martes, 12 de febrero de 2013

Brasil y la política monetaria de los grandes


Publicado en El Observador el 12/2/2013

Un año atrás Brasil manifestó de variadas formas sus molestias por los comportamientos monetarios de los Estados Unidos y de la Unión Europea. Con ocasión de los ya largos años de crisis financiera y recesión económica, los Estados Unidos y  Europa han llevado a cabo una gran expansión monetaria. A las ya habituales “facilidades monetarias” (QE) de los Estados Unidos se agregaron, para reafirmar una conducta ya habitual en la eurozona,  las declaraciones del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, el 2 de agosto de 2012, afirmando que estaba dispuesto a comprar con euros recién impresos todos los bonos emitidos por los gobiernos de la eurozona, necesarios para mantener la vigencia del euro e impedir las quiebras e insolvencias, dando así un mensaje de confianza al sistema financiero.

            Para completar el panorama expansivo, el 24 de enero de este año  el Primer Ministro japonés dio instrucciones al Banco  de Japón para llevar a cabo una agresiva política monetaria de modo para alcanzar una tasa de inflación del 2%. Si bien afirmó que las concretas medidas quedaban en manos del Banco, esperaba que fueran contundentes para que pronto se erradicara la endémica delación.
            Fue Guido Mantega, ministro de Haciendo del Brasil, quien en marzo de 2012 habló de la “guerra de monedas” iniciada por los países desarrollados, al referirse a una emisión total de 9 trillones de dólares de los Estados Unidos y Unidos y de la Unión Europea para su salvataje financiero y como un intento de mejorar su competitividad exportadora.  Y con tal fin Brasil inició la compra de divisas y la consiguiente emisión de reales, así como la introducción de un impuesto a las entradas de divisas por un plazo menor a los 5 años. Evitaba así de ese modo que el exceso de dólares en su país provocara la revaluación del real.
            Pero no hubo sólo manifestaciones de las autoridades políticas y económicas.  El jefe del estado mayor de las fuerzas armadas, general José Carlos de Nardo, habló el 20 de marzo ante 44 oficiales que pasaron a desempeñarse en el Ministerio de Defensa, en forma sorprendente para los deseos actuales de paz mundial: “No hay lugar para conflictos en América del Sur. Podemos enfrentar pequeñas crisis en nuestras fronteras, que resolveremos con el traslado rápido de efectivos. Agregó que el continente posee abundancia de hidrocarburos, recursos hídricos, producción de alimentos y biodiversidad, y que el papel de Brasil consiste en contribuir en el proceso de disuasión continental contra la codicia de las potencias extranjeras”.
            Más aún, la Presidente Dilma Rousseff manifestó durante su entrevista con la Canciller Angela Merkel en ese mismo mes que la política de las grandes potencias eran un “tsunami monetario”, que perjudica la industria de los países emergentes.
            Poco ha durado sin embargo esta engallada actitud y Brasil ha vuelto atrás en menos de un año. Hay varias razones para que así haya sido. Por un lado el aumento del ritmo inflacionario, lo que es relevante si se toma en cuenta que en el 2014 hay elecciones. Ya es momento de privilegiar el salario real en perjuicio de las utilidades industriales.
            Pero hay un motivo adicional, una coyuntura que dura ya varios años,  que explica esos vaivenes de las variables económicas. En Estados Unidos y en Europa el enorme aumento del dinero disponible ha llegado cuando hay miedo, desconfianza, desocupación, cuando nadie pide un préstamo ni para inversiones ni para consumo. La mayor parte de los agentes van poco a poco –los que pueden  - sacándose de encima las deudas.
            No ocurre lo mismo en los BRIC, conscientes de su ascendente rol internacional. En los últimos años estos países han tenido buenas tasas de crecimiento, optimismo social y alta ocupación, de modo que los excesos monetarios han ido rápidamente a inflación. Brasil asiste a una fuerte demanda de sus commodities y de inversiones directas que quieren instalarse en el gigante sudamericano. La producción de soja de Brasil en esta zafra sería un 50% mayor a la argentina. Hay suficiente actividad interna en algunos sectores para mantener el optimismo colectivo, aunque los sectores industriales que exportan enfrenten dificultades.
            Pero Brasil enfrenta además un debe adicional hace ya mucho tiempo. Es una economía comercialmente cerrada por razones políticas y económicas, con  gigantes empresas industriales protegidas por aranceles y tarifas, así como poderosas empresas estatales que tienen un carácter  continental. Esto genera una rigidez adicional que hace más  difícil el éxito en la “guerra de las monedas”. 

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