Publicado en la Revista de Antiguos del IEEM. Montevideo, II/2005 y III/2005
En la última década se ha mencionado reiteradamente la
importancia del capital social como fuente de crecimiento económico. La
capacidad de una sociedad o de un grupo humano para acometer acciones colectivas
que beneficien a todos sus miembros es destacada como un importante factor
de progreso, más allá de las
disponibilidades de recursos materiales y de los avances técnicos con que se cuente.
La tarea empresarial como aglutinadora del trabajo de muchas
personas y fuente de permanentes relaciones interempresariales surge así como
una de las claves de la eficacia de los emprendimientos colectivos. El
liderazgo de quienes promueven e impulsan las actividades económicas cumple
asimismo un rol insustituible en la formación del capital humano[1],
que desde los años sesenta es destacado como determinante de los niveles de
vida de los que goza una sociedad.
Un reciente trabajo lo expresa muy adecuadamente: (el capital social es) “la capacidad que
tiene un grupo humano de emprender acciones colectivas que redunden en
beneficio de todos sus miembros ... El capital social cobra valor en la medida
que se integra a un portafolio de activos donde cumple un rol sinérgico
importante en la potenciación de los demás capitales, especialmente el capital
humano”[2].
La capacidad humana de darse una organización eficaz, con
fuerza innovadora, y una gestión eficiente, abarca los tres principales campos
en que puede dividirse la vida social. La buena vida política, como actividad en
torno a los roles del Estado, participa eminentemente de esa capacidad social
de llevar adelante emprendimientos colectivos eficaces. No menos importante es
el rol de las empresas de negocios, que proveen a la sociedad de una proporción significativa de los bienes y
servicios de los que disfruta una colectividad. Asimismo, las organizaciones
sociales o no gubernamentales, conocidas también con el nombre de “sector
social”, cumplen un rol creciente en la provisión de servicios sociales
imprescindibles para una vida digna. Precisamente, muchos autores han intentado
una medición de la importancia del capital social en una sociedad a través del
vigor de los emprendimientos sin fines de lucro, como frutos de un clima de
confianza y capacidad de cooperación[3].
La aspiración al progreso social y a mejores
condiciones materiales de vida para
todos los ciudadanos, nutre este interés por la búsqueda de las razones que
explican el dispar progreso económico de las distintas sociedades. Más
apremiante aun, es dar solución a la existencia de pésimas condiciones de vida
en los países subdesarrollados, cuando advertimos que las posibilidades
tecnológicas podrían dar cuenta de esas graves insuficiencias.
Es impostergable hacerse cargo de que el
conocimiento de la vida social progresa, que es necesario permanecer
mentalmente abiertos a nuevas y fructíferas perspectivas para comprender mejor
el funcionamiento de las actividades económicas, sin anquilosamientos, que son
a veces mera inercia, o en otros casos apegamiento a modelos analíticos ya
perimidos o mera defensa de intereses
creados.
Poco a poco, el empeño en considerar la economía
como ciencia pura que no debe contaminarse con reflexiones de orden social,
político o antropológico, va perdiendo fuerza. Más aun, parece necesario un
avance de la sociología que sirva de marco para la reflexión económica. Se abre
camino un retorno a un modo de ver la actividad económica en estrecho diálogo
con la política. Se malentiende a veces esta afirmación, por interpretarla como
un reclamo de un más amplio papel del Estado, que vuelve burocrática la vida
social y agosta el dinamismo empresarial y la creatividad y rapidez para
emprender nuevos negocios. En realidad, se trata de volver en parte al enfoque
que tuvieron las reflexiones económicas en los siglos XVII y XVIII, cuando
aparece la expresión economía política, atribuida a Montchretien (1615)[4].
En los siglos de la formación y consolidación de los
estados nacionales, la prosperidad económica era considerada muy importante
para fortalecer los nacientes estados y se consideraba esa prosperidad un
objeto de preocupación pública. De modo similar, el desarrollo económico es
visto hoy como imprescindible para dar respuesta a las aspiraciones y derechos
de las sociedades modernas. La complejidad actual y los niveles de educación y
formación humana alcanzados hacen posible conseguirlo, y la tarea es una tarea
social, colectiva. En los nacientes estados de siglos atrás, las
responsabilidades colectivas fueron asumidas en buena medida por el Estado. Más
allá de los vaivenes históricos en torno a la mayor o menor importancia que se
otorgue al papel del Estado, es claro que en el mundo contemporáneo los
problemas del desarrollo, que tiene dimensiones económicas así como políticas y
culturales, exigen respuestas de todos los actores sociales.
Siguiendo la secuencia histórica de las principales
fuentes de progreso económico, será más fácil comprender los acentos del
análisis económico en sus diferentes etapas.
Capital comercial
El fuerte progreso económico de los últimos dos
siglos, XIX y XX, se inicia con la
expansión precedente del comercio mundial. El desarrollo de las ferias durante
la Baja Edad Media y la expansión del comercio fluvial europeo, así como el que
sigue las vías marítimas que enlazaban el Mediterráneo con el Mar del Norte, el
Cantábrico y el Canal de la Mancha, fueron el sostén o entramado material del
esplendor europeo de los siglos XIV y XV. Ese comercio se expandía con la
introducción de especias desde el Sudeste asiático y los artículos transportados a través de las
duras jornadas terrestres de la “Ruta de la Seda” hasta China, confluyendo
ambos caminos en el Cercano Oriente. Precisamente, el decisivo avance otomano
del siglo XV que culmina en la emblemática caída de Constantinopla en 1453, ha
sido señalado como factor importante para explicar los viajes y descubrimientos
transoceánicos de fines del siglo XV.
La expansión comercial europea experimenta una alteración
revolucionaria con el descubrimiento de América y los viajes al Lejano Oriente
a través del Cabo de Buena Esperanza. Se ha denominado época del capitalismo
comercial a los tres siglos subsiguientes. El aumento del comercio, la cantidad
y diversidad de bienes ahora disponibles, exige en cada una de las regiones un
aumento de los excedentes que permita el intercambio. Aumenta así en cada lugar
el volumen de la producción más característica de cada región. Y sobre todo
aumenta la acumulación de riqueza fácilmente transferible con el uso de los
metales preciosos. Condición imprescindible para el aumento del comercio es la
disponibilidad de un medio de pago de aceptación universal y fácil de
transportar. Ese instrumento lo proporcionó el incremento del stock de metales
preciosos. Con anterioridad al
descubrimiento de América, la razón del comercio europeo con Africa era
la obtención del oro sudanés, una forma eficaz de acumular riquezas y de
facilitar el comercio.
Puede afirmarse que el nacimiento de la ciencia económica
con Adam Smith, en 1776, corresponde a la era del capitalismo comercial. La raíz del progreso
económico, según este autor, está dada por la división del trabajo, por el
aumento de la productividad que trae consigo la especialización y la mayor
dimensión de los mercados. Su Investigación
acerca de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones corresponde
a un período de progreso, sobre todo en Inglaterra, donde la principal fuente
de crecimiento es el comercio, la especialización y el acceso a nuevos
productos de lugares lejanos. La era de la máquina recién comenzaba.
Precisamente en ese mismo año, 1776, se asiste al descubrimiento de la máquina
de vapor por James Watt. El progreso de la fuerza motriz daría lugar
propiamente a la fábrica y la potenciación del trabajo humano.
Los finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, que
corresponden al período denominado
Primera Revolución Industrial, fueron
vistos por sus contemporáneos como la era del maquinismo. Su desarrollo
fue percibido como una creciente sustitución de la mano de obra por artefactos
mecánicos. Los reclamos obreros de la época apuntaban contra el uso de las
máquinas y su acción contestataria consistió muchas veces en intentar su
destrucción.
El análisis de Karl Marx en El Capital pone el acento en el crecimiento del capital industrial
como expansión del uso y poder de las máquinas que sustituyen la utilización de
la mano de obra, con el consiguiente
crecimiento del ejército industrial de reserva y el progresivo empobrecimiento del proletariado.
Las ecuaciones marxistas de reproducción
simple y reproducción ampliada no
dan cabida al progreso técnico, que permite con los mismos recursos obtener
mejores resultados. Ha de tenerse en cuenta, que, el período de progreso tecnológico no había
despegado cuando Marx escribe, y que las
condiciones de vida obrera en las primeras décadas del siglo XIX fueron
especialmente duras. El Manifiesto
Comunista data precisamente de 1848 y refleja esa percepción apasionada de
las malas condiciones de la vida obrera de los comienzos del XIX.
De todos modos, la importancia de la acumulación de capital
físico como fuente de crecimiento y desarrollo ha sido mencionada desde
entonces como factor ineludible de progreso, como cauce insustituible del
avance técnico y como determinante de
racionalización de la vida económica al exigir un ahorro, una abstención del
consumo presente, como forma de aspirar a mejores niveles de vida en el futuro.
El progreso de la química, el descubrimiento de
nuevas formas de energía y la aplicación más sistemática de los descubrimientos
científicos a la producción de bienes, esto es, el desarrollo de la tecnología
a partir de las últimas décadas del siglo XIX, sientan las bases de los
revolucionarios cambios en las formas de vida que caracterizan el siglo XX. El
enorme cambio en las formas del transporte y de la comunicación comienza a
unificar el mundo de un modo no conocido previamente.
Cuando a fines del siglo XIX se produce una mejora
en los niveles de vida obrera de los países más avanzados, la tesis sobre el
imperialismo –como prolongación del pensamiento marxista -, explica tal mejora
como el traslado de las contradicciones de los países capitalistas hacia las
colonias. La mejora de las condiciones de la vida obrera se explica, según esa
tesis, por la succión de recursos desde las colonias hacia los países
industriales imperialistas. De este modo se intenta explicar el no cumplimiento
de las predicciones de Marx sobre el creciente empobrecimiento del
proletariado.
Esta interpretación de la fase imperialista del
capitalismo surge en momentos en que la exacerbación de los nacionalismos lleva
a las grandes potencias europeas a un reparto geográfico de Africa y Asia, que
muestra una nueva dimensión mundial del poder político. Y de ahí resulta el
atractivo de las tesis imperialistas. Sin embargo, las últimas décadas del
siglo XIX muestran un despertar económico en muchas regiones hasta entonces
atrasadas. Una muestra elocuente es el espectacular progreso del área
rioplatense al impulso del comercio de carnes,
lanas y granos, de la mano de la prodigiosa expansión de las líneas de
ferrocarriles por todo el mundo y de las mejoras en el transporte marítimo. Sin
duda el progreso técnico comenzaba a incidir fuertemente en la evolución
económica mundial y constituyó una fase beneficiosa de un proceso de
globalización que, como ya mencionamos, toma fuerza a partir del siglo XVI.
