Publicado en la Revista de Antiguos del IEEM. Montevideo, II/2005 y III/2005
En la última década se ha mencionado reiteradamente la
importancia del capital social como fuente de crecimiento económico. La
capacidad de una sociedad o de un grupo humano para acometer acciones colectivas
que beneficien a todos sus miembros es destacada como un importante factor
de progreso, más allá de las
disponibilidades de recursos materiales y de los avances técnicos con que se cuente.
La tarea empresarial como aglutinadora del trabajo de muchas
personas y fuente de permanentes relaciones interempresariales surge así como
una de las claves de la eficacia de los emprendimientos colectivos. El
liderazgo de quienes promueven e impulsan las actividades económicas cumple
asimismo un rol insustituible en la formación del capital humano[1],
que desde los años sesenta es destacado como determinante de los niveles de
vida de los que goza una sociedad.