Es conocida la eficacia de la economía alemana. Todo comenzó
cuando en la segunda mitad del siglo XIX Alemania supera industrialmente a
Inglaterra. Luego de las penosas guerras mundiales y de la destrucción
económica consiguiente –guerras en las cuales Alemania tuvo claras
responsabilidades políticas-, sobrevino el “milagro” alemán. Se convirtió así
en el tractor de la economía europea.
Por si fuera poco incorporó en 1990
a Alemania Oriental, con poderosos
subsidios a sus nuevos ciudadanos y enormes inversiones, de modo de actualizar
la infraestructura de su nuevo territorio, y a la vez entrenar a sus nuevos
ciudadanos en los semi perdidos hábitos de esfuerzo y eficacia.
Nuevamente, en estos últimos años y
sobre todo en el tramo actual de la crisis europea, Alemania es el punto de referencia. Tiene un pequeño
déficit fiscal y un importante superávit
de cuenta corriente, esto es, vende más bienes y servicios de los que compra.
Por eso sorprende que The Economist,
prestigiosa revista inglesa, en su número del pasado 14 de abril, concluya uno
de sus artículos criticando el comportamiento alemán ya que su superávit sería
al menos en parte la causa del déficit
de otros países europeos. La realidad es que las naciones del sur del
continente, y también Francia, han gastado –consumido- más de lo que producen a
lo largo de varios años. No corresponde afirmar que Alemania tiene
responsabilidades por la insolvencia e iliquidez de esos países. Sobre todo
cuando está financiando en buena medida el rescate de Grecia y de otros países.
El Banco Central Europeo, a través de casi mil bancos, ha posibilitado préstamos a todos los
gobiernos con dificultades.
Sorprende también porque hace 6
años, la Canciller Angela Merkel, subió la edad de retiro de 65 a 67 años, en
tanto pocos años más tarde, fueron muy
fuertes las protestas en Francia cuando el gobierno intentó elevar la edad para jubilarse de 60 a
62. Más sorprende cuando muchos de los jubilados en Grecia lo son
desde los 50 años de edad.
Sorprende asimismo la afirmación de
The Econmist, porque el excedente de la cuenta corriente –el ahorro del país -
va en buena medida a inversiones directas –fábricas- en Europa del Este, donde
los salarios son bajos y esos países necesitan inversiones para recuperarse del
retraso impuesto por el régimen soviético. ¿Cómo es posible pedirle a Alemania
que invierta en Grecia donde los
salarios son astronómicos, aunque el desempleo sea alto y haya muchos empleados
públicos?
Algunos economistas americanos han
afirmado que una de las formas de solucionar el problema de Grecia es que éste
país le ceda la soberanía de algunas islas del Egeo a Alemania. Y mencionan como
antecedente la compra de Alaska que hicieron
los Estados Unidos a la Rusia zarista en 1867 por 7.200.000 dólares. Hoy parece inaceptable
esta solución, pero también es cierto que las soberanías nacionales cada vez son
menos absolutas.
Sorprende también que The Economist
afirme que las exportaciones son para pagar las importaciones, para el consumo,
y parece olvidar que es muy legítima la decisión de ahorrar e invertir,
pensando en el futuro, y en la necesidad de innovar y adaptarse a los
crecientes cambios, porque su población envejece y el desarrollo tecnológico
mantiene un ritmo sorprendente de mejora.
Y sorprende finalmente que The Economist aventure que esa forma de
trabajar de Alemania no tenga mucho futuro porque la importancia de la
industria disminuye en el total de la economía mundial, ante el aumento de los
servicios. E incluye dentro del sector industrial a los sofisticados bienes de capital – concretamente
maquinarias de altísimo nivel técnico-, que produce Alemania y en los que
destaca.
Es difícil no plantearse que quizá
Inglaterra sufra por el éxito alemán.
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