Los estudios
de Solow sobre el crecimiento
Un intento importante de explicación estadística de las
fuentes del crecimiento se debe al Premio Nobel Robert Solow[5]. Este autor desarrolló un marco de referencia
contable para medir la importancia relativa de los principales factores del
crecimiento económico. Sus estudios iniciales se refirieron a la realidad
norteamericana durante el período 1909-1949. La función de producción, que
sometió a verificación estadística,
intenta explicar la evolución de la producción total norteamericana a
partir de dos factores productivos, trabajo y capital, y del estado de la tecnología.
Los tres primeros datos – producción, capital y trabajadores- podían ser
obtenidos a partir de estadísticas disponibles. El estado de la tecnología no
es observable directamente y su importancia la da el residuo de Solow, es decir, el crecimiento del producto que no es
explicado ni por el crecimiento del número de trabajadores ni por el
crecimiento del volumen de capital.
Su punto de partida fue obtener las series del PBI por hora
hombre, del capital por hora hombre y los datos acerca de la participación de
la inversión en el ingreso. Las
conclusiones fueron sorprendentes: sólo el 12% de crecimiento era explicado por
el aumento de la dotación de capital por trabajador, el resto (88%) era lo que
denominó el residuo tecnológico. El trabajo humano, para igual volumen de
inversión o capital, era cada vez más eficaz, más productivo.
Se ha seguido avanzando en esa investigación, ya que
obviamente, el trabajador de principios del siglo XX no era el mismo que el de
1950. Denison demuestra que la educación
juega un papel cuantitativo importante como explicación del aumento del
producto por trabajador. Eso apunta a la importancia de la inversión en capital
humano como fuente de crecimiento[6].
Surge así la evidencia acerca de la importancia de la capacitación de la mano
de obra para explicar el progreso económico.
Se suele considerar que el capital humano incluye las
condiciones de salud y fortaleza física de las personas, así como las
“cualificaciones y los conocimientos encerrados en la mente y las manos de la
población”[7].
Si bien los estudios sobre la importancia de la formación profesional y la
educación formal para el desempeño económico de las sociedades se inician
tardíamente, es evidente que la importancia práctica del conocimiento como
fuente de crecimiento fue reconocida con anterioridad.
La definición mencionada de capital humano es correcta pero
insuficiente. Se limita a los aspectos de la educación que incluyen las habilidades operativas y los conocimientos técnicos. No presta
atención a hábitos como la laboriosidad y las aptitudes para el trabajo en
equipo que juegan un papel importante en el rendimiento del trabajo humano. En
la explicación del fuerte crecimiento de China en las últimas décadas juega un
rol preponderante la laboriosidad y la disciplina social de su población. La
extraordinaria perfomance de la economía de ese país contrasta con la
parsimonia latinoamericana y las diferencias entre ambas se explican en buena
medida por la idiosincracia de las respectivas poblaciones[8].
El profesor Gary Becker, premio Nobel de Economía 1992, fue
pionero en las investigaciones sobre capital humano. En la conferencia que
pronunció en la Universidad de Montevideo el 16 de noviembre de 2002[9],
puso el acento en el papel de la familia sobre la formación del capital humano.
Afirmó en esa ocasión: “La familia juega un rol importante en la
enseñanza de los niños, en la inversión en capital humano de los niños, los
cuales son cruciales para un óptimo desarrollo. Cuando hablo de inversiones, me
refiero al capital humano.... La familia contribuye mayoritariamente a la
inversión en el capital humano de los niños. No es la única fuente –ya hablaré
enseguida de las escuelas que son claramente muy importantes también- pero la
familia es crucial ... Nosotros sabemos que la familia es muy cuidadosa y dedicada, la madre en particular y los padres en general.
Son ellos los que invierten en la adaptación de los hijos a la sociedad, les
enseñan el lenguaje, las habilidades, les trasmiten los valores, la diferencia
entre el bien y el mal, los valores éticos del pueblo”.
El acento puesto por el Profesor Becker en este aspecto del
capital humano nos introduce con facilidad en la noción de capital social. El
capital humano es aquí más bien una preparación para la vida en sociedad,
redunda en un mejor funcionamiento de toda la vida social y favorece e impulsa
los emprendimientos colectivos; todo esto, más allá de los beneficios
individuales que le reporte a cada persona una mejor cualificación profesional y una mayor
habilidad para sacar provecho individual de la vida social.
El capital social y el capital empresarial como fuentes de
crecimiento han recibido atención tardíamente. El descubrimiento de la
importancia del management para el
crecimiento económico, de cara a propuestas de política económica, data de la
última posguerra. Si bien la Escuela de Administración de Negocios de Harvard
inicia sus actividades en 1908, se ha de
destacar que en 1950, cuando el Banco Mundial comienza a prestar dinero para
impulsar el desarrollo económico, la palabra management no figuraba en su vocabulario[10].
El acento de las enseñanzas de la pionera Escuela de Negocios estaba puesto en
desarrollar las técnicas para mejorar el rendimiento de las empresas de
negocios y aumentar las ganancias. La relevancia social de la actividad
empresaria, cara al progreso económico y social, no era aun suficientemente
percibida[11].
La importancia de la innovación como explicación básica del
desenvolvimiento económico remite a Joseph Schumpeter y la noción de ‘creación
destructiva’[12]. Los
cambios que introduce el empresario innovador abarcan la búsqueda de nuevos
mercados, el desarrollo de nuevos productos, la introducción de nuevos procesos
productivos, la aplicación de cambios tecnológicos derivados de descubrimientos
científicos, así como nuevos métodos de gestión y organización. Sin duda, tal
innovación plantea un panorama amplio y profundo de la importancia del
empresario en el desarrollo económico. Resulta claro que, a igualdad de mano de
obra técnicamente preparada y de similar disponibilidad de recursos naturales
y capacidad de inversión en capital
industrial, la evolución de las sociedades puede ser muy dispar según la
dotación de un empresariado innovador. Este enfoque permite afirmar que, además
de los recursos tradicionalmente reconocidos de la tierra, el trabajo y el
capital puede hablarse del management
o espíritu emprendedor como factor de
producción, como fuente de crecimiento. Su existencia en una sociedad, su
‘stock’, puede ser calificado de capital empresarial, un activo que significa
riqueza y capacidad de producir abundantes frutos.
Es indudable que la medición estadística del stock de
capital empresarial es difícil. Y que las consiguientes conclusiones
econométricas sobre su importancia, que permiten arribar a las conclusiones de
la economía científica, son esquivas. Pero esta dificultad no puede justificar
que se cierre los ojos a su gravitación en el crecimiento económico. Hasta hoy,
su importancia ha sido resaltada en los planteos de la política económica pero
no encuentra suficiente lugar en los estudios de la economía pura.
Se pueden mencionar dos razones para ese olvido. La
dificultad de medición cuantitativa[13]
de esa capacidad humana y la dificultad mental para superar la noción de homo oeconomicus. Comencemos por la
segunda.
El hombre económico es un ser racional, maximizador de beneficios y satisfacciones,
atributos que le son connaturales y que están siempre presentes en todo espacio
y tiempo. Negar estas características a los agentes económicos destruye el
fundamento formal de lo que se denomina economía pura o científica. Reconocer
que las aptitudes empresariales pueden estar más o menos presentes en
diferentes culturas y que pueden ser educadas, cierra el camino a una economía
verdaderamente científica, tal como ha sido concebida en buena parte de la
tradición académica. Este problema remite a la insuficiencia de una sociología
que sirva de marco a los estudios económicos, la que se debe a la juventud
relativa de esta disciplina y a su insuficiente diálogo con la antropología
filosófica.
La dificultad para medir el capital empresarial y su consiguiente inclusión en las teorías
económicas, hunde sus raíces en la concepción de ciencia económica tal como se
inicia a fines del siglo del siglo XVIII, con Adam Smith[14].
Los éxitos prodigiosos de la ciencia física, desde la segunda mitad del siglo
XVII, a partir sobre todo de los
descubrimiento y métodos aplicados por Newton (1642-1727), favorecieron el intento de trasladar
integralmente sus métodos al estudio de la vida social, así como considerar con
rango científico lo cuantificable. Así como la fuerza de la gravedad fue el
núcleo central del mundo físico y sus equilibrios, la permanente búsqueda del bien propio, en forma egoísta e
implícitamente excluyente del bien de otros, fue considerada la fuente del
dinamismo social. De la misma manera que la fuerza de gravedad de cada cuerpo
celeste confluye en los maravillosos equilibrios cósmicos, así también la
naturaleza ha dispuesto que la expansión del interés individual como única guía
de conducta confluya en dinámica armonía social, como si fuera guiada por una
‘mano invisible’.
No puede entenderse este rasgo de la economía naciente sin
referirse a las características de la filosofía política de los dos siglos
precedentes. El individualismo filosófico, que desatendió la importancia
constitutiva de la dimensión social del hombre, toma cuerpo en la era moderna y
tiene consecuencias éticas, políticas y económicas. Sus fuentes doctrinarias pueden buscarse en definitiva en el nominalismo de Ockham[15],
el ‘egoísmo universal’ de Maquiavelo[16]
y el pesimismo antropológico de Lutero[17].
Este egoísmo individual como móvil preponderante de
la conducta es aplicado a la filosofía
política, inicialmente por Hobbes (1588-1679) y por Locke (1632-1704) , quienes explican el
surgimiento de la vida social y política a través del contrato social. El
estado natural de hombre es el del individuo sin nexos ni compromisos, movido
ya sea por su afán de poder y las consiguientes guerras en el caso de Hobbes,
como movido por su pacífico egoísmo lleno de miedos e incertidumbre, en el caso
de Locke. Ambos arriban a la conclusión de que por necesidad o conveniencia,
los individuos necesitan de un contrato para vivir en sociedad, equilibrando
intereses y ambiciones en el caso de Hobbes, o asegurando el disfrute de la
propiedad en el caso de Locke. Los móviles predominantes son la búsqueda de la
seguridad o comodidad por parte de cada individuo. Estas bases filosóficas
cuajan luego en las formas del liberalismo político.
