En este mes de julio se cumplen 38 años del inicio de la
conducción económica del país por del Ing. Alejandro Vegh Villegas. En ese
momento se inicia una nueva etapa que ha perdurado hasta el presente, superando
así décadas de progresivo deterioro económico y desaliento social.
En el mes de septiembre del 74 se
liberalizó el mercado de cambios y pronto hubo un único precio para el dólar.
Hacía muchas décadas que eso no pasaba. Un dólar con varios precios diferentes significa
vivir en la mentira. Si mentir hace difícil la vida social, tener distintos
precios para el dólar, un bien tan importante en el país, hacía imposible un
funcionamiento eficiente de la economía. En ese momento llevábamos 18 años de
estancamiento.
Pronto siguió la simplificación
tributaria, la reforma del sistema financiero y la posibilidad de contratar y
hacer ejecutar esos contratos cualquiera fuera la moneda en que se hubieran pactado.
A la vez, comenzó una progresiva rebaja y uniformización arancelaria dando paso
a la apertura de la economía.
Luego de 18 años de estancamiento,
el producto total del país creció entre los años 1974 y 1988 a una tasa
acumulativa anual de 2,18% mientras las exportaciones lo hacían a una tasa de 5,34% anual. Éste fue el
secreto. Entre los años 1913 y 1974, esto es 61 años, las exportaciones en
volumen físico habían subido en total un 10%.
Lo más destacable de su liderazgo en
materia de política económica es que, si bien su gestión tiene lugar en
momentos de quiebre institucional del
país, las líneas por él trazadas fueron mantenidas en todas las
administraciones siguientes. En los 20 años que transcurren entre 1988 y 2008
el producto total del país creció a una tasa acumulativa anual del 3,11% en
tanto las exportaciones lo hicieron al 6,57% anual.
La evaluación del significado del
crecimiento del 2,18% entre los años 1974 y 1988 exige algunas consideraciones
internacionales. En esos años la economía mundial, jaqueada por los shocks
petroleros, aquietó su crecimiento. América Latina transitó en los años 80 lo
que los organismos internacionales han llamado la década perdida. La deuda
externa era enorme y las tasas de interés gigantes, en buena medida por las
medidas de restricción monetaria para
controlar la inflación y fortalecer el dólar, llevadas a cabo por la
Reserva Federal, dirigida entonces por Paul Volker.
Para evaluar ese 2,18% de
crecimiento entre 1974 y 1988 es también necesario recordar el quiebre de la tablita, la crisis del 82, la
cual implicó que en los años 1982, 1983 y 1984 el producto total del país
cayera un 16%. De modo que el crecimiento en los demás años del período fue
significativamente robusto.
Sobró audacia para ese cambio de
rumbo en ese año 1974. Las premisas para la toma de decisiones eran que el
petróleo se había ido a las nubes y que el precio de la carne se había
desplomado. Había que tomar una opción. Pudo haberse tomado otra senda, como lo
prueban los acontecimientos en Argentina, la cual en ese momento entró en un
período de marasmo económico de 16 años, entre 1975 y 1991, en el que su
producto per cápita cayó un 18%.
Es evidente que la globalización
actual, la revolución económica de Asia y la revolución tecnológica mundial han
dado un gran impulso a América Latina y es difícil separar cuánto se debe a lo
recibido y cuánto a la propia iniciativa. Sí podemos estar seguros que lo
conseguido en aquellos ya lejanos años se debieron a decisiones que tomó el país.
Y que esas decisiones han permitido aprovechar mejor el empuje actual que
recibe el país desde el exterior.
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