Héctor Timmerman, canciller argentino, acaba de informar a Uruguay que planteará a Brasil la conveniencia de subir el arancel externo común del Mercosur. Habría un aumento de impuestos para todo lo que se importa en Uruguay desde Estados Unidos, Europa, Asia y buena parte de América.
Algunos
pasan por alto la gravedad de la información pues consideran que un aumento en
el precio de las bananas ecuatorianas o de las camionetas chinas sería
compensado con creces por los beneficios que obtendríamos con una
profundización del Mercosur. Se aspira a una apertura del mercado argentino y del
mercado brasileño, asombrados por el glamour del ingreso periodístico del
Brasil al grupo de los BRICS, que vincula a enormes países en fuerte crecimiento,
donde la “s” responde a Sud África. En realidad el aumento del arancel externo
común es grave y es también una pésima decisión impulsar a los exportadores
uruguayos a que se jueguen por el
mercado brasileño.
Lo que Uruguay importa
desde países que no integran el Mercosur es más de la mitad de nuestras
compras, de modo que la suba del costo de vida sería una realidad, lo que no
solo afectaría el nivel de vida de la población sino que afectaría la
competitividad de los exportadores uruguayos.
Igualmente grave es que
se encarezcan las maquinarias y equipos que dan
a nuestras inversiones alta productividad. Si por el encarecimiento de
los equipos alemanes e italianos comenzáramos a importar los bienes de capital
desde Brasil habríamos asestado un fuerte golpe a la nueva eficiencia que se
percibe en toda la economía nacional, ya que bajaría la calidad de las
inversiones y nos alejaríamos de la
tecnología de punta.
Y el beneficio que
obtendríamos por privilegiar los productos brasileños y argentinos no sólo
sería escaso sino que podría ser a mediano plazo un corsé definitivo para el
país, para su futuro económico y sus equilibrios geopolíticos.
Si algo hemos aprendido
de la historia del país es la necesidad de multiplicar los vínculos comerciales
y financieros con potencias y pequeños países de todo el mundo. Si algo hemos
aprendido es la conveniencia de que las inversiones que reciba el país
provengan de variadas áreas económicas y que nuestras exportaciones tengan
destinos diversos.
Si alguno tenía dudas sobre
la inestabilidad del mercado argentino los sucesos de pocas semanas atrás con
el cierre del ingreso de nuestras exportaciones a la Argentina, se habrá
convencido. Si alguien piensa que es un
hecho aislado, que revise las estadísticas de comercio exterior de nuestro país
y comprobará que en algunos años de la década del 50 el comercio
argentino-uruguayo fue literalmente “cero”.
En cuanto a Brasil
todos recordamos que cada tanto tiempo
aparecen bacterias en nuestros comestibles, sobre todo en el arroz, y que
siempre hay razones para demorar el cruce de frontera de los camiones. Y este
no es un fenómeno nuevo. En 1887 el Imperio clausuró sus puertos al tasajo
rioplatense aduciendo la existencia de cólera en estos países, mientras los
ganados orientales cruzaban con paso tranquilo la frontera rumbo a los
saladeros riograndenses.
El diario La Razón, en
su editorial del 17 de febrero de ese año, se burlaba de las autoridades
brasileñas que temían el “microbio” en el tasajo pero no en el ganado y los
troperos que los llevaban a Río Grande.
Pero no hace falta ir tan atrás en el tiempo.
Los recuerdos del año 1999 están frescos. Cuando en enero de ese año en forma
inconsulta Brasil devaluó, las exportaciones
uruguayas hacia Brasil se evaporaron. Si los exportadores uruguayos volvieran a
concentrarse con exclusividad en el mercado brasileño seríamos más prisioneros
que nunca de nuestros vecinos de siempre. Si llega a concretarse la propuesta
argentina y el Gobierno uruguayo accediera, habríamos hecho la peor apuesta
estratégica posible.
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