Jeremy Bentham (1748-1832), y su discípulo James Mill
(1773-1836), ambos representantes del liberalismo clásico, empapado ya del
utilitarismo iniciado con David Hume
(1711-1776), derivan sus propuestas liberales,
partiendo del presupuesto de que los gobernantes buscan su propio
provecho.
“Siendo necesario el
gobierno para regular y moderar el ilimitado deseo de propiedad de los
individuos, que sin él tendería al conflicto, (la existencia del gobierno)
presenta, a su vez, el peligro de que los gobernantes, por su propio deseo de
propiedad, y con un mayor poder, abusen de éste, en beneficio propio,
produciendo dolor o privación de placer en los gobernados. La solución que
James Mill da a este problema es la de hacer que el interés de los gobernantes
coincida con el de los gobernados, lo cual sólo podría conseguirse plenamente
en un régimen de democracia directa en el que el gobierno estuviera constituido
por todos los ciudadanos. Siendo esto una imposibilidad práctica, habrá que
contentarse con una democracia representativa en la que sean electores todos
los varones adultos, y en la que,
mediante elecciones frecuentes, los que gobiernan durante un período
puedan dejar de hacerlo en el próximo, convirtiéndose en ciudadanos normales.
De esta forma quedará asegurada la adecuada disposición del gobierno para tener
satisfechos a los ciudadanos y conservar así sus cargos públicos”[18].
Lejanos quedan los tiempos de la polis griega, en los que el
bien era guía de la conducta política y
se consideraba la anteposición del interés individual sobre el bien ciudadano
como una patología ética. La necesaria sensatez de tomar en cuenta, en todo
diseño institucional de la vida política, la posibilidad de que los individuos
busquen el bien individual sin consideración alguna hacia el bien social, se
eleva a rango constitutivo de la naturaleza humana. No cabe entonces un juicio
ético sobre esas conductas, ya que se considera que la búsqueda del interés del
gobernante es su móvil natural. Los problemas derivados de corrupción política
son considerados un error de diseño institucional o debidos a una insuficiente
transparencia. Los políticos serían peones cuyos movimientos obedecen a
impulsos telúricos e incontrolables de maximizar su placer y minimizar el
dolor, según el lenguaje propio de los utilitaristas. Ya no es relevante el
juicio sobre la conducta si ha sido buena o mala, éticamente correcta o
incorrecta.
El individualismo da origen al contrato social como fuente
de la convivencia entre los hombres y los estudios de la política se centran en
el diseño institucional de las estructuras del Estado y en el ordenamiento jurídico positivo.
A su vez, el individualismo de la concepción moderna origina
el liberalismo económico, que transforma al mercado en un mecanismo impersonal
de relaciones sociales. Los precios son la objetivación social de las
preferencias individuales. Ningún precio podrá ser llamado abusivo, ya que es
un dato social, no es asignable a decisión personal alguna. Y se completa el
análisis con la representación matemática de un mercado con un número infinito
de concurrentes, sin trabas estatales innecesarias, que por si mismo armoniza
las conductas e intereses individuales, como “si fueran guiados por una mano
invisible”. Este modelo matemático da origen a una situación social que se
denomina óptimo paretiano[19],
según el cual, nada se puede hacer para mejorar la situación de una persona sin
empeorar la de otra, cuando se dan los postulados de la competencia perfecta.
Más allá de consideraciones sobre justicia social, este enfoque adolece de
graves insuficiencias en el estudio de la realidad de la vida económica, donde
los fenómenos de cooperación social constituyen la clave que permite
explicar el progreso económico[20].
Desde muy pronto los excesos doctrinales y prácticos del
liberalismo engendraron respuestas que, por la propia lógica de los procesos
pendulares en la historia, pusieron el acento en la importancia de la vida
social, en las sociedades y las clases sociales, en las naciones, al alto
precio, en el caso del llamado socialismo científico, de prescindir de la
dignidad de cada persona, de cada familia, fuente y destino de toda la vida
social.
La respuesta por excelencia en el orden intelectual fue asumida por Karl Marx. La versión
práctica estuvo dada por los totalitarismos de cuño marxista, a partir del
Revolución bolchevique de 1917, y por el nazismo. Recién en 1989 se cierra ese
doloroso período de la humanidad, curiosamente 200 años después del estallido
de la Revolución Francesa, cuna de los esfuerzos utópicos por hacer vida de las concepciones
abstractas, propias de laboratorio. Como ocurre tantas veces en la historia,
los excesos de 1789 marcan a su vez una ruptura con el Antiguo Régimen y el
inicio de la modernidad y del reclamo eficaz de los derechos individuales, así
como la primera fase de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, de la
que hoy disfrutamos.
La primera guerra mundial dio una primera gran lección y
mostró el fracaso del liberalismo doctrinario. El optimismo del siglo XIX, con
la ilimitada confianza en el progreso de las ciencias y de la riqueza, con el
avance de un mundo internacional de respeto y equilibrios entre naciones y una creciente división internacional del
trabajo, sufrió un brusco quiebre en 1914.
En las últimas décadas del siglo XIX se asistió a una
exacerbación de los nacionalismos que dio lugar a crecientes tensiones entre
las grandes potencias para un efectivo reparto territorial de Asia y Africa, y
culminó en una inesperada y sangrienta guerra. Esta no tenía precedentes en
cuanto a su larga duración sin interrupciones, su encarnizamiento y el número
de víctimas civiles y militares. Muchas formas literarias de la primera
posguerra reflejan esa desazón y ese
período fue la cuna de los movimientos fascistas y neofascistas posteriores.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, se asiste a un
redescubrimiento más profundo de los derechos humanos, a una mayor conciencia
de los compromisos que engendran para todos los ciudadanos del mundo su
defensa, así como a la necesidad de una promoción del desarrollo como requisito
de la justicia y la paz mundial.
Además de la creación de la Organización de las Naciones
Unidas y del Fondo Monetario Internacional, se crean diversos organismos
multilaterales cuya finalidad es la promoción del desarrollo, mediante ayudas
financieras y la aspiración a mejores posibilidades de comercio. No siempre han
sido suficientemente eficaces, pero esas limitaciones ponen de manifiesto que
hacer el bien a otros no es sólo un problema de opción intelectual sino que
importa siempre un esfuerzo, el sacrificio de intereses individuales o
nacionales, al menos de corto plazo. Sin duda es más sencillo para las naciones
desarrolladas enviar remesas de dinero que facilitar el ingreso en sus mercados
de los productos de los países subdesarrollados. Pero existe una creciente
conciencia de estas hipocresías.
El progresivo desarrollo de los enunciados de la tercera
generación de derechos humanos muestra claramente el redescubrimiento de la
noción de bien común, superando así la noción inicial de los derechos humanos,
que ilusoriamente pasaba por alto los deberes consiguientes.
En una primera etapa, los derechos humanos tales como fueron
planteados en la Declaración de 1791 durante la Revolución Francesa, atienden a
la protección de las libertades civiles. Superar el Antiguo Régimen significaba
excluir la arbitrariedad del soberano y asegurar que cada ciudadano podía
circular, opinar y asociarse libremente.
Un segunda generación de derechos humanos que se va gestando
durante el siglo XIX y se afianza a comienzos del siglo XX, refiere a los derechos políticos. Los
ciudadanos por su condición de tales han de tener derecho efectivo a elegir
autoridades, a ser electos y a intervenir activamente en la gestión de la cosa
pública.
Finalmente, a partir de la culminación de la Segunda Guerra
Mundial aparece diversas profundizaciones en la concepción y enunciado de los
derechos humanos. Queremos referirnos a los derechos de la denominada tercera
generación, que se refiere a los aspectos económicos y sociales, tales como
educación, trabajo, protección de la vejez, acceso a la cultura, posibilidades
materiales de formar una familia digna, y otra larga serie de fundadas
aspiraciones que se corresponden con la
dignidad humana.
Esta profundización en las exigencias de la dignidad humana
nos lleva a plantear la importancia capital de una configuración y desarrollo
de la vida social que permita que cada uno, a través del esfuerzo que le
permitan sus cualidades y
circunstancias, vaya madurando humanamente y realizándose más plenamente como
persona. Estas exigencias nos remiten a la noción de bien común.
Nadie puede sensatamente considerar que un enunciado tan
vasto de aspiraciones pueda ser exigido formalmente al Estado. Es un reclamo
moral o programático, que resalta la conciencia de la dependencia de cada uno
de los miembros de la sociedad respecto de las demás personas e instituciones.
Estos derechos comportan las correspondientes obligaciones por parte de los
demás ciudadanos, según sus circunstancias y cualidades, y la respuesta que se
da a esas exigencias de los conciudadanos muestra su propia estatura moral. No
puede hablarse de un mundo mejor para cada hombre a partir de una vida en
solitario, y no puede hablarse de una vida social armoniosa, pacífica y
plenificadora a partir de la capacidad de exigir ante los tribunales estatales
la satisfacción de las legítimas aspiraciones mencionadas. El bien común, ese
conjunto de condiciones y situaciones que permite que los hombres puedan
realizarse como tales, exige respuestas cívicas libres, tanto a nivel personal
como de todas las instituciones sociales.
Hay conciencia de que el Estado del Bienestar se ha agotado.
Se percibe con claridad creciente que los derechos humanos sociales y
económicos no puedan ser exigidos a los Estados, si se observa el deterioro
social fruto de la burocratización y la presencia de crecientes problemas
presupuestales en todo el mundo. Más importante aun, es la percepción moderna
de que la dignidad humana se despliega sobre todo en la capacidad personal de
contribuir al bien común, de asumir el compromiso de vivir en sociedad, de
responder personalmente a las necesidades de otros individuos, de profundizar
libremente en el diálogo personal y social.
Un cambio cultural significativo de los últimos treinta años
es la creciente preocupación por la
ecología, que implica una gama muy amplia de problemas. Estos se extienden desde el interés por la contaminación
acústica de las ciudades, la contaminación de ríos y arroyos, el recalentamiento
de la tierra, hasta la preservación de los recursos materiales hoy
imprescindibles para la vida, recursos de los que quizá las generaciones
futuras no dispongan en cantidades
suficientes.
