan de Puerto Rico, 28 de junio de 2004,  pags. 249 a 253
[44] CEPAL, ob.cit., pag. 259

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