Publicado en El Observador el 16/3/2013
Tuvo mucho interés la afirmación del
Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, Ing. Tabaré Aguerre, dada a conocer por El Observador en su
edición del 28 de febrero próximo pasado de “que hay una visión urbana del
sector agropecuario al que se ve como un sector rentista que produce
prácticamente sin trabajo, que lo único que hace es extraer riqueza”.
Una
visión rentista del valor económico significa que la función del empresario,
del emprendedor, del innovador, del que arriesga es nula. La tierra producirá
igual sus frutos, con ligeras variantes según las lluvias, sequías y
epizootias.
La
referencia peyorativa al ‘latifundio” improductivo ha sido permanente a lo
largo de los siglos XIX y XX , cuyo propietario gana dinero sin trabajar, cuyo
actividad no responde al incentivo de los precios, esto es, que si sube el
precio de lo que produce y tiene posibilidades de ganar dinero prefiere la
apática actitud de la contemplación.
Es
clara la afirmación de Barrán y Nahúm cuando dicen “Al producirse la crisis de
la ganadería criolla a partir de 1886, la tradición anti latifundista recibió
un fuerte impulso. ¿Acaso los grandes propietarios no eran los culpables por
desidia o incapacidad, de la mala calidad de nuestras carnes, lo que impedía su
venta en el mercado europeo?”
Cuando
nuestro país entra en la belle époque, con la suba de los precios de los
productos que exportamos entre 1896 y 1914, la concepción rentista del valor
económico hace eclosión. Si las utilidades de las empresas se deben a la
propiedad del capital, de la tierra y a los buenos precios, ¿no será la opción
política más justa distribuir esas utilidades entre quienes las necesitan? ¿no
será el momento de expropiar las empresas de modo que sus utilidades pasen a
manos del Estado para tareas de promoción social, de un “país modelo”?. Una vez
más se entiende que el empresario no crea valor sino que le adviene por la
propiedad del capital. La innovación tecnológica y el riesgo no tienen espacio.
Fue
así que a lo largo de todo el siglo XX se dio una sangría del campo hacia la
ciudad, tempranamente denunciada por Martínez Lamas en 1930. El control de
cambios y los cambios diferenciales consolidaron esa situación durante las
décadas del 30, del 40 y del 50 y aseguraron el estancamiento productivo. No
hacen falta sofisticados estudios estadísticos. Las exportaciones uruguayas
fueron durante buena parte del siglo XX sólo carne y lana. Y los datos del Dr.
Bértola son elocuentes: las exportaciones del año 1913 fueron similares a las
de 1974.
Sin
embargo, llevó tiempo asimilar que los empresarios rurales eran empresarios
aunque fueran rurales. La reforma agraria impulsada por la CIDE en los años 60
del siglo XX postulaba que los dos
grandes enemigos del progreso agropecuario eran el latifundio y el minifundio.
El origen de los problemas era estructural, derivado del tamaño y de la
tenencia de tierra.
Es
imprescindible mirar al siglo XIX en el
Uruguay para comprender cuán incomprendido es ese período así como los resortes
de la actividad económica. La historiografía predominante sobe el período
plantea hipótesis contradichas claramente por los hechos. Sobre todo cuando
los empresarios rurales del siglo XIX eran más rurales que los del siglo
XX, las guerras civiles más frecuentes y
menor la seguridad de la propiedad de los campos.
El
Uruguay “pastoril y caudillesco”, que se
inicia con el comienzo de la Guerra Grande y culmina con Latorre, es un modelo
elaborado por Barrán y Nahúm y muy
recurrido en la historiografía uruguaya.
Se ha aceptado como paradigma del período anterior a Latorre: un mundo de
desorden, conflictos y guerras, sin tiempo ni posibilidades para el cálculo
económico, sin las luces que permiten acumular riquezas a través de la
producción y los negocios. Pero ese mundo no puede ser reducido a esa visión
simplista o, al menos, carente de calado económico.
