Reiteradamente se ha planteado
en los últimos dos años, con ocasión de la crisis europea, el dilema entre
austeridad y crecimiento. Austeridad entendida como recortes
fiscales y profundización de las exigencias de recapitalización de los
bancos privados, como camino para enfrentar la enorme deuda pública y privada,
fruto de un dispendioso gasto público y privado y de la enorme expansión bancaria y
financiera. En resumen, el Estado debe gastar menos, los salarios y beneficios
sociales deben bajar y los bancos en problemas deben pagar sus excesos.
La exigencia de recapitalización de los bancos
es posible si los actuales accionistas entregan parte de las acciones a nuevos
propietarios o, quienes ya están en el banco deberán traer dinero desde otros
negocios. Pero deben pagar la factura. Una cosa es el apoyo momentáneo para
evitar la cesación de pagos y otra diferente permitir que sigan adelante sin
pérdidas patrimoniales ni las instituciones ni los accionistas.
Quienes apoyan la
austeridad afirman que una conducta
expansiva consolida la cultura del
exceso de gasto público y la irresponsabilidad bancaria. Los problemas no
serían enfrentados por los bancos o los gobiernos. Serán los futuros contribuyentes
quieres se harán cargo de los excesos en el gasto y las futuras generaciones
las que pagaran el menor crecimiento en el largo plazo.
Quienes
oponen austeridad a crecimiento, temen que esta austeridad implique una
disminución de la demanda global y una contracción crediticia que prolongue la
recesión y a esto se le llama detener el crecimiento porque el producto total
de bienes y servicios volvería a caer. Sugieren continuar la expansión
monetaria y financiera para no ahogar la economía, pero también para salvar los
bancos.
Quienes apoyan la
austeridad sostienen que el crecimiento es por el contrario aumento de la productividad, esto es, aumento
de la producción media por hora trabajada. El progreso tecnológico en todas sus
formas, tan claro ahora cuando estamos asistiendo a la Tercera Revolución
Industrial, es la base y el núcleo del crecimiento económico. No podemos llamar
crecimiento o decrecimiento a la evolución del PBI durante algunos trimestres.
Por otra parte, desde
siempre crecimiento y aumento de la productividad han estado asociados a
inversión, es esto transformar el ahorro en un bien de capital. Entender que el
ahorro es contrario al crecimiento es destruir las bases mismas del desarrollo
capitalista y de todo tipo de desarrollo. Cuando Adam Smith sentó las bases del
análisis económico moderno mostraba la frugalidad y la austeridad como virtudes
básicas del capitalista.
En cuanto a la
posibilidad de que la austeridad ahogue la economía es necesario hacerse cargo
del temor, explicarlo y poder dejarlo de lado. Una cosa es evitar el colapso
del sistema de pagos, generado por el pánico y la desconfianza, inyectando
liquidez en todo el sistema bancario, y otra muy distinta es no ajustar los
gastos cuando no se tiene ingresos. Los sistemas de pensiones, jubilaciones y
los salarios deben caer en términos reales.
Los estudios de Milton
Friedman permiten concluir que luego del crack del 24 de octubre del 29 y la
cadena de quiebras consiguiente, la cantidad de dinero cayó significativamente.
Este comportamiento de la autoridad monetario agravó un problema. Pero el
colapso del 24 de octubre tuvo sus causas en los excesos de crédito de los años
20 y las indudables burbujas en Wall Street y en el mercado inmobiliario.
Un exceso de deuda trae
consigo como única terapia posible la caída de los gastos reales. Ocurre con
cualquier familia: si caen los ingresos y se tienen deudas hay que gastar
menos. Sin duda que hay límites para cada sociedad y cada etapa de su historia en alimentación, vivienda salud y educación. Pero que haya límites no
quiere decir que no haya rebajas.
Son varias las razones
para este enfoque. La primera es que los procesos recesivos prolongados señalan
que la oferta los millares de componentes de la oferta de bienes no se
corresponden con sus demandas. Hay muchos desequilibrios. La noción de demanda global –tan afín al
pensamiento de Keynes- es una
abstracción; en realidad hay demanda y oferta de los millones de bienes y
servicios que constituyen la actividad económica. Y lleva tiempo la
reasignación de recursos –que es siempre un proceso dinámico y llevado adelante
por millones de agentes, cada uno con su ‘set’ de información-, para que se
retome la senda del crecimiento sostenido.
No es que la demanda
global y la oferta global se iguales a un nivel de precios medido por el IPC o cierto
índice de los precios mayoristas. Los procesos recesivos tienen más que
ver con que los diversísimos mercados de
bienes y servicios no encuentran su equilibrio. Y debe hacer caídas que
implicarán en algunos sectores pérdidas.
Más
difícil será volver al crecimiento, mientras los malos negocios hechos no
acaben siendo dejados de lago, por inyecciones monetarias. Y la movilidad de la
mano de obra y las inversiones son un proceso clave. En los 90 y en buena parte
de la primera década del siglo XXI ha sido muy alto el porcentaje de personas
que perdieron o cambiaron su empleo en Estados Unidos y muy alta la creación de nuevos empleos en
sectores dinámicos. Si se impide esa movilidad –son procesos empresariales,
microeconómicos si se quiere- se impide
el crecimiento: no es la evolución de demanda agregada lo que determina el
crecimiento.
La exigencia de
capitalizar los bancos es decidirse a que finalmente el sistema financiero
pague en parte los errores cometidos. Hay una razón de fondo para que los
dueños o responsables de los bancos pierdan pié patrimonial o que los gobiernos
se desprestigien. El boom de gasto público y privado que originó finalmente el
estallido de las burbujas fue provocado por la ligereza o avidez de los
gobiernos y las instituciones financieras. También en 1929 los ‘barómetros de
Havard’ mostraban signos de un progreso indefinido.
Leyendo
las memorias de Alan Greenspan, escritas en el año 2007, se puede concluir que
la política económica reducida al manejo de la cantidad de dinero y de las
tasas de interés, o al manejo del gasto público y de los superávits o déficits
fiscales, no explica los procesos de crecimiento y parece acentuar los ciclos
económicos.
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