De este modo, la responsabilidad de la generaciones actuales
por las futuras ha crecido, y se intenta tomar las medidas correspondientes a
esta mayor conciencia pública. Somos capaces hoy, de advertir que estamos
frente a un deber, a una obligación de solidaridad con los que aun no han
llegado a la existencia, y que
enfrentarán unos problemas que no son motivo de preocupación para quienes
habitan la tierra en el presente. Esta responsabilidad intergeneracional
alcanza una dimensión internacional y desborda la tradicional preocupación en
el ámbito de la familia por los hijos y los nietos.
Es imprescindible buscar las razones por las que la mayoría
de los economistas parecen permanecer intelectualmente ciegos a las
preocupaciones de la humanidad actual. Los planteos más habituales centran
exclusivamente su interés en las necesidades de la inversión y el
consiguiente cuidado por las inversiones
de las grandes compañías. Se pone el acento en el respeto de las leyes que se
han dado las empresas a si mismas a través de contratos libremente firmados y a
la libre circulación de capitales por todo el mundo, sin restricciones ni
impuestos para no alterar la eficiente asignación de recursos a nivel mundial.
En estas propuestas, late la convicción de que, si el diseño inicial de las
instituciones es el adecuado, el bienestar social y económico es una
consecuencia necesaria. Todo intento de acelerar o perfilar la evolución
desemboca en una interferencia perjudicial[21].
Nadie es capaz de negar la importancia de la libre movilidad
de los capitales y del respeto de los derechos de la inversión extranjera, de
la necesidad de la continuidad de las reglas de juego de toda economía y de los
equilibrios fiscal y monetario, como imprescindibles para contribuir al crecimiento económico
mundial. Pero sorprende el sesgo de los análisis. Es pobre la insistencia
académica en la absurda asimetría en la circulación mundial de los bienes en el
comercio internacional, por la que se frena el acceso a los mercados de países
desarrollados por parte de los países más pobres. A pocos escandaliza, que
centenares de miles de millones de dólares sean dedicados en Estados Unidos de
Norteamérica y Europa a los subsidios agrícolas, cercenando así las
posibilidades de una globalización comercial a la que los países del tercer
mundo podrían incorporarse más eficazmente. Por el contrario, buena parte de
los países subdesarrollados han perdido sistemáticamente en las últimas décadas
posiciones relativas.
Tampoco ha de dejar de mencionarse, si deseamos continuar
razonando en términos exclusivamente económicos, las limitaciones existentes a
la libre circulación de personas, que permitirían en forma más rápida una
mejoría en la condiciones de vida del tercer mundo. Y no solo para los
emigrantes que se incorporan a los mercados
de trabajo en los países desarrollados, sino para sus familias en los países de
origen, ya que las estadísticas mundiales muestran la importancia de la
solidaridad de los emigrantes. El Banco Mundial ha estimado que las remesas
enviadas a sus países por quienes han tenido que emigrar por razones
económicas, superan ya los 100 mil millones de dólares.
Si por un instante volvieran a la existencia Adam Smith y
David Ricardo tildarían seguramente como parcial la libertad económica que hoy
se defiende. Porque sin duda se defienden libertades parciales. No podemos
olvidar que, las enormes migraciones del siglo XIX y la libertad del comercio
agrícola sentaron las bases, no solo del progreso de los países periféricos
sino que constituyeron la tabla de salvación de muchos países de Europa depauperados
por las guerras civiles, los conflictos políticos y religiosos y los
desequilibrios sociales de la Revolución Industrial en la Europa del Sur.
Sería muy sencillo, pero falso, asignar intenciones
perversas a esas negligencias de una parte significativa de la academia
económica, si bien pueden amparar en muchos casos cierta comodidad y la
justificación de conductas que prescinden de las necesidades perentorias y
urgentes de otros ciudadanos del mundo. Es comprensible que, una postura
intelectual que justifique la ausencia de responsabilidades personales o la de
los países más desarrollados, atribuyendo además a las intervenciones consecuencias malsanas, dé pie a una pacífica
comodidad[22].
Entiendo que, en muchos casos, la razón de esa negligencia
se funda en una preferencia excesiva en los análisis económicos por los métodos
matemáticos. Estas construcciones lógicas tienen el enorme atractivo de su
coherencia interna, al punto de que pierde importancia su correspondencia con los fenómenos reales. Toda construcción
lógica es un desarrollo intelectual que se elabora a partir de ciertos
postulados básicos. Hay casos en que el encanto por el modelo elaborado, al
chocar con la ausencia de vínculos de sus postulados con la vida real, lleva a
pensar que se ha de modificar la realidad. De ese modo, los postulados de la
construcción llegarían a ser reales y
los modelos representarían perfectamente la realidad.
Parece imprescindible la pluralidad metodológica para el
progreso de la ciencia económica, de modo de conjugar sus dimensiones teórica y
práctica[23].
Unas palabras de Lionel Robbins, catedrático de la London School of Economics
durante más de treinta años, ilustran claramente esta necesidad: “Debemos estar
preparados para estudiar no solo los principios económicos y la economía
aplicada; debemos estar preparados para estudiar también muchas otras
disciplinas. Debemos estudiar filosofía política. Debemos estudiar
administración pública. Debemos estudiar derecho. Debemos estudiar historia, la
cual, aunque no da reglas para la acción, dilata nuestro espectro de
posibilidades. Debería afirmar, además, que también debemos estudiar las obras
clásicas de literatura, preciosa herencia en la que se expresan las mejores
experiencias y aspiraciones de la raza; un hombre puede aprender más cosas
relevantes al estudio de la sociedad de los grandes dramaturgos y novelistas
que de cien libros de psicología, por más valiosos que ellos sean a veces”[24].
Al analizar más
adelante el núcleo de la economía hoy ortodoxa - el modelo neoclásico del
equilibrio general -, veremos que la multiplicidad infinita de los actores en
todos los mercados y la naturaleza estocástica de los contactos entre los
actores, corresponden a un sector relativamente limitado de la vida económica
real.
No se puede olvidar,
además, que siempre cuesta ir contra corriente. Los principales centros
académicos nutren de investigadores y directivos a las principales
organizaciones económicas internacionales, así como a los organismos
multilaterales de crédito. A su vez, esos organismos económicos rigen la ayuda
a los países menos desarrollados, aquejados ya de cuantiosas deudas. Más aun,
las fuentes de empleo para muchos economistas están en las diversas oficinas de
esos organismos o en las dependencias estatales de los países subdesarrollados,
que deben mantener un diálogo eficaz con los organismos internacionales. La
expresión “Consenso de Washington”[25]
refleja esta realidad y la dificultad para un pensamiento económico más
independiente. Se podría decir que ninguna de las afirmaciones del Consenso de
Washington es errónea, pero son muchas las cosas que olvida más o menos
conscientemente, o que menosprecia o no
toma en cuenta[26].
La falta de diálogo con la sociología y la antropología
social no solo ha redundado en una insuficiencia de la investigación económica,
sino que ha generado algunas formas de totalitarismos culturales en algunos
economistas. Paradójicamente, si bien se atribuye y con razón a Marx un intento
de explicación de los fenómenos sociales, políticos, culturales y religiosos, a
partir de los hechos económicos, es decir, de la evolución de las fuerzas productivas, algo similar ocurre hoy con
ciertos análisis.
La estatura intelectual y moral del Premio Nobel Frederik
Von Hayek, crece sin duda conforme pasa el tiempo. Su clara respuesta, casi en
solitario en el ambiente académico, a los constructivismos sociales que
diversos totalitarismos llevaron adelante durante buena parte del siglo XX,
hace difícil criticar algunos aspectos de su pensamiento o al menos de las
interpretaciones de que ha sido objeto. Pero se puede afirmar que peca de
optimismo respecto de las virtualidades de la libertad, entendida como
espontaneidad; una espontaneidad de algún modo regida por leyes similares a las
estudiadas en la biología. De ahí, que algunos autores califiquen sus estudios sobre
las instituciones, la economía y el derecho, como neoinstitucionalismo
evolucionista. “Von Hayek hizo expresa referencia a la tradición filosófica
escocesa del siglo XVIII, proponiéndose a sí mismo como intérprete y seguidor;
el llegó así a la formulación de una especie de ‘propuesta de mano invisible
generalizada’. El argumento central es que, no sólo en el campo de la acción
económica, sino en el amplio espectro de la acción social, la libre interacción
entre individuos desarrolla reglas de comportamiento y mecanismos
institucionales que conducen a la obtención del orden político y el progreso
económico de la sociedad”[27].
De modo similar,
la lectura de la brillante y clara obra de Douglass C. North, sobre las
instituciones, el cambio institucional y el desempeño económico[28],
sugiere al lector la necesidad de un
diálogo más profundo de los economistas con la antropología filosófica y
cultural y con la historia. Quizá la insuficiencia no se deba a los
economistas. El enorme desarrollo del
pensamiento económico no ha sido acompañado por la suficiente apertura
de la historia de la cultura a los hechos económicos. También es reciente el
renacer de la filosofía práctica, del interés filosófico por la acción humana,
en muchos casos de la mano del retorno a Aristóteles[29].
Asimismo, se asiste a un enorme desarrollo de la teoría de
los juegos, con profusa utilización de lenguaje matemático, para intentar
explicar en muchos casos cómo es posible la cooperación social y el
cumplimiento de las reglas de la vida social, en el supuesto de que todos los
individuos buscan siempre su propio beneficio, sin consideración expresa del
posible bien de los demás o de la sociedad como móviles de conducta[30].
Constituyen planteos muy similares, a los realizados por Hobbes y Locke, salvo
en el uso de algunos términos que no corresponden a esa época.
El núcleo fuerte del pensamiento económico académico
ortodoxo está constituido por la síntesis neoclásica, centrada en la
racionalidad instrumental de los agentes, la competencia perfecta , el
equilibrio general y el óptimo paretiano[31].
La formulación matemática de una serie de ecuaciones que
reproducen simplificadamente todo el sistema económico, tiene una brillantez
que sin duda produce embelesamiento, y alcanza su clímax en los años
cincuenta cuando Debreu demuestra las
condiciones matemáticas básicas que se exigen para que tenga lugar el
equilibrio de todo el sistema[32].
