lunes, 28 de enero de 2013

Cuando se critica el trabajo y la inversión

Publicado en El Telégrafo. Paysandú, 27/4/2012

Es conocida la eficacia de la economía alemana. Todo comenzó cuando en la segunda mitad del siglo XIX Alemania supera industrialmente a Inglaterra. Luego de las penosas guerras mundiales y de la destrucción económica consiguiente –guerras en las cuales Alemania tuvo claras responsabilidades políticas-, sobrevino el “milagro” alemán. Se convirtió así en el tractor de la economía europea.
            Por si fuera poco incorporó en 1990 a  Alemania Oriental, con poderosos subsidios a sus nuevos ciudadanos y enormes inversiones, de modo de actualizar la infraestructura de su nuevo territorio, y a la vez entrenar a sus nuevos ciudadanos en los semi perdidos hábitos de esfuerzo y eficacia.
            Nuevamente, en estos últimos años y sobre todo en el tramo actual de la crisis europea, Alemania  es el punto de referencia. Tiene un pequeño déficit fiscal  y un importante superávit de cuenta corriente, esto es, vende más bienes y servicios de los que compra.
            Por eso sorprende que The Economist, prestigiosa revista inglesa, en su número del pasado 14 de abril, concluya uno de sus artículos criticando el comportamiento alemán ya que su superávit sería al menos en parte  la causa del déficit de otros países europeos. La realidad es que las naciones del sur del continente, y también Francia, han gastado –consumido- más de lo que producen a lo largo de varios años. No corresponde afirmar que Alemania tiene responsabilidades por la insolvencia e iliquidez de esos países. Sobre todo cuando está financiando en buena medida el rescate de Grecia y de otros países. El Banco Central Europeo, a través de casi mil bancos,  ha posibilitado préstamos a todos los gobiernos con dificultades.
            Sorprende también porque hace 6 años, la Canciller Angela Merkel, subió la edad de retiro de 65 a 67 años, en tanto pocos años más tarde, fueron  muy fuertes las protestas en Francia cuando el gobierno  intentó elevar la edad para jubilarse de 60 a 62. Más sorprende  cuando  muchos de los jubilados en Grecia lo son desde los 50 años de edad.
            Sorprende asimismo la afirmación de The Econmist, porque el excedente de la cuenta corriente –el ahorro del país - va en buena medida a inversiones directas –fábricas- en Europa del Este, donde los salarios son bajos y esos países necesitan inversiones para recuperarse del retraso impuesto por el régimen soviético. ¿Cómo es posible pedirle a Alemania que  invierta en Grecia donde los salarios son astronómicos, aunque el desempleo sea alto y haya muchos empleados públicos?
            Algunos economistas americanos han afirmado que una de las formas de solucionar el problema de Grecia es que éste país le ceda la soberanía de algunas islas del Egeo a Alemania. Y mencionan como antecedente la compra de Alaska que hicieron  los Estados Unidos a la Rusia zarista en 1867  por 7.200.000 dólares. Hoy parece inaceptable esta solución, pero también es cierto que las soberanías nacionales cada vez son menos absolutas.
            Sorprende también que The Economist afirme que las exportaciones son para pagar las importaciones, para el consumo, y parece olvidar que es muy legítima la decisión de ahorrar e invertir, pensando en el futuro, y en la necesidad de innovar y adaptarse a los crecientes cambios, porque su población envejece y el desarrollo tecnológico mantiene un ritmo sorprendente de mejora.
            Y sorprende finalmente  que The Economist aventure que esa forma de trabajar de Alemania no tenga mucho futuro porque la importancia de la industria disminuye en el total de la economía mundial, ante el aumento de los servicios. E incluye dentro del sector industrial a los  sofisticados bienes de capital – concretamente maquinarias de altísimo nivel técnico-, que produce Alemania y en los que destaca.
            Es difícil no plantearse que quizá Inglaterra sufra por el éxito alemán.

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