lunes, 18 de marzo de 2013

Latifundios e impuestos


Publicado en El Observador el 16/3/2013

Tuvo mucho interés la afirmación del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, Ing. Tabaré Aguerre,  dada a conocer por El Observador en su edición del 28 de febrero próximo pasado de “que hay una visión urbana del sector agropecuario al que se ve como un sector rentista que produce prácticamente sin trabajo, que lo único que hace es extraer riqueza”.

            Una visión rentista del valor económico significa que la función del empresario, del emprendedor, del innovador, del que arriesga es nula. La tierra producirá igual sus frutos, con ligeras variantes según las lluvias, sequías y epizootias.
            La referencia peyorativa al ‘latifundio” improductivo ha sido permanente a lo largo de los siglos XIX y XX , cuyo propietario gana dinero sin trabajar, cuyo actividad no responde al incentivo de los precios, esto es, que si sube el precio de lo que produce y tiene posibilidades de ganar dinero prefiere la apática actitud de la contemplación.
            Es clara la afirmación de Barrán y Nahúm cuando dicen “Al producirse la crisis de la ganadería criolla a partir de 1886, la tradición anti latifundista recibió un fuerte impulso. ¿Acaso los grandes propietarios no eran los culpables por desidia o incapacidad, de la mala calidad de nuestras carnes, lo que impedía su venta en el mercado europeo?”
            Cuando nuestro país entra en la belle époque, con la suba de los precios de los productos que exportamos entre 1896 y 1914, la concepción rentista del valor económico hace eclosión. Si las utilidades de las empresas se deben a la propiedad del capital, de la tierra y a los buenos precios, ¿no será la opción política más justa distribuir esas utilidades entre quienes las necesitan? ¿no será el momento de expropiar las empresas de modo que sus utilidades pasen a manos del Estado para tareas de promoción social, de un “país modelo”?. Una vez más se entiende que el empresario no crea valor sino que le adviene por la propiedad del capital. La innovación tecnológica y el riesgo no tienen espacio.
            Fue así que a lo largo de todo el siglo XX se dio una sangría del campo hacia la ciudad, tempranamente denunciada por Martínez Lamas en 1930. El control de cambios y los cambios diferenciales consolidaron esa situación durante las décadas del 30, del 40 y del 50 y aseguraron el estancamiento productivo. No hacen falta sofisticados estudios estadísticos. Las exportaciones uruguayas fueron durante buena parte del siglo XX sólo carne y lana. Y los datos del Dr. Bértola son elocuentes: las exportaciones del año 1913 fueron similares a las de 1974.
            Sin embargo, llevó tiempo asimilar que los empresarios rurales eran empresarios aunque fueran rurales. La reforma agraria impulsada por la CIDE en los años 60 del siglo XX  postulaba que los dos grandes enemigos del progreso agropecuario eran el latifundio y el minifundio. El origen de los problemas era estructural, derivado del tamaño y de la tenencia de tierra.      
            Es imprescindible mirar al siglo XIX  en el Uruguay para comprender cuán incomprendido es ese período así como los resortes de la actividad económica. La historiografía predominante sobe el período plantea hipótesis contradichas  claramente por los hechos. Sobre todo cuando los empresarios rurales del siglo XIX eran más rurales que los del siglo XX,  las guerras civiles más frecuentes y menor la seguridad de la propiedad de los campos.
            El  Uruguay “pastoril y caudillesco”, que se inicia con el comienzo de la Guerra Grande y culmina con Latorre, es un modelo elaborado por  Barrán y Nahúm y muy recurrido en la  historiografía uruguaya. Se ha aceptado como paradigma del período anterior a Latorre: un mundo de desorden, conflictos y guerras, sin tiempo ni posibilidades para el cálculo económico, sin las luces que permiten acumular riquezas a través de la producción y los negocios. Pero ese mundo no puede ser reducido a esa visión simplista o, al menos, carente de calado económico.