Pareto demostró que,
en condiciones de competencia perfecta, tenía lugar un óptimo. Esto significaba
que ningún consumidor podía obtener una mejoría de sus satisfacciones sin
perjudicar a otro miembro de la sociedad. De igual forma, ninguna empresa podía
mejorar sus beneficios, sin dañar el beneficio de otra. Todas estas
afirmaciones suponen una asignación inicial dada de recursos a todos los
agentes económicos. Toda injerencia en el funcionamiento del mercado
significaba alterar su eficiencia. No se negaba que las asignaciones iniciales
pudieran ser muy dispares o injustas. Pero era seguramente inconveniente toda
alteración de la libertad de funcionamiento de los mercados. Técnicamente, la
alternativa era redistribuir la riqueza inicial entre todos los agentes ,
riqueza consistente en dotes naturales, recursos económicos, formativos y en
educación. Sin duda una revolución, cuya sola
posibilidad aterra por utópica.
Mencionaremos algunas
de las características del modelo económico que nos interesa para las
consideraciones que siguen. Por una parte, un infinito número de actores que se
relacionan estocásticamente en el mercado, con nula probabilidad de
reencuentro. Este tipo de mercado se da en el intercambio de productos finales
de consumo, propiamente los que se encuentran en un supermercado. No es una
aproximación a la realidad de las relaciones entre las empresas, ni tampoco a
las empresas mismas. El grueso del valor económico se genera en las empresas
donde confluyen durante muchas horas las mismas personas, individuos que
conviven durante años. De modo similar, un factor clave del buen funcionamiento
económico de una sociedad está dado por los eslabonamientos empresariales, es
decir, las relaciones de cada empresa con sus proveedores y abastecedores, así
como con los canales de distribución. El creciente desarrollo de la “Economía
de la Organización” comienza a dar cuenta de este campo de la actividad
económica.
Más importante para nuestro propósito, es destacar que el
modelo neoclásico parte de un absoluto individualismo entre las consecuencias
económicas de las acciones de cada actor económico. Se supone que toda acción
implica un costo o una disminución de satisfacción, que recae exclusivamente
sobre el propio agente. Del mismo modo, cada agente económico es quien recoge
todos los beneficios derivados de su actividad económica. Este supuesto permite
concluir que la suma de los beneficios individuales constituye el grado del bienestar
social. Si cada individuo maximiza su bienestar individual, maximizamos el
bienestar colectivo. Sin embargo, el fenómeno denominado externalidades, sobre
el que abundaremos, es de una importancia capital. Es decir, cuando se lleva
adelante una actividad se afecta favorable o desfavorablemente a otros,
ocasionando daños por los que no se paga y beneficios por los que no se cobra:
externalidades negativas y externalidades positivas.
Es información reiterada en la prensa la referencia a la
contaminación ambiental. Si una empresa contamina el agua de un río con sus
residuos produce un daño a sus vecinos por el que no paga. Genera un costo por
el que no paga. En otras palabras, no todos los costos en que incurre la
empresa son privados. Puede producir un daño a los vecinos que no se toma en
cuenta a la hora de evaluar sus costos y decidir su actividad. En estos casos,
la suma de las racionalidades individuales y sus ajustados cálculos no da lugar
a una armonía social, en términos de racionalidad u óptimo social.
Quienes se apegan al mercado como única fuente de asignación
de recursos afirman que, en los casos de externalidades negativas, si los
derechos de propiedad están bien definidos y no hay costos de transacción, se
alcanzan soluciones óptimas[33].
Sería posible que los vecinos se pusieran de acuerdo con la empresa y llegaran
a un acuerdo que beneficiara a ambos. El supuesto más fuerte es la ausencia de
costos de transacción o negociación. La complejidad creciente de la vida social
y el creciente número de actores en cada instancia social, no permiten
construir sobre ese supuesto. Si a las peculiaridades temperamentales, se agrega
una exacerbación de los derechos individuales, con escasa atención a los
deberes personales, los costos de transacción llegan a ser muy altos.
La clave para que los modelos de competencia perfecta
funcionen eficazmente, es que cada agente tome en cuenta todos los costos y
beneficios de su decisión. En esas situaciones, la suma de los beneficios
individuales da lugar al total del beneficio social. Suele considerarse que todos los costos y
beneficios son privados. La tendencia de la literatura económica es a reconocer
la existencia de externalidades negativas, como es el caso de la contaminación.
Su solución suele ser o la prohibición de la actividad si la contaminación es
muy grave, o el pago de un impuesto de modo que el Estado con el importe del
mismo reembolse a los vecinos por el daño sufrido.
Sin embargo, lo más grave es olvidar la importancia de las
externalidades positivas, fundamento económico de la cooperación y del
desarrollo, lo que se alcanza a través de la apertura de nuevos mercados, de la
difusión de los efectos de las mejoras tecnológicas y de la formación del
capital humano. Aun hoy en los libros de texto se introduce el tema de las
externalidades positivas, planteando los beneficios de la polinización que
produce en una granja, la colmena del vecino. Un ejemplo trivial, aunque
permite introducir el concepto.
Dice muy claramente
Enrique Gagliardi refiriéndose a estos temas: “Los estudios más modernos del
crecimiento económico sugieren que la acumulación de capital y la capacitación
de la mano de obra tienen un alcance muy superior al que mide el modelo de
Solow. La idea central que maneja estos estudios es que tanto la inversión en
capital físico como la inversión en capital humano generan externalidades
positivas. Eso significa que las inversiones no solamente incrementan la
capacidad productiva del agente que las realiza, sino que también afectan de
manera positiva la capacidad de generar producción y conocimientos por parte de
otras empresas y otros trabajadores. Cuando una empresa asume un
emprendimiento, otras empresas de la misma rama aprovechan el nuevo
conocimiento, y se produce una difusión de las tecnologías y conocimientos a la
largo y ancho de toda la sociedad, que va más allá de la esfera de la propia
empresa que originalmente invierte”.
“Durante la década de los años 1980, los trabajos de los
economistas como Robert Lucas, Paul Romer, Robert Barro y Xavier i Sala , han
contribuido a revitalizar la teoría de crecimiento, cuyo desarrollo se había
estancado durante la década anterior. Robert Lucas ha enfatizado la importancia
de las inversiones en capital humano para explicar el crecimiento, en tanto
Paul Romer ha sostenido que la verdadera contribución del capital físico al
crecimiento del producto es mucho mayor de los que sugieren las mediciones
tradicionales, si se toman en cuenta las externalidades positivas”[34].
La misma inversión física que incorpora nuevas tecnologías
genera un aprendizaje en la empresa que la realiza, learning by doing, que tiende luego a propagarse por el resto de la
economía como desbordamiento del conocimiento, knowledge spillovers[35].
Esta mejora en los rendimientos de otras empresas que no han pagado por ese
progreso tecnológico es una manifestación de externalidades positivas,
característico de un proceso de crecimiento dinámico.
Este desbordamiento se produce de muchas maneras. En muchos
casos por imitación y copia, y en otros por natural circulación de personal
operativo y directivo entre las empresas. Esta característica del capital
humano hace que la falta de un espíritu cooperativo por parte de los empresarios
perjudique al conjunto. Más aun, una mejora en la capacitación de las personas
- que significa siempre un crecimiento personal y el aumento de sus ingresos -
debe ser enfrentada en parte por las empresas como su contribución a la
formación de un capital colectivo que es necesario desarrollar. Al actuar todos
o una mayoría en el mismo sentido, se genera una sinergia provechosa. Este
capital beneficiará a todos y se facilitará una actitud cooperativa. Las
empresas así orientadas contribuirán a la formación del personal, evitando las
nocivas consecuencias de una actitud de prevención excesiva de comportamientos
oportunistas o parasitarios.
El liderazgo implica la capacidad de dar un primer paso, de
iniciar un proceso de confianza derivada de la interacción positiva. Quien da
el primer paso arriesga. Por eso, quien tiene prestigio tiene más
posibilidades, y las consiguientes responsabilidades de iniciar los procesos
que encaminen hacia la unidad de la organización, tal como lo
denominaba el profesor Pérez López [36].
“La beneficiosa dispersión del progreso tecnológico por toda
la economía obedece al carácter no rival de la tecnología. Ésta, por su propia
naturaleza, puede ser usada por muchos a
la vez sin mengua de su eficacia. Más aún, si la experiencia es mayor se enriquece la
virtualidad de la nueva tecnología. Buena parte del progreso tecnológico no es
excluible (en el sentido que tiene la propiedad y uso de un objeto, como un
lápiz, cuyo uso solo corresponde a una única persona en un mismo instante). Muchos
aspectos del progreso tecnológico no se pueden asimilar a procesos mecánicos o
químicos patentables, sino que implican formas de organización del trabajo,
nuevos hábitos y conocimientos del personal directivo y del operativo. A veces,
la empresa innovadora genera nuevas formas de distribución o de relacionamiento
con clientes o proveedores, que pueden ser fácilmente imitables”[37].
Uno factor de progreso es, sin duda, el desarrollo y
profundización de los mercados. Y es un aspecto importante de la generación de
externalidades positivas de la actividad empresarial. Los mercados no surgen
espontáneamente cuando hay oferentes y demandantes, ya que estos pueden solo potencialmente. El desarrollo de un
mercado lleva tiempo e implica un cúmulo de normas escritas y no escritas,
formas de comportamiento y conocimiento
de los demás actores. Desarrollar un mercado tiene un costo para todos los
actores iniciales, y una vez consolidado favorece a todos los actores que se
incorporan. Una de las limitaciones de los países de menor desarrollo relativo
es, precisamente, la inexistencia o el insuficiente desarrollo de los mercados,
tanto en el comercio de bienes y servicios como en la movilización del capital.
Los empresarios llegarían más lejos en su contribución al desarrollo si tomaran
en cuenta esa tarea de inversión – para sí y para la economía en su conjunto -,
que implica el desarrollo de los mercados. Es conveniente para el conjunto de
empresarios del sector cooperar en el desarrollo de los mercados, porque se
consiguen mejores resultados con un entorno favorable a los negocios y mercados
más fluidos.
