lunes, 28 de enero de 2013

La Cuenca del Plata y el Mercosur

Publicado en El Observador. Montevideo, 21/4/2012

Mucho han golpeado al país las trabas comerciales a nuestros productos en Argentina y hace tiempo que se discute la conveniencia y futuro del Mercosur. También sabemos que no tenemos en nuestras manos medidas de fuerza suficientes para revertir el actual freno al ingreso en Argentina de nuestros bienes y servicios. Pero es imprescindible definir una estrategia país, de largo plazo. Los llamados a la hermandad americana son ingenuos o utópicos. Si bien la geografía impone límites también ofrece oportunidades.
 A primera vista parece claro que han de multiplicarse los lazos con el resto del mundo, con nuevas inversiones que traen nuevos mercados. Así fue como nuestro país aseguró su independencia en el siglo XIX, al multiplicar los lazos con Inglaterra. Y también es claro que se necesita la voluntad del más alto nivel para el dragado del canal Martín García.
Pero hay otro rumbo poco transitado aun  y es construir sobre los intereses comunes, los lazos personales e históricos, los negocios, los nexos que hagan crecer lo que podríamos llamar “regiones binacionales”. Son espacios con similitudes, proximidad e intereses comunes aunque pertenezcan a diferentes estados. El paso dado el día 14 de marzo hacia el dragado del río Uruguay, en momentos del dramático corte del acceso de nuestros productos a la Argentina es una prueba de que es un camino andadero.
Miremos para eso cuál ha sido la historia. Poco después de que Hernandarias dejara las primeras vacas en la Isla Vizcaíno, en la desembocadura del río Negro en el Uruguay, los portugueses fundaron Colonia del Sacramento en 1680. Desde entonces el comercio, legal o ilegal, de la cuenca del Plata contó con ese debatido puerto, y pocos años más tarde contó con el de Montevideo. Luego de la Independencia, se agregó la creciente importancia de Paysandú y Salto que hacían de  puertos “hub”, centros de distribución, en el río Uruguay, accediendo a los territorios del sur de Brasil y las costas de Entre Ríos y Corrientes. Las diferencias entre Buenos Aires y las Provincias argentinas facilitaron esos servicios y el consiguiente progreso económico.
Es claro que no fueron los contratos y los convenios escritos los que trajeron el progreso. Fueron los hechos y los intereses de los actores. También es cierto que luego fueron las leyes uruguayas las que hicieron involucionar, retroceder  los puertos de Montevideo y del amplio litoral del país, estatizando en muchos casos esas terminales. Y también es cierto que Buenos Aires interrumpió el acceso de la piedra y la arena de nuestras costas para la  construcción de esa ciudad que carecía de esos materiales en un radio próximo.
Es vital el dragado del Canal Martín García y del río Uruguay, y es clave para eso  contar con alianzas de los puertos argentinos sobre el Uruguay y con puertos de enorme importancia como el de Rosario sobre el Paraná, y en general, con todos los puertos de la inexorable Hidrovía, de la cual Nueva Palmira es el nudo gordiano y el equilibrio de los intereses nacionales y regionales en juego. Los intereses del puerto de Rosario, expandido por el boom agrícola, lo hacen proclive a acrecentar la relación con puertos que no sean el de Buenos Aires.
Es interesante recordar que a fines del siglo XIX cuando decae el comercio de tránsito – los puertos del país recibían mercaderías y la reexportaban- comienza a tomar fuerza el turismo. Hacia el 900 los argentinos de Buenos Aires venían a la playa Ramírez, luego a  los Pocitos en Montevideo, más tarde a Carrasco y finalmente le llegó el turno a Punta del Este. Fueron normas jurídicas de los 50, bajo el gobierno de Perón, las que bloquearon las relaciones formales con el vecino país. Pero las inversiones y el flujo de personas han seguido imparables, aunque se insista ahora con intentos de nuevas limitaciones.
Tampoco fueron necesarias normas de promoción para que en los meses siguientes a agosto de 2002 comenzara una estampida de sojeros argentinos que han hecho mucho en el país y han enseñado más. Las inversiones llegan porque el país es atractivo para los inversores y quienes vienen ya han pensado en los mercados.
Cuando se navega río arriba por el Uruguay, o se incursiona en el río Negro,  parece que se tiene a la vista los mismos paisajes que vieron los descubridores en el siglo XVI y que remontaron a partir del XVII los misioneros jesuitas. Hoy se ve algunas embarcaciones y se ofrecen pocos servicios, salvo en el caso de Carmelo. El embarcadero de Villa Soriano es sólo para pescar. Pero los que desde el Delta del Tigre circulan por esos espejos de agua paradisíacos disfrutan mucho, aunque pocos de este lado del río  hagan algo para que vengan.
La falta de cultivo de los intereses comunes a ambas costas del río Uruguay es muy clara. Basta un ejemplo. ¿Por qué hay tantos turistas en Colón que no llegan a Paysandú? ¿Por qué se saca provecho de las islas uruguayas aledañas a Colón y los sanduceros sin embarcación casi no acceden a la isla de la Caridad, que es argentina pero con entrañables recuerdos para la ciudad? En realidad sobran los intereses comunes para sacar adelante nuevos emprendimientos conjuntos.
Los convenios y los acuerdos escritos de alto rango jurídico poco contribuyen y  a veces incluso hacen difícil este tipo de emprendimiento. La vida social constructiva discurre a través del diálogo, de la creciente confianza entre quienes van haciendo cosas conjuntas de mutuo provecho. Hay que generar la habitualidad de las conversaciones y contactos con las zonas ribereñas de la Cuenca del Plata. Para esas iniciativas es innecesario acudir a Buenos Aires o a Montevideo.

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