A
la salida de la Guerra Grande, en 1851, el stock ovino oscilaba según distintas
estimaciones en torno al millón de cabezas. Diez años más tarde, hacia 1860,
eran ya 3 millones. Para 1868 la cantidad de ovejas habían subido a 16.000.000
y ¡los alambrados no existían! No habían faltado conflictos bélicos en ese
período. Venancio Flores inicia su
Cruzada en abril de 1863 y en febrero de 1865
se instala en Montevideo como Gobernador provisional. Pero el
crecimiento de las majadas era imparable. Fue más importante la Guerra de
Secesión en los Estados Unidos –que hizo desaparecer el algodón americano de
las fábricas europeas, las que demandaron a su vez lana con ansiedad y a
mejores precios- que las luchas y conflictos generados por la Cruzada Libertadora.
Para mostrar la escasa validez de
una visión sin espacio para los empresarios orientales del siglo XIX, vale la
pena hablar del alambramiento de los campos en nuestro país. Sin duda que la
rebaja de los aranceles a la importación del alambre y la ley de medianería
–que forzaba al vecino a compartir los costos de un alambrado divisorio de
propiedades- incidieron en el alambramiento de los campos, pero no explican que
en 5 años –entre 1877 y 1882- se alambraran el 70% de las estancias de nuestro
país.
Algún
historiador estructuralista ha afirmado que los alambrados fueron hechos porque
les convenía a los hacendados, lo que prueba que la racionalidad empresarial
estaba presente, aunque los desniveles de cultura entre las diferentes regiones
del país fuera importante e incidiera en la velocidad de los cambios.
No
era Uruguay un mundo quieto cuando entre los años 1886 y 1896 se construyeron
1.000 kilómetros de vías férreas, la mitad del que sería a la postre el tendido
férreo de nuestro país. La crisis del 90 fue el final de un empuje constructivo
y especulativo enorme. Pero vale la pena ir más atrás. Quien no conozca la Liebig’s y su historia,
iniciada en 1861, y cuyo nombre cambió por “Frigorífico Anglo” no conoce el
vigor de lo que ha sido llamado “la primera presencia de la Revolución
Industrial en la Cuenca del Plata”.
Más
espacio llevaría analizar el arrastre innovador de la Asociación Rural fundada
en 1871 y sin cuyo empuje no se explica el mestizaje del ganado y el inicio de
los frigoríficos. En los 90 del siglo XIX se acusó a los ganaderos orientales
de demorar el mestizaje en comparación a la Argentina.
En
Argentina los primeros frigoríficos de dignos de mención por el volumen faenado
y exportado datan de la década de los 80 y eran ya cuatro cuando en 1902
controlaban el mercado. En nuestro país el primer frigorífico se instala en
1902, lo que explica el rezago relativo de la mestización respecto de
Argentina. Además el proceso de mestización en nuestro país iniciado varias
décadas atrás da lugar a un empujón fuerte de las importaciones de
reproductores de razas europeas en torno al año 1895, esto es, con anterioridad
a la fundación de Banco de la República, uno de cuyos objetivos era hacer
llevar el crédito para promoción del desarrollo a más amplios sectores,
superando los monopolios del círculo orista.
Cuando
en estos últimos años sobreviene tanta aprensión por el tamaño de los campos
nadie se atreve a mencionar su eventual improductividad. Los últimos 20 años
son un mentís definitivo a la incapacidad del campo de responder a los buenos
precios. Sí es comprensible que se estudie las consecuencias de que un recurso
acotado en el planeta, como es la tierra o el suelo, esté en usufructo de un
mayor o menor número de personas. Pero nadie en su sano juicio podrá pensar que
se derivará algún beneficio económico o social de un reparto de tierras. Por
cada hectárea a poner en producción es
enorme el capital que se necesita. Y si la aprensión proviene de los fondos de
inversión que en buena medida aportan el capital de largo plazo para la
forestación, se debe estar atento a no cegar una fuente de agroindustrias que
ha cambiado el paisaje de nuestro país.
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