El esfuerzo y el tiempo que implica desarrollar un mercado
puede advertirse en los mercados de crédito. Estos exigen por parte de los
prestamistas no solo el estudio de proyectos, sino abundante información sobre
la trayectoria personal de muchas personas, trayectoria que revela el carácter
de las mismas y la cultura de sus empresas, su confiabilidad, su respuesta comprobada ante las dificultades y
su tenacidad. Un mercado maduro es un capital social y económico muy valioso,
cuyo desarrollo exige tiempo e implica un conocimiento de las personas que no
puede sustituirse con un estudio “técnico” de los proyectos. Este tipo de
mercado muestra que, su existencia no es mero fruto de la
presencia de agentes que quieran comprar un bien o servicio y de otros que los
provean, sino que ha de ser desarrollado inteligentemente por estos agentes.
Merece una consideración especial la importancia del
comercio exterior para los países de
menor desarrollo relativo. Estos se caracterizan por vender al exterior unos
pocos productos, en general “commodities” con escaso valor agregado[38].
Los innovadores que dan a conocer no solo los productos del país sino al mismo
país, asumen unos costos que beneficiarán a los imitadores. Este ejemplo pone
de manifiesto un campo muy claro en el que la cooperación entre empresarios
competidores implica no solo un beneficio o provecho directo para ellos, sino
un beneficio colectivo que no puede incluir completamente en sus cálculos
económicos.
Externalidades y capital social
La conciencia de que las buenas acciones individuales
significan bienes para otros, de la misma manera que las acciones de los demás
nos reportan beneficios, es la fuente material de la cooperación social. A
nadie escapa que los maravillosos progresos de la Humanidad en todos los campos
obedecen a una acumulación, desbordamiento y participación de avances y
descubrimientos humanos en otras épocas o latitudes. Transformar esa conciencia
en una vida social organizada es lo que constituye la civilización.
Pocos niegan la afirmación de los pensadores griegos de que
el hombre es un ser social por naturaleza, un animal político. No es concebible
el hombre fuera de su entorno social. Y es indudable que, dado que ningún
hombre se puede desarrollar en solitario tanto desde el punto de vista intelectual como en términos físicos y
psíquicos, es también indudable la consecuencia: que existen obligaciones y
deberes de los hombres entre sí, así como de la sociedad en su conjunto hacia
los individuos. Siempre ha sido ejemplo paradigmático de esos deberes los que
poseen los padres hacia los hijos y los que se tienen hacia los enfermos y los
ancianos.
Las llamadas virtudes sociales, como el respeto mutuo, el
cumplimiento de la palabra dada, la solidaridad, el sentido del trabajo
profesional como un deber en el ámbito de la sociedad, tienen inexorablemente
consecuencias económicas.
En todas estas elucubraciones sobre la importancia de los
valores y las actitudes personales, subyace una experiencia muy común en la
vida diaria y concretamente en la estudiantil. Me refiero al fenómeno del
parásito o “free rider”. En todo grupo de estudio o constituido para un trabajo
o una investigación –en la vida real todas las empresas son como grupos de estudio- hay algunos que trabajan
más y otros menos. Tener un buen grupo de estudio significa que todos trabajan
fuerte y se complementan con sus capacidades y aptitudes. Cuando hay buenos
grupos de estudio se rinde más. Algo similar ocurre en la vida económica.
Antropológicamente, el problema se plantea en los siguientes
términos: ¿cuáles son las fuentes de la
cohesión o armonía social?. Sin duda, las leyes jurídicas que establece en una
sociedad la autoridad legítima constituyen un marco básico; éste tiene por finalidad facilitar la vida social y castigar los
más graves incumplimientos. Siendo
necesario el derecho, no es en modo alguno suficiente. Se suele afirmar que las
virtudes de los ciudadanos, su facilidad
para comportarse bien y hacer el bien de modo habitual son la fuente o
clave de la armonía social. El profesor Leonardo Polo afirma que la ética es el
“conectivo” social[39].
Del mismo modo, la economía de mercado constituye una lógica
por la que cada uno es respetado en
función de su capacidad de llevar adelante actividades por las que obtiene de
los demás un ingreso voluntario o por la riqueza que posea. En forma
simplificada diríamos que el que no tiene dinero no tiene derechos. Es un lógica
útil para impulsar a todos hacia el esfuerzo, evitando holgazanes y parásitos.
Seguramente, también, de ella se derive
un empeño y una actitud innovadora de
los ciudadanos que redunda en progreso económico. Pero, es indudable que no es
suficiente, y que son necesarias redes de seguridad. Más aun, el mismo
funcionamiento eficaz del mercado, y los intercambios eficientes, se ven
potenciados por las virtudes sociales de una sociedad. El resorte último de la
armonía eficaz de la economía es también la ética, y, justamente, la
constatación de esta realidad es lo que ha dado lugar a la noción de capital
social.
Dicho en términos antropológicos, más que en el miedo al
castigo y al hambre, se debe buscar la
raíz de la pacífica y fructífera vida social en el sentido de responsabilidad,
en la conciencia de que se tienen compromisos, haciendo de su cumplimiento la
fuente del desarrollo personal.
La fuente material de la existencia del capital social como
factor de crecimiento económico radica en la existencia de las externalidades
positivas. Es muy claro en este punto el profesor Dasgupta[40].
Por estos motivos, la
resistencia a comprender las responsabilidades sociales de la empresa implica
cierto anacronismo. Un reciente editorial de “The Economist” es muy ilustrativo:
“Hoy, a todas las compañías, especialmente las grandes, se les exige desde
todos lados a preocuparse menos de los beneficios y ser en cambio socialmente
responsables ... (Los abogados de la responsabilidad social corporativa
argumentan) que la búsqueda del beneficio puede ser una lamentable necesidad en
el mundo moderno, pero el problema es que los beneficios de la empresa privada
van exclusivamente a los accionistas. ¿Quién se preocupa del bien común? ... (y
responde el editorialista) Eso es equivocado. ...La búsqueda egoísta del propio
beneficio sirve a los propósitos sociales. .... Hay mucho para decir sobre la
responsabilidad de los gobiernos y su política social y económica. Ellos, en
definitiva, deben responder ante sus electores. Los gerentes no tienen tiempo
para tales emprendimientos[41]”.
Hay en las precedentes afirmaciones medias verdades y
gruesas confusiones. Los hombres libres son responsables de sus actos. Los
comportamientos de las empresas influyen en los niveles de vida, en el progreso
tecnológico y social, en la vida diaria de los millones de personas que
trabajan en ellas, condicionan fuertemente sus vidas y las de sus familias. Las
empresas en un mundo libre tienen un influjo poderoso en la sociedad y son
responsables de las consecuencias de sus actos. ¿No muestra la existencia de
importantes externalidades que todo agente económico tiene el deber moral de
mirar más allá de las consecuencias inmediatas que se traducen en ingreso o
egreso de dinero?
Además, ¿es exclusivo de las empresas de negocios buscar
beneficios? ¿Hay motivos que expliquen que esa motivación sea tan absorbente
que no quede tiempo para otra preocupación? El beneficio es un excedente de los
ingresos sobre los egresos. Sin él, no hay pagos a los accionistas y sobre todo
no hay posibilidades de inversión, de crecimiento, de innovación tecnológica,
en definitiva, de supervivencia de la empresa. Lo mismo ocurre con el creciente
campo de las actividades del llamado sector social, o de las organizaciones
sociales. Si los ingresos no exceden los egresos, las instituciones
desaparecen. Si no se genera un excedente que permita invertir en capital
físico y humano, en investigación, todas las actividades sin fines de lucro
tienden a desaparecer.
Otro tanto ocurre con el Estado. Uno de los males
contemporáneos es considerar que el Estado puede tener egresos superiores a sus
ingresos. No es así, el Estado debe invertir y debe tener excedentes que den
seguridad, como es el caso de la tenencia de reservas internacionales y la
capacidad de desarrollar políticas anticíclicas.
¿Acaso sólo las empresas de negocios sufren la presión de la
competencia, al punto que pierdan la energía suficiente para percibir las
consecuencias de sus actos?
Todos los actores del sector social compiten sin duda por
los aportes de los ciudadanos, porque proveen servicios que producen un
beneficio que va más allá del usuario inmediato. Es necesario brindar un buen
servicio, darlo a conocer, tener una buena imagen, conocer las técnicas del
marketing. Son muchas las instituciones de este tipo y los donantes son siempre
escasos. La presión de la competencia también actúa sobre este sector, y no hay
motivos para que eso justifique una disminución de la calidad de su servicio,
sino más bien lo contrario.
En este mismo escenario, compite el Estado por los fondos.
En el mundo actual, democrático y con creciente demanda de transparencia, la
potestad tributaria tiene sus límites y la pobreza de los servicios prestados
pone mucha presión sobre los actores políticos, que huyen del escarnio público
o simplemente de la no reelección.
La única diferencia entre estos tres sectores es que
producen diferentes tipos de bienes, lo que implica además diferentes formas de
financiarse. Las empresas de negocios producen bienes privados, y su venta en
el mercado reporta ingresos a la empresa
. Cada cliente paga por lo que espera encontrar en el bien que compra. El
consumo de los bienes privados produce externalidades que pueden
menospreciarse. Pero la generación del valor por parte de la empresa implica en
términos del entramado empresarial, de la formación del capital humano y
social, importantes consecuencias sobre
la vida social y personal. Éstas no son suficientemente tomados en cuenta en
los estrictos cálculos del mercado sobre costos y precios.
Las instituciones del sector social producen bienes
sociales, comunes o semipúblicos. El pago obtenido por la venta de esos bienes,
abonado por los usuarios directos, es insuficiente para financiar su producción
en forma sustentable. Así, la buena
salud y un mejor nivel educativo no solo benefician a quienes disfrutan de esa
situación, sino que reporta beneficios al entorno. Es difícil estar sano si hay
una epidemia nacional. Más aún, una mejor formación profesional no solo
proporciona mayores ingresos al que ha accedido a ese nivel, sino que trae
ventajas para un mejor funcionamiento de las empresas y para el mismo
crecimiento económico de la sociedad toda. Por eso se solicita ayudas y se
compite por los fondos que los ciudadanos desean aportar para cubrir intereses
como el progreso de la ciencia y el arte, el patrimonio artístico de un país,
la educación y protección de los menos favorecidos por la naturaleza y la
historia, la conservación y fortalecimiento de los valores éticos y
espirituales, o el mismo desarrollo de los deportes.
