Mucho han golpeado al
país las trabas comerciales a nuestros productos en Argentina y hace tiempo que
se discute la conveniencia y futuro del Mercosur. También sabemos que no
tenemos en nuestras manos medidas de fuerza suficientes para revertir el actual
freno al ingreso en Argentina de nuestros bienes y servicios. Pero es imprescindible
definir una estrategia país, de largo plazo. Los llamados a la hermandad
americana son ingenuos o utópicos. Si bien la geografía impone límites también
ofrece oportunidades.
A primera vista parece claro que han de
multiplicarse los lazos con el resto del mundo, con nuevas inversiones que
traen nuevos mercados. Así fue como nuestro país aseguró su independencia en el
siglo XIX, al multiplicar los lazos con Inglaterra. Y también es claro que se
necesita la voluntad del más alto nivel para el dragado del canal Martín
García.
Pero hay otro rumbo poco
transitado aun y es construir sobre los
intereses comunes, los lazos personales e históricos, los negocios, los nexos
que hagan crecer lo que podríamos llamar “regiones binacionales”. Son espacios
con similitudes, proximidad e intereses comunes aunque pertenezcan a diferentes
estados. El paso dado el día 14 de marzo hacia el dragado del río Uruguay, en
momentos del dramático corte del acceso de nuestros productos a la Argentina es
una prueba de que es un camino andadero.
Miremos para eso cuál
ha sido la historia. Poco después de que Hernandarias dejara las primeras vacas
en la Isla Vizcaíno, en la desembocadura del río Negro en el Uruguay, los
portugueses fundaron Colonia del Sacramento en 1680. Desde entonces el
comercio, legal o ilegal, de la cuenca del Plata contó con ese debatido puerto,
y pocos años más tarde contó con el de Montevideo. Luego de la Independencia,
se agregó la creciente importancia de Paysandú y Salto que hacían de puertos “hub”, centros de distribución, en el
río Uruguay, accediendo a los territorios del sur de Brasil y las costas de
Entre Ríos y Corrientes. Las diferencias entre Buenos Aires y las Provincias
argentinas facilitaron esos servicios y el consiguiente progreso económico.
Es claro que no fueron
los contratos y los convenios escritos los que trajeron el progreso. Fueron los
hechos y los intereses de los actores. También es cierto que luego fueron las
leyes uruguayas las que hicieron involucionar, retroceder los puertos de Montevideo y del amplio litoral
del país, estatizando en muchos casos esas terminales. Y también es cierto que
Buenos Aires interrumpió el acceso de la piedra y la arena de nuestras costas para
la construcción de esa ciudad que
carecía de esos materiales en un radio próximo.
Es vital el dragado del
Canal Martín García y del río Uruguay, y es clave para eso contar con alianzas de los puertos argentinos
sobre el Uruguay y con puertos de enorme importancia como el de Rosario sobre
el Paraná, y en general, con todos los puertos de la inexorable Hidrovía, de la
cual Nueva Palmira es el nudo gordiano y el equilibrio de los intereses
nacionales y regionales en juego. Los intereses del puerto de Rosario,
expandido por el boom agrícola, lo hacen proclive a acrecentar la relación con
puertos que no sean el de Buenos Aires.
Es interesante recordar
que a fines del siglo XIX cuando decae el comercio de tránsito – los puertos
del país recibían mercaderías y la reexportaban- comienza a tomar fuerza el
turismo. Hacia el 900 los argentinos de Buenos Aires venían a la playa Ramírez,
luego a los Pocitos en Montevideo, más
tarde a Carrasco y finalmente le llegó el turno a Punta del Este. Fueron normas
jurídicas de los 50, bajo el gobierno de Perón, las que bloquearon las
relaciones formales con el vecino país. Pero las inversiones y el flujo de
personas han seguido imparables, aunque se insista ahora con intentos de nuevas
limitaciones.
Tampoco fueron necesarias normas de
promoción para que en los meses siguientes a agosto de 2002 comenzara una
estampida de sojeros argentinos que han hecho mucho en el país y han enseñado
más. Las inversiones llegan porque el país es atractivo para los inversores y
quienes vienen ya han pensado en los mercados.
Cuando se navega río arriba por el Uruguay, o se incursiona en el río
Negro, parece que se tiene a la vista
los mismos paisajes que vieron los descubridores en el siglo XVI y que
remontaron a partir del XVII los misioneros jesuitas. Hoy se ve algunas
embarcaciones y se ofrecen pocos servicios, salvo en el caso de Carmelo. El
embarcadero de Villa Soriano es sólo para pescar. Pero los que desde el Delta
del Tigre circulan por esos espejos de agua paradisíacos disfrutan mucho,
aunque pocos de este lado del río hagan
algo para que vengan.
La falta de cultivo de los intereses comunes a ambas costas del río
Uruguay es muy clara. Basta un ejemplo. ¿Por qué hay tantos turistas en Colón
que no llegan a Paysandú? ¿Por qué se saca provecho de las islas uruguayas
aledañas a Colón y los sanduceros sin embarcación casi no acceden a la isla de
la Caridad, que es argentina pero con entrañables recuerdos para la ciudad? En
realidad sobran los intereses comunes para sacar adelante nuevos
emprendimientos conjuntos.
Los convenios y los acuerdos escritos de alto rango jurídico poco
contribuyen y a veces incluso hacen
difícil este tipo de emprendimiento. La vida social constructiva discurre a
través del diálogo, de la creciente confianza entre quienes van haciendo cosas
conjuntas de mutuo provecho. Hay que generar la habitualidad de las
conversaciones y contactos con las zonas ribereñas de la Cuenca del Plata. Para
esas iniciativas es innecesario acudir a Buenos Aires o a Montevideo.
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