            A la salida de la Guerra Grande, en 1851, el stock ovino oscilaba según distintas estimaciones en torno al millón de cabezas. Diez años más tarde, hacia 1860, eran ya 3 millones. Para 1868 la cantidad de ovejas habían subido a 16.000.000 y ¡los alambrados no existían! No habían faltado conflictos bélicos en ese período. Venancio Flores  inicia su Cruzada en abril de 1863 y en febrero de 1865  se instala en Montevideo como Gobernador provisional. Pero el crecimiento de las majadas era imparable. Fue más importante la Guerra de Secesión en los Estados Unidos –que hizo desaparecer el algodón americano de las fábricas europeas, las que demandaron a su vez lana con ansiedad y a mejores precios- que las luchas y conflictos  generados por la Cruzada Libertadora.
                        Para mostrar la escasa validez de una visión sin espacio para los empresarios orientales del siglo XIX, vale la pena hablar del alambramiento de los campos en nuestro país. Sin duda que la rebaja de los aranceles a la importación del alambre y la ley de medianería –que forzaba al vecino a compartir los costos de un alambrado divisorio de propiedades- incidieron en el alambramiento de los campos, pero no explican que en 5 años –entre 1877 y 1882- se alambraran el 70% de las estancias de nuestro país.
            Algún historiador estructuralista ha afirmado que los alambrados fueron hechos porque les convenía a los hacendados, lo que prueba que la racionalidad empresarial estaba presente, aunque los desniveles de cultura entre las diferentes regiones del país fuera importante e incidiera en la velocidad de los cambios.
            No era Uruguay un mundo quieto cuando entre los años 1886 y 1896 se construyeron 1.000 kilómetros de vías férreas, la mitad del que sería a la postre el tendido férreo de nuestro país. La crisis del 90 fue el final de un empuje constructivo y especulativo enorme. Pero vale la pena ir más atrás.  Quien no conozca la Liebig’s y su historia, iniciada en 1861, y cuyo nombre cambió por “Frigorífico Anglo” no conoce el vigor de lo que ha sido llamado “la primera presencia de la Revolución Industrial en la Cuenca del Plata”.
            Más espacio llevaría analizar el arrastre innovador de la Asociación Rural fundada en 1871 y sin cuyo empuje no se explica el mestizaje del ganado y el inicio de los frigoríficos. En los 90 del siglo XIX se acusó a los ganaderos orientales de demorar el mestizaje en comparación a la Argentina.
            En Argentina los primeros frigoríficos de dignos de mención por el volumen faenado y exportado datan de la década de los 80 y eran ya cuatro cuando en 1902 controlaban el mercado. En nuestro país el primer frigorífico se instala en 1902, lo que explica el rezago relativo de la mestización respecto de Argentina. Además el proceso de mestización en nuestro país iniciado varias décadas atrás da lugar a un empujón fuerte de las importaciones de reproductores de razas europeas en torno al año 1895, esto es, con anterioridad a la fundación de Banco de la República, uno de cuyos objetivos era hacer llevar el crédito para promoción del desarrollo a más amplios sectores, superando los monopolios del círculo orista.
            Cuando en estos últimos años sobreviene tanta aprensión por el tamaño de los campos nadie se atreve a mencionar su eventual improductividad. Los últimos 20 años son un mentís definitivo a la incapacidad del campo de responder a los buenos precios. Sí es comprensible que se estudie las consecuencias de que un recurso acotado en el planeta, como es la tierra o el suelo, esté en usufructo de un mayor o menor número de personas. Pero nadie en su sano juicio podrá pensar que se derivará algún beneficio económico o social de un reparto de tierras. Por cada hectárea  a poner en producción es enorme el capital que se necesita. Y si la aprensión proviene de los fondos de inversión que en buena medida aportan el capital de largo plazo para la forestación, se debe estar atento a no cegar una fuente de agroindustrias que ha cambiado el paisaje de nuestro país.

No hay comentarios:

Publicar un comentario