El Estado produce bienes públicos, cuyo beneficio genera un
impacto absolutamente colectivo, sin posibilidades de cobro individual alguno.
El disfrute de la seguridad y de una buena administración de justicia, no puede
ser financiado con pagos a cada beneficiario de un intervención policial o
judicial. Por eso el financiamiento es compulsivo a través de impuestos. Y por
eso cuando el sector social provee de servicios de una relevancia social muy
marcada, el Estado aporta fondos o exonera parcialmente de impuestos a las
donaciones que las empresas de negocios realizan a esos emprendimientos
sociales.
Empresariado y capital social
Entendemos que una de las claves del capital social está
constituida por las aptitudes y cualidades del empresariado. Una referencia a
una concepción moderna de la empresa facilitará la comprensión de esta
afirmación.
La función directiva abarca tres áreas de actividad:
estratégica, ejecutiva y de liderazgo. Las actividades estratégicas que tienden
“al logro de los buenos resultados en el plano de la eficacia de la
organización, suponen descubrir
oportunidades en el entorno que permitan generar un alto valor agregado
producido por las operaciones de la organización. Se trata de encontrar un
producto vendible. Las oportunidades suelen estar ahí, no las crea el
directivo. Sin embargo, el concebir una situación real, que todos estamos
viendo como oportunidad, supone ver ciertos aspectos de la realidad que suelen
pasar inadvertidos a la mayoría de las personas .... Vemos, pues, que un empresario
estratega es aquella persona capaz de aprovechar las oportunidades que se dan
en su entorno para hacer negocios. Normalmente decimos que esa persona es un buen negociante. Cualquier directivo de
empresa debe poseer esa dimensión de estratega, al menos en un cierto grado....
El talante ejecutivo de un directivo implica la capacidad de descubrir los
talentos y las habilidades de las personas que dirige. Para ello, es capaz de
aprovechar el impulso que suponen las motivaciones internas de esas personas a través
de un diseño de tareas que apele a ese plano de motivación... Llega a discernir
capacidades potenciales para hacer cosas en personas que ignoran que las
poseen, y es capaz de estructurar y repartir las tareas de modo tal que ese
producto vendible sea también producible ...El talante ejecutivo entraña una
extraordinaria habilidad para comunicar objetivos difíciles a gran número de
individuos, e incluye una profunda percepción tanto de las debilidades como de
los aspectos positivos de los seres humanos concretos. ... El directivo
ejecutivo es capaz de conseguir logros significativos en esa dimensión de la
organización que hemos llamado atractividad...
El liderazgo de un directivo es lo que le impulsa a preocuparse no tan sólo de
que se hagan ciertas cosas que convienen a la organización para que sea eficaz.
Tampoco le basta con que esas cosas sean más o menos atractivas para las
personas que han de realizarlas. Busca, sobre todo, que las personas
desarrollen todo su potencial y que interioricen la misión de la organización.
El líder trata de mantener y hacer crecer la unidad de la organización y, por ello, está preocupado por
problemas tales como el desarrollo del sentido de responsabilidad en su gente,
que sean capaces de moverse por el sentido del deber y otros similares. Intenta
,en definitiva, enseñar a quienes dirige, a valorar sus acciones en cuanto
éstas afectan a otras personas. Para ello, ese producto vendible y producible
tiene que ser también útil, de modo tal que satisfaga necesidades reales de los
clientes .... Así como la dimensión estratégica y la ejecutiva implican ciertas
capacidades naturales en el sujeto que podrán ser perfeccionadas a través de
procesos educativos, la existencia y el desarrollo de la dimensión de liderazgo
dependen únicamente del propio individuo. Los líderes no nacen. Llegan a serlo
a través de sus esfuerzos personales en un proceso en el que van adquiriendo
esa difícil capacidad de moverse por los demás trascendiendo su propio egoísmo”[42].
El progreso social exige emprendimientos que toman tiempo. A
lo largo de su ejecución, las posibilidades de oportunismo son permanentes y se
sostiene el empeño si la actitud es de cooperación. Esta requiere la confianza
entre los actores, por eso su existencia es considerada la base del capital
social. Pero la confianza se genera poco a poco. Cada uno da un paso al
cooperar y la respuesta correspondiente de los demás estimula a arriesgar, a
dar un paso más. Como los empresarios por la naturaleza misma de su actividad
acometen emprendimientos que exigen tiempo, su capacidad de generar confianza -
de fortalecer las empresas a través de una mayor unidad -,constituyen la clave
necesaria para un clima de cooperación social, que es la definición misma de
capital social.
Cobra especial importancia el capital empresarial como parte
fundamental del capital social, si analizamos los problemas del desarrollo y
los recientes estudios sobre la formación y fortalecimiento de las cadenas
productivas
CEPAL ha llevado a cabo estudios sobre diferentes
encadenamientos productivos en América Latina como el cluster chileno del
salmón, el azúcar en el valle de Cali,
de la alpaca en Perú y docenas de estudios similares. Agrego algunas páginas de
esos estudios:
“El trabajo seminal de Porter acuño el término “cluster” para designar concentraciones
geográficas de empresas especializadas, cuya dinámica de interacción explica el
aumento de la productividad y eficiencia, la reducción de los costos de
transacción, la aceleración del aprendizaje y la difusión del conocimiento
....Se desarrollaron otros tantos conceptos (cadenas productivas, sistemas
productivos locales, redes, filières, arranjos, sistemas locales de
innovación ) muchas veces para captar mejor ciertos fenómenos inherentes en
casos prácticos.
En América Latina las configuraciones productivas
muchas veces exhiben un patrón de
evolución poco satisfactorio. Tienen dificultades para incorporar eslabones de
mayor valor agregado y se especializan en actividades de poca productividad....
En cuanto al interrogante acerca de por qué las
configuraciones en América Latina no exhiben con frecuencia un patrón de
evolución satisfactoria, la respuesta debe buscarse,...., en la insuficiente
calidad e intensidad de la interacción entre las firmas. La formación de un
sistema de interacciones entre empresas y entre estas y su entorno económico e
institucional genera ventajas competitivas que ninguna empresa podría alcanzar
aisladamente.
Entre las ventajas que la colaboración económica
entre empresas independientes ofrece, se pueden mencionar la reducción de
costos por la compra de insumos entre grandes cantidades, el acceso a mercados
con grandes volúmenes de demanda (como por ejemplo exportaciones o grandes
cadenas comerciales), la incorporación de tecnologías, la aceleración del
proceso de aprendizaje a través del intercambio sistemático de experiencias, de
la ampliación de la red de contactos y de la especialización de los proceso
productivos entre otros.
El mercado, por otra parte, no garantiza el
surgimiento espontáneo de estos sistemas de relaciones entre empresas, ya que
la suma de los costos de información y coordinación y la habitual desconfianza
con que los empresarios miran la posibilidad de encarar proyectos conjuntos con
sus pares limitan la posibilidad de valorar los potenciales beneficios
derivados de los esquemas asociativos y los costos de aprendizaje que las
empresas tendrían que enfrentar para ajustar sus rutinas establecidas a los
requerimientos del trabajo asociativo”[43].
Resulta muy provechoso para una mejor comprensión de
la responsabilidad social de los empresarios, incluir las conclusiones de esos
estudios:
“El conjunto de iniciativas que buscan crear una
capacidad de articulación estratégica entre agentes interesados en mejorar la
productividad de determinada actividad económica en determinado lugar
geográfico abarca fácilmente más de 100 experiencias en los últimos seis años
en América Latina. Aun cuando, en general, han sido poco estudiadas, es posible
realizar las siguientes consideraciones:
i)
Las iniciativas funcionan mejor en la medida que se
enfocan hacia un problema u oportunidad percibidas por muchos interesados y que
no puede enfrentarse con la iniciativa aislada de una persona, empresa u
organización. Las iniciativas tienden a estancarse cuando nacen de posición
apenas normativa o esperan los resultados de un diagnóstico detallado.
ii)
La solución al problema percibido es resultado de
procesos de planificación participativa; las iniciativas que nacen con una
proposición preconcebida suelen quedarse en
soluciones puntuales de corto plazo.
iii)
Más importante que la calidad de la solución o de la
iniciativa es la calidad del proceso. En la medida que el proceso sea abierto,
no excluyente y transparente, se convierte en fuente de aprendizaje que
permitirá mejorar las proposiciones o
iniciativas adoptadas.
iv)
Las iniciativas tienen que ser “propiedad” de los interesados y
desarrollarse bajo su liderazgo. Las iniciativas que son impulsadas por
consultores o instituciones externas de financiamiento suelen no ser
sostenibles en el tiempo.
v)
Invariablemente en los proyectos exitosos se reconoce
que los actores tienen intereses y objetivos dependientes unos de otros. Los
proyectos bien logrados producen una visión estratégica compartida y una
identidad colectiva.
vi)
Los procesos suponen un alto nivel de gestión y los
modelos no son fácilmente replicables. Conducir procesos de planificación
estratégica participativa parece ser un arte no totalmente comprendido en el
plano racional, que depende inclusive de cuestiones subjetivas que afectan los
procesos de interacción (“química”) entre individuos, principalmente líderes de
iniciativas compartidas[44].
Conclusiones
La creciente conciencia de que estamos todos “en el mismo
barco”, fruto del fenómeno de la globalización, de la preocupación ecológica y
de la sensibilidad social hacia los problemas de la pobreza y la miseria, abre
las puertas a la necesidad de un estudio de la realidad económica en un marco
social y político de mayor alcance.
La constatación de la existencia de fuertes externalidades
en los procesos de crecimiento y desarrollo exige concluir que los puros mecanismos del mercado son insuficientes para
explicar esos procesos y apuntalar seriamente las políticas de desarrollo.
En la raíz misma del progreso económico late la capacidad
social de cooperar, de comprender la necesidad de llevar a cabo emprendimientos
que muchas veces no resistan el análisis económico de corto plazo, el que mira
el balance trimestral y la cotización en bolsa.
Las empresas de negocios son un poderoso motor de
transformación económica y de innovación tecnológica, y producen un impacto muy
fuerte no solo en el entramado empresarial, sino en las formas de vida de las
personas y sus familias.
Asumir las consecuencias de los actos es lo propio de una
conducta responsable y muestra la estatura moral de las personas y las
organizaciones. Una mayor globalización ha puesto de manifiesto que nuestros
actos –de las personas, de las organizaciones y de las naciones – influyen
fuertemente sobre los demás. Los derechos humanos, económicos y sociales, dan
lugar a las consiguientes obligaciones de todos los miembros de la sociedad y
de todas las organizaciones.
Asimismo, el agotamiento del estado de bienestar, la creciente
burocratización, con su ineficiencia y ocasión de corrupción política, remiten
a la recuperación del sentido de responsabilidad de todos los actores sociales.
El Estado provee bienes públicos básicos como el orden jurídico e intenta
proveer otros bienes colectivos necesarios para la vida social, que las empresas
y las organizaciones no alcanzan a proveer, por la inmadurez cívica de la
sociedad. Los gestores de las empresas de negocios y de las instituciones del
sector social deben asumir las responsabilidades que corresponden a sus
actividades, ya que ellas conforman, desarrollan e impulsan toda la vida social
y la de los ciudadanos. Pero la experiencia histórica muestra que si el Estado
se excede, y con su exceso agosta e impide la iniciativa social, es ocasión
frecuente de despilfarro y corrupción.
Lo que se quiere significar en los últimos años con el
término capital social refleja esta
conciencia y tiene consecuencias en la forma de encarar el estudio de los
fenómenos económicos. La reinserción de la ciencia en una sociología más amplia
y la subordinación de sus conclusiones a los imperativos de la política
–entendida en el sentido tradicional de los griegos – favorecerán un mayor
despliegue de su contribución al progreso de las sociedades.
[1] Cfr. CARDONA, Pablo, Las claves del talento, EDICIONES URANO
SA, Barcelona, 2002,
[2] LORENZELLI, Marcos, Capital social comunitario y gerencia social”,
Cuadernos del CLAEH, número 88, 2004/1
[3] Cfr. Economic Journal, Volumen 112, Número 483, Noviembre de 2003
[4] Ver Gran Enciclopedia
Rialp, Voz Economía y la referencia al Traicté
de l’Économie Politique, de A. de Montchretien. Es aceptado que la
expresión economía política aparece por primera vez en ese trabajo.
[5] Cfr. SOLOW Robert, Technical Change and the Aggregate
Production Function, Review of Economics and Statistics, agosto de 1957.
[6] Cfr. DENISON Edward, Trends in American Economic Growth,
1929-1982, The Brookings Institution, Washington, D. C. 1985
[7] FISHER S., DORNBUSCH R.,
SCHMALENSEE R., Economía,
McGraw-hill, Madrid 1989, cap.17
[8] Se ha afirmado que, en
parte, las peculiaridades de estos jóvenes países se deben a la abundancia de recursos económicos en relación a su
población, desde los orígenes mismos de la colonización y el consiguiente arribo
de la tecnología disponible. Estas facilidades naturales contribuyeron al
desarrollo de una cultura individualista y rentista. Precisamente, en este
último sentido, son significativas las consecuencias que el desarrollo
económico ha traído en Norteamérica, en
contraste con la persistencia del mayor peso de las rentas en Sudamérica. Se constata estadísticamente que la
proporción del ingreso total de Norteamérica que se distribuye como sueldos y
remuneraciones al trabajo sea significativamente mayor que la proporción que
corresponde a América del Sur. Este mayor ingreso relativo del capital en
Sudamérica merece la consideración adicional que es un capital que muchas veces
se reduce a la propiedad de los recursos naturales y está menos referida que en
el Norte a la tarea de gestión profesional e innovación.
[9] BECKER, Gary, Human capital, Revista de Ciencias
Empresariales y Economía de la Universidad de Montevideo, Año 1 (2002), número
1 (nuestra traducción)
[10] DRUCKER Peter F., Post-capitalist society, Butterworth-Heinemann ltd, 1993, pag. 39
[11] La misión de la Harvard
Business School, tal como se lee al ingresar
a su página web reza: “To Educate Leaders that Make a Difference in the
World”, muestra la profundización actual en la misión de los empresarios.
[12] Cfr. SCHUMPETER Joseph
A., Capitalismo, socialismo y democracia,
1942 y La teoría del desarrollo económico,
1912.
[13] Solow rechaza la noción
de capital social precisamente por la dificultad de medirlo y lo califica de
una mala analogía. Ver SOLOW Robert (2000) “Notes
on Social Capital and Economic Performance”, en Social Capital: A
Multifaceted Perspective, Washington, DC: The World Bank.
[14] Cfr. SMITH Adam, La riqueza de las naciones, 1776
[15] POLO Leonardo, Presente y futuro del hombre, RIALP,
Madrid, 1993, pag. 57
[16] SABINE George H., Historia de la teoría política, Fondo de
Cultura Económica, México, 1992, pag.257
[17] POLO Leonardo, ob. cit.,
pag. 60
[18] OCARIZ BRAÑA José, Historia sencilla del pensamiento político,
RIALP, Madrid,1988, pag. 104
[19] Por refrencia a Wilfredo
Pareto (1848-1923), político, sociólogo y economista italiano.
[20] Cfr. RAMOS INTHAMOUSSU
Alfonso Ma., Necesidad de un nuevo
paradigma en economía, Revista de la Escuela de Negocios de la Universidad
de Montevideo, Año VII- Número 2- Agosto 2004
[21] De algún modo laten en
estas afirmaciones la misma filosofía que los economistas clásicos de las
primeras décadas del siglo XIX plasmaban en la expresión durae
leges, sed leges, para referirse a “la ley de bronce de los salarios”, por
la que el nivel de equilibrio de los salarios de los obreros había de ser el de
subsistencia. Todo aumento artificial producía un aumento de la población que
retornaba los salarios a los niveles de subsistencia.
[22] Sin duda que el
liberalismo económico justifica intelectualmente las tendencias egoístas que el
hombre ha mostrado a lo largo de la historia. Si la armonía social y el
progreso se derivan espontáneamente de la exclusiva búsqueda del bien
individual por cada uno, no hay justificación intelectual para la ‘preocupación
social’. La evidencia universal, presente en la literatura de todos los
tiempos, es que junto a las tendencias
egoístas, las pequeñeces y las miserias hay siempre actos generosos en la vida
cotidiana, actitudes heroicas y gestos magnánimos. Los filósofos dirían que el
hombre está abierto a amar pero puede odiar.
[23] Cfr. CRESPO Ricardo F., La Economía como Ciencia Moral,
EDUCA, Buenos Aires, 1977.
[24] ROBBINS L., The Economist in the Twentieth Century,
Economica, mayo de 1949 (citado por CRESPO R., en la obra ya mencionada)
[25] “El Consenso de
Washington debe su nombre al economista inglés John Williamson del Institute for International Economics,
quien a fines de la década de los ochenta se refirió así a los temas del ajuste
estructural que formaron parte de los programas del Banco Mundial y del BID, en
la época del reenfoque económico que siguió a la crisis de la deuda, ..
(concurrieron ) una cincuentena de economistas ... a un seminario que se
desarrolló en aquella ciudad (Washington) el 6 y 7 de noviembre de 1989”, PREVE
Julio, Economía y Mercado, El país 27/01/2005.
[26] Cfr. STIGLITZ Joseph E. ,
Malestar en la Globalización, Taurus,
2002
[27] SCREPANTI E. y ZAMAGNI
S., An Outline of the History of Economic
Thougt, Clarendom Press, Oxford, 1995, pag. 385 (nuestra traducción).
[28] Cfr. NORTH Douglass C., Institutions, Institutional Change and
economic performance, Cambridge Universisty Press, 1990
[29] Cfr. GARCIA MARQUEZ A. y
GARCIA-HUIDOBRO J., Razón y Praxis,
Ed. EDEVAL, Valparaiso, Chile, 1994
[30] Cfr. DIXIT Avinash K., Lawlessness and economics: alternative modes of governance, Princeton
University Press, 2004. Este autor plantea las vías por las que surgen los
modos de gobierno que suplen las insuficiencias del Estado. Afirma este autor
que los economistas suponen que el Estado obliga al cumplimiento de leyes que
impiden el robo, el engaño y el oportunismo, lo que hace posible una eficiente
economía basada en el intercambio. Y su pregunta es qué ocurre cuando el estado
es deficiente en el cumplimiento de ese papel. Sus desarrollos –por medio del
uso de la teoría de los juegos- tienden en definitiva a mostrar cómo surge la
racionalidad institucional y social, como derivación de la interacción de los
individuos, cuando éstos buscan básicamente sus propios intereses.
[31] CRESPO Ricardo F., La crisis de las teorías económicas
liberales, Fundación Bank Boston, Buenos Aires, 1998, pags. 55 a 60.
[32] DEBREU Gerard, Theory of value, New York, Willey, 1959.
[33] Cfr. COASE R. H., The Problem of social cost, Journal of Economics, 3, 1960.
[34] Gagliardi Enrique, Macroeconomía de economías pequeñas y
abiertas, ORT, 2003, pag.234
[35] Barro, Robert J. y Sala-i-Martin Xavier, Economic Growth, The MIT Press 1999,
Cambridge, pag.146
[36] Cfr. PEREZ LÓPEZ Juan
Antonio, Teoría de la acción humana en
las organizaciones, Rialp, Madrid, 1991
[37] RAMOS INTHAMOUSSU A., Revista del IEEM, Año
VII, nº1, abril 2004, Crecimiento económico
y magnanimidad empresarial
[38] Cfr. Abó I. José, “Uruguay natural” produce transgénicos.
Revista del IEEM, Universidad de Montevideo, Año VI, número 1- Abril 2003.
[39] Cfr. POLO Leonardo,
ETICA. Hacia una versión moderna de los
temas clásicos, AEDOS – Unión Editorial, Madrid, 1996
[40] Cfr. DASGUPTA Partha, Social Capital and Economic Perfromance:
Analytics, Cambridge, Enero 2002
[41] The Economist,
22/01/2002, The good company – A
sceptical look at corporate social responsability (nuestra traducción)
[42] Álvarez de Mon y otros, Paradigmas del liderazgo, McGraw-Hill
Profesional, Madrid, 2001, pag. 12 y 13.
[43] CEPAL, Desarrollo productivo en economías abiertas,
San Juan de Puerto Rico, 28 de junio de 2004, pags. 249 a 253
[44] CEPAL, ob.cit., pag. 259
No hay comentarios:
Publicar un comentario